SANTOS Y SANTAS DE LA ORDEN
LOS SIETE SANTOS FUNDADORES S. ANTONIO MARIA S. PEREGRINO S. JULIANA FALCONIERI S. FELIPE BENICIO S. CLELIA BARBIERI TODOS LOS SANTOS
Los Siete Santos Padres Fundadores de la Orden
(17 de febrero)

Hacia el año 1240, mientras estaban en lucha el emperador Federico II y la Sede Apostólica, y en las ciudades de Italia reinaban las discordias y rivalidades, siete mercaderes florentinos, por su especial amor a nuestra Señora, hacía ya tiempo que pertenecían a una asociación laical llamada "Siervos de santa María", y, unidos por fraternal caridad, habían dado un espléndido ejemplo de vida evangélica y de servicio a los pobres y enfermos.
Los Siete, impulsados por el Espíritu, decidieron retirarse a un lugar solitario para dedicarse en común a la penitencia y la contemplación. Así, pues, renunciaron al oficio de mercaderes, dejaron sus casas, repartieron sus bienes entre los pobres y las iglesias y, vistiendo el sayal "de paño humilde y descolorido", propio de los penitentes de aquel tiempo, se retiraron primero a una humilde casa fuera de la ciudad; allí, perseverando en el servicio del prójimo y ayudándole en sus necesidades corporales y espirituales, dieron un admirable testimonio de caridad.
Más tarde, en torno al año 1245, para apagar sus sed de vida contemplativa y entregarse sin tregua a la oración, y para evitar también el peligro de que el jefe de la facción gibelina los obligara a volver a sus casas, siguiendo el consejo de Ardingo, obispo de Florencia, y de san Pedro de Verona -quien se encontraba en esa ciudad y aprobaba su espíritu y estilo de vida-, subieron a la soledad de Monte Senario, no lejos de Florencia, donde construyeron una casa de "material pobre" y erigieron una pequeña iglesia en honor de santa María.
Llevaban una vida austera y penitente, en la que algunos elementos provenían de la tradición eremítica, otros de la cenobítica: se ganaban el pan con el trabajo de sus manos, salmodiaban juntos, se ejercitaban en la oración solitaria, se abrían a la palabra de Dios en el silencio y la contemplación; y no rehusaban el trato con los que, agitados por dudas y ansiedades, subían a Monte Senario en busca de consejo y de caridad.
Su pobreza fue digna de elogio, como la atestigua el "acta de pobreza" de la que hace mención la bula "Deo grata" del papa Alejandro IV: por ella, fray Bonfilio, prior mayo de la iglesia de santa María de Monte Senario, y los demás frailes prometieron solemnemente que nunca tendrían cosa alguna en propiedad. Andando el tiempo, algunos fueron ordenados presbíteros.
Como su fama de santidad se
iba propagando, fueron muchos los que pedían unirse a ellos, y así, con el
tiempo, conservando el nombre de Siervos de santa María, adoptaron la Regla de
san Agustín con las oportunas adaptaciones. En cuanto al hábito que llevaban, el
último redactor de la "Leyenda sobre el origen de la Orden" refiere que los
siete Padres lo vistieron "para significar la humildad de la Virgen María y como
recuerdo de los dolores que sufrió en la pasión de su Hijo". Por todo lo
cual, en los antiguos documentos, estos siete hombres son llamados con razón
"nuestros progenitores" y "nuestros padres", puesto que ellos fueron los
verdaderos fundadores de los Siervos de santa María. La Orden empezó enseguida a
extenderse por la Toscana y otras regiones del centro de Italia, contribuyendo a
una mayor difusión de la luz del Evangelio y del culto a la Virgen María.
El obispo Ardingo aprobó los primeros estatutos de los Siervos de santa María y según datos fidedignos, el papa Inocencio IV les concedió la protección de la Sede Apostólica y, además, aprobó su género de vida pobre y penitente. Su sucesor Alejandro IV, en 1256, confirmó la aprobación de su predecesor con la bula "Deo grata". Finalmente, después que, gracias a la gestión de san Felipe Benicio, fueron superados los obstáculos que se oponían a la vida y propagación de nuestra Orden, el papa Benedicto XI, en 1304, con la bula "Dum levamus" aprobó definitivamente la Orden de los Siervos de María. En esta última se lee una importante afirmación sobre el espíritu primigenio de la Orden: "Vosotros, por la gran devoción que tenéis a la bendita y gloriosa Virgen María, habéis tomado de ella el nombre y habéis querido ser llamados humildemente Siervos de la Virgen".
Estos siete hombres, que durante sus vidas habían permanecido unidos por el vínculo de una auténtica fraternidad, fueron luego objeto de una misma y única veneración. El papa León XIII, el año 1888, los canonizó a todos juntos con los nombres de Bonfilio, Bonayunta, Maneto, Amadeo, Hugo, Sosteño y Alejo. Sus cuerpos se conservan en Monte Senario, en un mismo sepulcro; así, un solo relicario guarda los restos mortales de aquellos que habían vivido siempre como hermanos.
Oración
Dios, Padre de misericordia, con inefable designio de tu providencia dispusiste que nuestra Señora, por medio de los siete santos Fundadores, suscitara la familia de los Siervos de Maria: concédenos que, dedicados plenamente al servicio de la Virgen, te sirvamos a ti y a nuestros hermanos con mayor fidelidad y entrega. Por Jesucristo nuestro Señor.
De la “Leyenda” sobre el origen de la Orden de los Siervos de santa María Virgen.
(Nn. 15.26-27. 16-19.21.30.41.48.44 passim; en Monumenta OSM, I, p.71 ss.)
Nuestra
Señora quiso dar comienzo a su Orden y la de sus Siervos con siete hombres, para
demostrar con mucha claridad a todo el mundo, cómo Ella quería engalanar a su
Orden con una abundante efusión de los siete dones del Espíritu Santo. Así
manifestaba abiertamente a los ojos de todos que desde entonces y en adelante la
Orden debía conservarse por medio de hombres dotados de los dones del Espíritu
de Dios. A todos quiso hacer ver, con claridad absoluta, que su Orden le sería
siempre grata, hasta la séptima edad gracias a los dones del Espíritu Santo.
Existieron pues siete hombres de tan alta perfección, que nuestra Señora consideró digno dar principio a su Orden por medio de ellos. Cuando yo entré en la Orden no encontré a ninguno de ellos todavía vivo, con excepción de uno que se llamaba fray Alejo, a quien ya he mencionado. Agradó a nuestra Señora librar de la muerte corporal a fray Alejo hasta nuestros tiempos, para que, por sus relatos, conociéramos el origen de nuestra Orden, y así pudiéramos transmitir el recuerdo de esos comienzos a los frailes que ingresaran en nuestra Orden hasta el fin de los tiempos.
Efectivamente, para que con la muerte de fray Alejo no se perdieran irremediablemente los datos y testimonios sobre el origen de nuestra Orden, y para que a nosotros, sus contemporáneos, no se nos inculpara de ingratitud, en varias ocasiones lo interrogué sobre esta materia.
Un día fui a verlo en su celda, con este fin preciso. Animado por un
gran deseo de saber, lo entrevisté con sumo interés, tratando de recoger lo más
ordenadamente que pude, todas las noticias más importantes con respecto a los
orígenes. Transcribí luego en un folio en forma ordenada, todas las
informaciones que de él había obtenido. Después, acostumbraba leer
frecuentemente este escrito, siempre con gran amor, examinando detenidamente su
contenido para fijarlo bien en mi memoria. Pero un día, en el convento de
Siena, estaba yo sentado casualmente en el borde del pozo, teniendo en mis manos
dicho documento que siempre llevaba conmigo y lo leía con mucha reverencia.
Improvisamente, por envidia del diablo[56],
se me zafó de la mano, ondeó un poco en el aire y, con gran dolor de mi corazón,
fue a terminar en el pozo.
Después de esta pérdida, claro, con el paso de los años he olvidado muchos detalles que estaban escritos en el documento. Pero siempre he conservado en la memoria las noticias esenciales sobre el origen de nuestra Orden, tal y como las escuché del citado fray Alejo. Son las mismas que ahora reporto con absoluta fidelidad, por voluntad de nuestra Señora, quien me incita a hacerlo ahora, con particular insistencia, y las entrego para siempre a la memoria de los frailes que vendrán, como un gran tesoro que ellos han deseado.
Además, como yo mismo pude experimentar y observar con mis ojos, la vida de fray Alejo era tal que no sólo incitaba a los presentes con su ejemplo, sino que manifestaba la perfección suya y la de sus compañeros, al igual que el mencionado ideal religioso de los mismos. Debido a su avanzada edad, a sus enfermedades y al largo tiempo en que había soportado en la Orden el “peso del día del calor”, hubiera sido muy natural que buscara el necesario reposo, que pidiera alimentos adecuados a su edad, que utilizara vestidos que conservaran el calor, que durmiera sobre una colchón blando para dar alivio y descanso a su frágil cuerpo. En cambio, por su santidad y demostrando en ello su perfección y religiosidad, buscaba siempre lo contrario. Nunca pedía para sí mismo alimentos especiales o delicados, sino que comía siempre en el refectorio común, contentándose con la comida de la comunidad. Y si alguna vez, al agravarse la enfermedad, no podía participar a la comida en común con los demás frailes, no quería que por ello le cambiaran los alimentos del convento, sino que consumía lo que estaba preparado para la comunidad. Cuando mucho, sin exigir alimentos especiales o más abundantes, recogía algunas verduras en el huerto y las comía, habitualmente cocidas, para soportar el frío de su enfermo y anciano cuerpo.
Aborrecía el uso de vestidos demasiado finos, o mejor, buscaba conservar en el
vestido un justo medio, evitando tanto la dejadez como el refinamiento. No
quería que le fuera asignado un lecho adaptado a sus enfermedades, es decir
cómodo y suave; sino que, como les consta muy bien a todos los que vivieron con
él en el convento, usaba tablas de madera en lugar de colchón y un paño áspero
en lugar de sábanas.
No evitaba los trabajos materiales, como de ordinario acontece a esa edad, sino que siempre los realizaba hasta más allá de sus fuerzas; y, aún cuando los frailes se quejaban por eso, no escatimaba esfuerzo alguno en cumplirlos, con gran deleite suyo. En sus acciones, palabras y en todo su obrar conservaba la humildad y la caridad. Y nunca dejó de tener esta señal de la humildad, él que, como se ha dicho, era hombre de grandísima perfección y era considerado por todos los frailes con el máximo honor y respeto por tratarse de uno de los primeros Siete frailes, mediante los cuales nuestra Señora empezó la Orden. Buscaba, en cuanto de él dependía, ejercer los oficios comunitarios, incluso los más humildes y pesados, como el último de los frailes. Mientras que le fue posible, hasta contra el parecer de los frailes, quiso siempre salir del convento para buscar el sustento, en su día de turno, soportando el cansancio como cualquiera de los frailes más sanos y más recientes en la comunidad. Además se esforzaba por cumplir, como los demás frailes, con todas las tareas del convento, aunque fueran despreciables a los ojos del mundo. De esta manera manifestaba su amor hacia los hermanos y la humildad de su corazón, dejando un ejemplo que pueden imitar todos los frailes que deseen servir fielmente a nuestra Señora.
Antes
de que vivieran juntos para dar origen a nuestra Orden, los estados de vida de
estos hombres eran de cuatro tipos: el primero era con respecto a la Iglesia;
el segundo en relación con la vida civil; el tercero en cuanto al honor de
nuestra Señora; el cuarto, en lo que respecta a la perfección de su alma.
El primer estado de estos hombres pues se refiere a la Iglesia. Efectivamente hay que admitir tanto para la Iglesia como para la fe un triple estado universal, en el que se encuentran la Iglesia y los fieles; a saber: el estado de virginidad, propio de aquéllos que se conservan tales antes del matrimonio; el estado de los comprometidos en el matrimonio; y finalmente el estado en que el matrimonio queda disuelto, ya sea por la muerte de uno de los cónyuges, o bien por mutuo acuerdo, en el caso de que uno de los mismos se proponga vivir en completa castidad por amor a Dios.
En este triple estado de la Iglesia, los siete hombres mencionados se comportaron dignamente, antes de su vida en común. Algunos de ellos, habiéndose decidido a guardar la virginidad o la castidad perpetua, no se habían unido en matrimonio; otros en cambio estaban ya casados; y por fin otros más se encontraban libres del vínculo matrimonial por la muerte de la esposa.
¡Que obra de amor tan grande y admirable, llena de incomprensible misterio! Por una parte, mediante el número siete de los citados hombres encargados de iniciar su Orden, nuestra Señora quiso manifestar claramente que la futura perfección de la misma debía consistir en los siete dones del Espíritu Santo. Por otra, mediante el triple estado de la Iglesia, en el cual ellos laudablemente se encontraban, quiso hacer bien patente que todos, en cualquier estado se encontraran, podían acudir tranquilamente a su Orden, como a la sexta ciudad de refugio espiritual, con el fin de conseguir la salvación de su alma, o también conservarla, en el caso que ya la hubiesen adquirido; y por último, habiendo ingresado a la Orden y después de haberle debidamente y fielmente servido hasta el fin de la vida, obtener de Ella y de su Hijo la gracia y la gloria.
Este era su primer estado, antes de que vivieran en común, como se expone en el libro de las antiguas Constituciones: “Como algunos de éstos estaban ligados por el vínculo del matrimonio, y por eso no podían emprender una vida más austera, decidieron escoger un camino medio y más común, que pudiera ser puesto en práctica más fácilmente tanto por los casados como por los no casados”.
El
segundo estado de ellos, antes de que tuviese inicio nuestra Orden, se refería
al bien de la ciudad. Efectivamente el progreso de una ciudad y de sus ciudada
nos
se basa en el intercambio de las cosas terrenas. Con el fin de hacerlo más
fácil y provechoso, se establecieron en la ciudad diversas formas y tácticas de
comercio y de trabajo. Ahora bien, estos siete hombres, antes de reunirse para
vivir en común, se ocupaban en el comercio, vendiendo y canjeando bienes
terrenos. Pero luego encontraron la perla preciosa, o más bien nuestra Señora
les hizo comprender que la unión de sus personas debía crear y producir
nuevamente en el mundo esta perla, bajo la guía del Espíritu Santo. Para
conseguir esta perla , es decir nuestra Orden, o mejor aún para obtener de
nuestra Señora que por medio de ellos esta perla fuera creada, introducida
nuevamente en el mundo y donada a cuantos deseaban servir digna y fielmente a
nuestra Señora, no sólo repartieron entre los pobres lo que poseían, vendiendo
todo según el consejo evangélico, sino que también se comprometieron alegremente
a ofrecer un servicio fiel a Dios y a nuestra Señora.
Y así, mientras anteriormente eran comerciantes de cosas terrenas, ahora, convertidos en un solo cuerpo por la unidad radical de sus personas, empezaron a practicar una nueva profesión: el arte de llevar las almas a Dios y a nuestra Señora, de conservar en tal unión a las que ya se encontraban en ella, y de conducirlas a un servicio siempre más fiel. De esta manera se convirtieron en atentos negociantes de los bienes celestes, movidos por el amor de todas las almas que podían salvar.
Este tipo de comercio y de profesión que ellos habían iniciado alcanzaría más tarde una completa perfección por obra del beato Felipe, para ser transmitido después como una herencia a los frailes deseosos de servir fielmente a Dios ya nuestra Señora. Este era pues su segundo estado de vida.
Su tercer estado de vida, antes del origen de la Orden, se refiere a la reverencia y al honor hacia nuestra Señora.
Existe, en efecto, en Florencia cierta agrupación en honor de la Virgen María, fundada hace ya mucho tiempo. Por su antigüedad, santidad y el gran número de socios hombres y mujeres que la forman, se le llama en modo particular “la mayor”, con respecto a las muchas otras asociaciones dedicadas a nuestra Señora, que en esta ciudad son numerosas. Todas estas tienen el nombre genérico de “Sociedades de Nuestra Señora”, pero sólo a la primera se le da el título especial de “Sociedad Mayor de Nuestra Señora”. A ésta pertenecían – anteriormente a su vida en común- los siete hombres ya mencionados, iniciadores de nuestra Orden por su apasionado amor a nuestra Señora.
Por el
hecho de que nuestra Orden tiene su origen en la provincia toscana, y
precisamente de la ciudad de Florencia y de la Sociedad mayor de nuestra Señora,
todos los frailes de nuestra Orden están obligados, como es obvio, no sólo a
amar de corazón y a honrar el lugar y la gente de esta provincia y ciudad y a la
ya mencionada Sociedad, sino también a pedir siempre a Dios con devoción por la
salvación de estos lugares y por la santificación de las personas.
Por su parte, los habitantes de dicha provincia en general, y los de la ciudad de Florencia en especial, y aún más todos los miembros de la mencionada Sociedad Mayor de nuestra Señora, en razón del gran beneficio que nuestra Señora les ha concedido, se sentirán para siempre obligados a venerar con profundo respeto a los frailes de la Orden de los Siervos de Santa María y a la Orden entera en todos lugares donde se encuentren, y a procurar con todas sus fuerzas, según sus posibilidades, todo lo que ayuda a promover el honor de nuestra Señora y el beneficio de los frailes.
Como la ciudad de Bolonia se siente honrada por el beato Domingo y por el origen de la Orden de los Predicadores; y la ciudad de Asís es venerada en todo el mundo por motivo del beato Francisco y por el origen de la Orden de los frailes Menores, así la ciudad de Florencia se ha ennoblecido de manera especial, singular y admirable, gracias al beato Felipe y a los recordados siete hombres, y por tanto al origen de la Orden de nuestra Señora.
Si pues los boloñeses deben enaltecer a la Orden de los Predicadores en la medida de lo posible, y la ciudad de Asís está obligada a favorecer y socorrer de todo corazón a la Orden de los frailes Menores; así los toscanos en general y los ciudadanos de Florencia en especial, y particularmente los miembros de la mencionada Sociedad mayor de Santa María, para reverencia y honor de la misma nuestra Señora, deben conservar, ayudar y fomentar la Orden que ha nacido entre ellos, como un tesoro que en modo especial les ha confiado nuestra Señora, y a favorecer su desarrollo en Florencia y en todas partes.
De tal forma se presenta el tercer estado, el cual, en lo que se refiere al culto de nuestra Señora, es descrito por el ya citado libro de las Constituciones en estos términos: “Preocupados por su imperfección, tomaron una sabia decisión: con humildad y con todo el amor de sus corazones se pusieron a los pies de la Reina del cielo, la gloriosísima Virgen María, para que Ella, como mediadora y abogada, los reconciliara y encomendara a su Hijo; y para que, supliendo con su abundante caridad la imperfección de sus siervos, les consiguiera, por su misericordia, abundancia de méritos. Por eso, para el honor de Dios, se pusieron al servicio de la Virgen, su Madre, y desde entonces quisieron llamarse Siervos de Santa María, adoptando un estilo de vida que les fue sugerido por personas sabias”.
Su cuarto estado, antes del origen de nuestra Orden, se relaciona con la perfección de su alma y por tanto con la dignidad de nuestra Orden, que de esta manera sería fundada por hombres ya entrenados en el camino de la perfección.
La perfección de una persona en relación con Dios consiste en que la vida se
reviste, como de un hábito, de la fe cristiana Porque sólo cuando el ejercicio
de la verdadera y cristiana religión se vuelve una cualidad habitual de la
persona, puede manifestarse en ella la vida sobrenatural, la que comienza con
el bautismo o la penitencia. En efecto, dice Isaías, si no creemos, tampoco
comprenderemos; y así tampoco podremos conocer la ya mencionada vida.
Ahora bien, el bautismo es el sacramento de la fe, pues por medio de él se obtiene la fe, o mejor dicho, la fe nos es donada por Dios. La penitencia en cambio es la recuperación de la fe perdida por la herejía, o bien la devolución de su primera belleza, manchada por el pecado, mediante la remoción del mismo. En efecto, como ya se ha dicho antes, la verdadera fe en Cristo es la fuerza de la vida sobrenatural, iniciada por el bautismo y la penitencia, y revalorizada por la contemplación de la Pasión de Cristo. Por medio de esta contemplación, nuestra alma se une a Dios y celebra un culto digno de El.
Nuestros venerables y primeros padres e iniciadores de la Orden eran ya perfectos antes de que vivieran en común. Efectivamente por medio de la penitencia, voluntariamente aceptada, la verdadera fe cristiana se había convertido para ellos como en un hábito, aunque no todos observaban las obligaciones que provienen del bautismo. Por medio de esta orientación profunda, que la verdadera fe había creado en ellos, contemplaban ya la vida superior de la gracia, y por amor a ella habían ya unido a Dios sus almas, o más bien trataban de mantenerlas en este vínculo. Con todas sus fuerzas celebraban de esta manera un culto agradable a Dios.
No hay duda de que ellos poseían aquella virtud de la fe cristiana. En efecto, con respecto a nosotros, la virtud es una cualidad habitual que nos hace capaces de elegir; reside en la mente y está determinada por la razón, según enseña la sabiduría Estos hombres gloriosos, primeros iniciadores de nuestra Orden, conocieron con la ayuda de Dios la virtud de la fe, y anhelaron adornarse perennemente con esa preciosísima perla que acababan de encontrar y cuyo valor habían conocido. Por ello, se desprendieron por completo de sí mismos y de sus bienes, con tal de poseerla.
En todas sus acciones, además, trataron de seguir los dictados de la
razón: no los dictados de algún sabio del mundo, sino más bien los que la
Sabiduría Eterna ha fijado en sus santísimas palabras evangélicas. No cabe duda,
pues, de que ellos poseían el hábito de la religión y de que en ellos la
religiosidad se convirtió en un comportamiento personal constante. Por eso
poseyeron la perfección según Dios y practicaron las obras típicas de tal
perfección; en efecto, la virtud lleva a la perfección a quien la posee y hace
buenas sus obras.. Un signo más de que la fe se ha convertido verdaderamente en
una orientación habitual de la persona es el regocijo o la tristeza en la
actuación concreta. Ahora bien, sabemos que estos gloriosos varones manifestaban
satisfacción o abatimiento en todo lo que realizaban. Cada vez que en una acción
suya se daban cuenta de que seguir la vía del justo medio, su alegría en el
Señor era inmensa. Si de lo contrario, se alejaban de la vía justa o al menos
pensaban que se habían alejado, se arrepentían de aquella conducta con dolor y
con lágrimas. Así que por esta señal de gozo o de tristeza por su modo de obrar,
debemos creer firmemente que ellos, inspirados por Dios y auxiliados por nuestra
Señora, poseían la fe como una cualidad profunda y estable de su vida.
Finalmente, por este vínculo que los unía a Dios su fe había llegado a la perfección. Para conservar la orientación que la fe había dejado en ellos y manifestar su eficacia con las obras, se mantenían continuamente ocupados en el culto divino.
Pero hay dos clases de culto divino: uno es genérico, propio de los que viviendo en el mundo, después del bautismo o cuando menos después de la penitencia, desean mantenerse lejos del pecado ; y el otro es propio de los que pasan al estado religioso, donde no sólo se conservan lejos del pecado, sino que además se comprometen con los tres votos religiosos y quieren dedicarse totalmente al servicio divino.
Cuando estos hombres religiosos, los primeros que nos han precedido en nuestra Orden, vivían todavía en el mundo, pero ya estaban unidos a Dios por el amor de una vida más perfecta, practicaban el primero y genérico culto divino: amaban a Dios[46] sobre todas las cosas y, encaminando a Él todo lo que hacían, lo honraban con todos sus pensamientos, palabras y obras.
De esta manera, atribuyendo a Dios todas sus buenas obras y reconociéndolas como inspiradas por Dios, vivían este primer y genérico culto divino; y así se preparaban para el segundo y especial culto, esto es, para su vida de comunión recíproca y para los tres votos religiosos, o sea para la obligación perpetua de observar el voto de obediencia, castidad y pobreza, y para el voluntario compromiso de dedicarse sólo al servicio de nuestra Señora.
Movidos por divina inspiración, tomaron la firme determinación de vivir juntos, para la salvación de sus almas, en una continua penitencia hasta la muerte. Esta decisión fue tomada no de manera superficial o en modo casual, sino después de seria y prudente consideración y bajo el especial impulso de nuestra Señora. De esta misma manera, con gran escrupulosidad se preocuparon por todo aquello que era necesario para alcanzar, con toda justicia y libertad, el ideal que se habían fijado, y para poder entregarse perfecta y completamente por el resto de su vida al servicio de Dios.
Para llegar entonces a una precisa conclusión, como primer paso se deshicieron de todo lo que podía ayudarles a efectuar esa codiciada unión de vida, por supuesto de acuerdo con la mencionada justicia y completa libertad: dispusieron pues, acerca de sus propias casas y familias, y dejándoles a éstas últimas lo necesario, repartieron lo sobrante a los pobres y a las iglesias, para mortificación de sus almas; en fin acordaron de no guardar absolutamente nada para sí en el momento de su unión.
Además, aquellos que todavía estaban ligados en matrimonio, desvinculándose del mismo con el consentimiento de sus respectivos cónyuges y de acuerdo con las disposiciones del derecho, dejaron también que se consagraran al servicio divino a las que quisieran por su propia voluntad.
Y por todo lo que se refiere a todo aquello que hubieran podido administrar sin
dejar de prestar servicio al Señor y viviendo ya juntos, arreglándolo mucho
tiempo antes de su unión real, cada quien se preparó en su propia casa mediante
un cuidadoso estudio, acostumbrándose sistemáticamente a todo lo que hubiere
tenido que observar al momento e unirse en forma definitiva.
Ahora bien, arrojando de una vez la vestimenta preciosa y sirviéndose de la más corriente, todos usaron al principio una capa y túnica de paño gris; luego, dejando las camisas de linos, se ciñeron de cilicios; enseguida, sustentándose moderadamente con escasos alimentos y bebidas, se esforzaron de hacerlo sólo por necesidad; después, rehusando absolutamente a las inclinaciones carnales, observaron perfectamente el pudor. Vigilaban sus pensamientos, palabras y sentidos, así que procuraban reducirlos al punto justo, manteniéndolos dentro de los límites del exceso y de la deficiencia; entreteniéndose además día y noche en la oración, aprendieron a complacerle solamente a Dios; y huyendo después del bullicio mundano y de las aglomeraciones de los hombres, se iban a los templos y lugares retirados y devotos, donde pudieran entregarse más libremente a la contemplación. Por último, buscando comunicarse con hombres sabios y ejemplares en su comportamiento, hacían lo posible para conversar con ellos, a fin de fortalecerse en su propósito según la inspiración de Dios, exponiéndoles su manera de pensar y las intenciones de su espíritu.
Existe, en efecto, un cierto monte que dista como ocho millas de la ciudad de
Florencia y está lleno de cuevas, donde en alguna parte repercute el eco de
cualquier sonido, y por la misma resonancia se le nombró anteriormente Sonaio o
Sonario; aunque después, corrompiendo la palabra, fue llamado por la mayoría del
pueblo Asinario, agregándole desde un principio una a de más y
cambiándole impropiamente la o en .
Dios, por inspiración suya, mostró este monte a nuestros ya recordados Padres, y los alentó a subir y vivir en él para satisfacer su deseo.
Viendo de lejos este monte indicado por Dios, que se alzaba entre los montes circundantes, se dirigieron hacia allá arriba para enterarse de su disposición, y descubrieron en su cima una hermosa explanada, aunque reducida; a un lado, una fuente de agua pura y en las inmediaciones, un bosque bien arreglado, como si hubiera sido plantado por el hombre. Este era verdaderamente el monte preparado por Dios. Lo consideraron muy adecuado para su propósito por encontrarse alejado de las habitaciones de los hombres y ya listo en su cima para el que quisiera practicar la penitencia, y dieron infinitas gracias a Dios.
Una vez encontrado el lugar conveniente para realizar sus proyectos, ya no exclamaban: “Venid, busquemos”, sino más bien: “Venid, subamos al monte del Señor, y veamos el lugar que Él nos ha preparado, que es idóneo para nuestra penitencia”. Y con temor de Dios y con gozo se decían uno a otro: “¿Por qué dudamos? Venid, venid, salgamos de la ciudad, dejemos las conversaciones del mundo, no fijemos nuestra morada en lugares cercanos; tampoco miremos atrás, para no ver lo que puede ser de daño a nuestra alma; más bien, subamos a este monte del Señor, reservado a nosotros por la divina providencia, para que podamos cumplir en todo su voluntad, como es nuestro deseo”.
Así, dejando la casa que tenían antes en Florencia, subieron al mencionado monte, construyendo luego una pequeña casa en el punto más alto, con el fin de establecer en ella su primera morada.
Se les
acercaban, pues, muchos hombres de todas partes y ansiaban asociarse con ellos
por amor a la patria celestial. Estos hombres gloriosos, nuestros Padres,
reconocían por tantas señales que el Señor había tomado bajo su cuidado sus
almas desde el momento que habían iniciado su vida común. Y estaban seguros de
que todo sucedía por disposición divina. Comprendieron que también el firme
propósito de los que deseaban agregarse a ellos en la penitencia procedía de la
inspiración divina.

Por todo esto, empezaron a considerar se habían reunido por obra misteriosa de nuestra Señora, y que habían sido invitados por inspiración divina a fijar su morada sobre un monte tan apto para su vida penitente, no sólo para alcanzar la santidad y conservarla, sino también para reunir a su alrededor a otras personas deseosas de emprender un camino de santidad y hacer crecer la nueva Orden que había iniciado por obra de Nuestra Señora. Así, por medio de su palabra y ejemplo - y el de aquellos frailes que ingresarían más tarde a la Orden - apartarían a muchos del error y los conducirían a la perfección de la virtud. Guiándolos al conocimiento del amor de Dios, los encaminarían a poseer la patria celeste.
Entonces, aunque les costaba infinitamente dejar la riqueza de la contemplación para dedicarse al cuidado de los demás, como anhelaban cumplir en todo la voluntad de Dios (y en los recientes acontecimientos veían claramente esta voluntad), se dispusieron a incorporar como hermanos a aquellos que les parecían fundados en el temor de Dios. Desde entonces aceptaron a algunos de ellos.
Debiendo ellos vivir en dicho monte y adornarlo con su presencia, los siete primeros Padres construyeron allí tres tiendas: una material, una mística y una moral.
La tienda material fue la pobre casa que construyeron sobre el monte. Ésta les fue indicada así por divina inspiración: fundada sobre la cima del monte; construida con material corriente; regada por una fuente de agua abundante; rodada por un hermoso bosque de árboles; embellecida por un prado de hierba verde; dotada por Dios de un aire salubre y completada, finalmente, con la presencia de nuestros Padres.
La tienda moral fue la morada espiritual de Cristo en la mente de cada uno de ellos. Esta casa les fue indicada sobre el monte como un modelo que representa a Cristo: erigido por la misma Sabiduría; fundado sobre la perfección de la caridad, ubicado en el alma de cada uno de nuestros Padres, edificado en armonía con las virtudes y sostenido por ellas mismas; decorado interiormente por el candor de la pureza, embellecido exteriormente por el resplandor de las buenas obras y acabado, finalmente, con la presencia de Cristo.
La tienda mística fue el refugio especial de los frailes de nuestra Orden. Refugio construido principalmente por nuestra Señora: fundado sobre la humildad de nuestros Padres; construido con la concordia de los mismos; conservado por la pobreza; adornado por la pureza y perfeccionado con la presencia de los santos frailes que deberán sucederse constantemente en la Orden hasta el día del juicio.

(12 de enero)
Nació el año 1819 en la aldea de Poggiole, de la diócesis de Pistoya. A la edad de 22 años ingresó en nuestra Orden; recibida la ordenación de presbítero, fue enviado a Viareggio, donde vivió cuarenta y cinco años, hasta su muerte, ejerciendo de párroco. Fue nombrado prior conventual, luego provincial; desempeñó estos cargos, más que como superior, como un hermano que sirve y ayuda a los demás hermanos. Se dedicó plenamente al servicio de Dios y de nuestra Señora, y socorrió con generosa caridad a todos los fieles, en especial a los más necesitados. Murió el 12 de enero del año 1892. Fue canonizado por el papa Juan XXIII en el año 1962.
Oración
Dios nuestro, que
hiciste admirable a san Antonio María en el servicio a la Madre de tu Hijo y en
el ministerio pastoral, concédenos, con la ayuda de la santísima virgen, dedicar
toda nuestra vida a la propagación del Reino de Cristo. Que vive y reina por los
siglos de los siglos.

Del "Propio del Oficio de la Orden de los Siervos de Maria"
Entregado totalmente a Dios y al pueblo que le había sido confiado
Antonio María Pucci nació en la aldea de Pogiole, de la diócesis de Pistoya, en 1819. Hijo de familia numerosa y de padres muy virtuosos, en su adolescencia se distinguió por su piedad y dedicación al estudio. A la edad de dieciocho años, movido por su especial devoción a la santísima Virgen , ingresó en la Orden de los Siervos de María. Hizo el noviciado en Florencia y, terminado éste, estudió con asiduidad filosofía y teología en Monte Senario durante seis años.
Al año siguiente de la profesión solemne
y de la ordenación sacerdotal, fue enviado a Viareggio como coadjutor de la
parroquia de san Andrés, y al cabo de tres años fue nombrado párroco de esta
parroquia, ministerio que desempeñó con toda fidelidad durante cuarenta y cinco
años, hasta su muerte, dando ejemplo de una vida santa y llena de actividad
pastoral, entregado totalmente a Dios y al pueblo que le había sido confiado. No
obstante la intensidad de su apostolado, nunca desatendió el estudio, y así,
obtuvo el grado de maestro en sagrada teología.
Durante varios años fue prior del convento de Viareggio y prior de la provincia toscana, cargos que ejerció con admirable prudencia y acierto, a pesar de las adversas circunstancias: el poder político y las leyes de la época eran hostiles a las órdenes religiosas y a los institutos de vida común.. En el desempeño de los cargos de prior conventual y provincial, recordando las palabras de san Agustín. Prefirió ser amado a ser temido por los frailes, feliz de servir con la caridad más que de dominar con el poder.
Se distinguió por la humildad, el
riguroso dominio de la lengua, el trato habitual y familiar con Dios, el amor a
la pobreza. Se hizo yodo para todos, a fin de ganar a todos para Cristo; buen
pastor conocía personalmente a sus ovejas, las amaba como un padre y no dejaba
nunca de ayudarlas con la predicación de la palabra de Dios y la luz de sus
buenos consejos. Ayudaba siempre a los necesitados, ofreciéndoles incluso sus
vestiduras; con razón fue llamado “padre de los pobres”. Como fiel ministro del
sacramento de la penitencia, dedicaba cada día muchas horas al bien de las
almas. Sus ocupaciones cotidianas eran trabajar por la conversión de los
pecadores, consolar a los afligidos, perdonar las ofensas recibidas, extinguir
los odios y enemistades, devolver la paz a las familias, asistir solícita y
paternalmente a los enfermos y moribundos. La máxima prueba de caridad hacia el
prójimo la dio con ocasión de una epidemia de cólera: durante dos años apenas se
concedió descanso alguno y, sin velar por su salud, se consagró día y noche al
cuidado de los afligidos y enfermos.
El
Señor le concedió varios carismas, principalmente el don de escrutar los
corazones y el don de curación; algunas veces fue arrebatado en éxtasis y
experimentó el fenómeno de las levitaciones.
Fundó en su parroquia y dirigió con notable prudencia un grupo de Hermanas Siervas de María, cuya finalidad era la educación cristiana de las jóvenes. Para fomentar la vida cristiana instituyó numerosas asociaciones para niños y jóvenes, para hombres y mujeres; promovió las conferencias de san Vicente de Paúl, recientemente introducidas en Italia desde Francia, e incrementó el apostolado a favor de las misiones.
Fue el primero que proyectó y llevó a cabo una “casa” en la costa marina para alojamiento y atención de los niños de endeble salud. En la realización de toda su obra pastoral fue sostenido y animado por su amor al santísimo Sacramento y a la Virgen de los Dolores, a quien consagró solemnemente su parroquia.
Finalmente, habiéndose privado de su manto en lo más crudo del invierno para cubrir a un pobre, fue víctima de una pulmonía. Pocos días después, el 12 de enero de 1892, confortado con los santos sacramentos, moría en olor de santidad con el duelo general de la ciudad, aun de los mismos enemigos de la Iglesia, que lamentaban la pérdida del “padre común”. Al iniciarse el Concilio Vaticano II, en 1952, fue canonizado por el papa Juan XXIII. El cuerpo de san Antonio María Pucci es venerado en la basílica de san Andrés de la ciudad de Viareggio, Italia.
(Protector contra las enfermedades de cáncer)
(4 de mayo)

Peregrino nació en Forlí hacia el año 1265. Siendo un joven de fogoso temperamento, junto con otros compañeros, arrojó de la ciudad con golpes e insultos a san Felipe Benicio que había intentado someter de nuevo a aquella población a la autoridad de la sede apostólica. Luego, arrepentido, pidió perdón a san Felipe y, más aún, inspirado por la gracia divina, ingresó en la Orden de los Siervos de María. Primero vivió en el convento de Siena y luego regresó a Forlí, en donde descolló por su vida de penitencia por lo cual fue curado milagrosamente de una gangrena en una pierna, y su gran caridad para con los pobres. Fue canonizado por el papa Benedicto XIII en el año de 1726.
Oración

Señor, Dios nuestro, que en san Peregino nos has dado un ejemplo admirable de penitencia y de paciencia, concédenos que, a imitación suya, soportemos con valor las pruebas de la vida y luchemos con alegría para alcanzar el premio eterno. Por Jesucristo nuestro Señor.
Oración para pedir la curación...
Dirige tu mirada, oh Jesús,
Príncipe de la medicina y único Médico,
sobre quien está enfermo,
en especial por N...
Si tú quieres, puedes sanarlo
como sanaste al ciego, al leproso;
como sanaste a san Peregrino,
quien, lleno de confianza, se dirigía a ti,
que fuiste crucificado por nuestra salvación.
Tu que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
Cristo Médico
Cristo Médico:
te pedimos por intercesión de san Peregrino
que bajes una vez más a tocar y a sanar
as llagas y enfermedades
de nuestro hermano (a) N...
para que recupere la salud del cuerpo,
su espíritu se fortalezca:
su prueba se convierta en esperanza,
su debilidad en confianza,
su tribulación en paciencia
y su angustia en paz.
A ti la gloria por los siglos de los
siglos. Amén.
Para cualquier información en español CLICKAR en el nombre de san Peregrino, arriba.
Del "Propio del Oficio de la Orden de los Siervos de Maria"
Llevo en mi cuerpo la muerte de Jesús
En el año de 1283 san Felipe Benicio, entonces prior general de los Siervos de María, cuando trataba de conducir a los ciudadanos de Forlí. Sujetos a entredicho, a la obediencia de la Sede Apostólica, fue arrojado con golpes e insultos de aquella ciudad. Mientras san Felipe, como fiel imitador de Cristo, rogaba pos sus perseguidores, uno de ellos, un joven de dieciocho años y de distinguida familia, llamado Peregrino Laziosi, arrepentido, fue a pedirle humildemente perdón. El piadoso Padre lo recibió afablemente. Desde entonces, aquel joven empezó a despreciar las vanidades del mundo y a invocar con fervor a la Virgen para que le mostrara el camino de la salvación. No mucho tiempo después, favorecido por una especial iluminación de nuestra Señora, acudió al convento de los Siervos en Siena, en donde, después acudió al convento de los Siervos de Siena, en donde, después de vestir con gran devoción el habito de la Virgen, se entregó con ardor a su servicio. Allí, con la ayuda del beato Francisco de Siena, se fue ejercitando en el estilo de vida y normas de los Siervos de María.
Algunos años más tarde, fue enviado de
nuevo a Forlí, Allí, lleno del amor de Dios y de nuestra Señora, se dedic
aba
sin tregua a recitar salmos, himnos y oraciones, amén de la meditación de la
palabra de Dios; su ardiente amor al prójimo lo impulsaba a socorrer a los
pobres en sus necesidades, abriéndoles los tesoros de la caridad. Así, más de
una vez plugo al Señor otorgar sus dones a los necesitados por intercesión del
Santo. Se cuenta que san Peregrino, ante el desolador espectáculo de la escasez
de víveres en Forlí y en toda la región de Romaña, multiplicó milagrosamente el
vino y el trigo.
También se destacó Peregrino por su espíritu de penitencia: derramaba copiosas lágrimas al recordar sus pecados y se confesaba con frecuencia; mortificaba su cuerpo con toda clase de penitencias; rendido por el cansancio, se apoyaba en el escaño del coro o en una piedra; sorprendido por el sueño, no buscaba el lecho sino que se tendía en la tierra desnuda.
A consecuencia del tal rigor, cuando frisaba con los sesenta años, fue acometido por un voraz cáncer originado por una llaga varicosa que padecía en la pierna derecha.
El médico Pablo Salazio fue a visitar al paciente siervo de Dios y, con el consentimiento de la comunidad, determinó amputarle la pierna. Peregrino, la noche anterior a la operación, se arrastró hasta la sala capitular para orar ante un Crucifijo que allí había; entonces agotado por el cansancio, se quedó dormido; en el sueño le pareció ver a Jesús que bajaba de la cruz le sanaba la pierna. A la mañana siguiente, el medico se presentó para llevar a acabo la amputación, pero no encontró ninguna señal de la gangrena ni cicatrices del cáncer. Quedó atónito, y esparció por toda la ciudad la noticia de tan portentoso milagro. Tal prodigio contribuyó a acrecentar la veneración que todos sentían por Peregrino. Él por su parte, crecía cada día en perfección y en el deseo de los bienes celestiales. Finalmente, aquejado por una altísima fiebre, cuando se acercaba a los ochenta años, entregó su alma a Dios en el año 1345. Extraordinaria fue la afluencia de gente, de la ciudad y los alrededores, ante su féretro. Se cuenta que algunos enfermos obtuvieron la salud por intercesión de Peregrino.
Su cuerpo se conserva con gran veneración en la iglesia de los Siervos de Forlí. El papa Pablo V lo beatificó en el año 1607 y el papa Benedicto XIII lo canonizó en el año 1726.

(19 de junio)
Oriunda de Florencia, Juliana, atraída por la vida ejemplar de los primeros frailes Siervos de santa María, se consagró a Dios, dedicándose de lleno a la contemplación, a la penitencia y a las obras de caridad. Con razón hay que considerarla como una de aquellas piadosas mujeres que, viviendo en sus propias casas y vistiendo el hábito de las "Manteladas", adoptaban el estilo de vida de los Siervos. Juliana, de tal manera destacó entre este grupo de mujeres que, con el correr del tiempo, llegó a ser reconocida como "fundadora de la rama femenina" de la Orden. Se distinguió por su piedad mariana y especialmente por su enardecido amor a la Eucaristía. Murió alrededor del año 1341. Su cuerpo se venera en la basílica de la Anunciación de Florencia. Fue canonizada por el papa Clemente XII, en el año 1737.
Oración
Dios nuestro, que por
medio de santa Juliana Falconieri, modelo de castidad y penitencia, hiciste
florecer en la Orden de los Siervos de María una familia de vírgenes a ti
consagradas haz que la Iglesia, esposa de Cristo, mantenga constantemente
encendida la llama de la virginidad fecunda. Por Jesucristo nuestro Señor.
Del "Propio del Oficio de la Orden de los Siervos de Maria"
Iniciadora y modelo de las mojas y hermanas Siervas de María
Juliana nació en Florencia en el siglo XIII, cuando aún vivían algunos de los fundadores de nuestra Orden. Según se cuenta, pertenecía a la familia de los Falconieri.
En el siglo XV, fray Pablo Attavanti recogió las tradiciones orales acerca de la vida de la Santa florentina y las recopiló en dos escritos que llevan por título, Diálogo sobre el origen de la Orden y Cuaresmario. En ellos se narra que Juliana, siendo una joven de quince años, oyó a san Alejo que predicaba sobre el juicio final, y se inflamó de tal manera en el deseo de los bienes celestiales, que se entregó de lleno a la contemplación y al seguimiento de Cristo. Así pues, comenzó a frecuentar la incipiente familia de los Siervos y quedó tan hondamente admirada de su estilo de vida evangélico, que no dejó de implorar a la Reina del cielo y a sus padres hasta que logró vestir el hábito de los Siervos. En compañía de otras jóvenes piadosas mujeres que, incitadas por el mismo ideal de penitencia y caridad, buscaban una vida de mayor perfección, acudía habitualmente a la iglesia de los Siervos de Cafaggio, que se levantaba junto a las puertas de la ciudad; allí participaba en los divinos oficios, cantaba las alabanzas de al Virgen, María y servía a todos los hermanos, especialmente a los más pobres. Juliana fue un excelente modelo para sus compañeras que deseaban seguir más de cerca a Cristo, bajo la protección de la Virgen, por lo cual llegó a ser considerada como “iniciadora de las mojas y hermanas Siervas de María”, como leemos en el mencionado Cuaresmario.
Dio
pruebas de ser fiel discípula de Jesús y de la Virgen, consiguiendo la victoria
en su lucha contra el mundo, el demonio y la carne y, aunque era una delicada
doncella, la firmeza de su virtud resplandeció ante la mirada de todos. Su
santidad se hizo patente a través de signos prodigiosos, especialmente en la
hora de su muerte. En efecto, cuando Juliana yacía extenuada a causa de los
cilicios, vigilias, oraciones y ayunos, su estomago no podía retener alimento
alguno; ella, en la imposibilidad
de recibir el Viático, pese a que lo deseaba ardientemente, pidió con
insistencia que le pusieran sobre el pecho el santísimo Sacramento. En la Edad
Media se acostumbraba dar este consuelo a los enfermos que abrigaban el deseo de
comulgar pero no podía hacerlo a causa de su dolencia; el rito iba acompañado de
una oración en la cual el sacerdote pedía a Dios que santificara - mediante el
Cuerpo de Cristo – el alma que había infundido en aquel cuerpo,. Juliana obtuvo
la dicha de ese consuelo, y luego expiró dulcemente. Según una piadosa tradición
la hostia consagrada desapareció de su pecho, como si hubiese penetrado
milagrosamente en el cuerpo de Juliana. Sus restos reposan en la basílica de la
Anunciación en Florencia, Italia. Fue canonizada por el papa Clemente XII, en el
año de 1737.
Con el paso de los siglos, muchas mujeres han adoptado el género de vida de los frailes Siervos de santa María, como modelo del seguimiento de Cristo y de servicio a la Virgen. Algunas bien en su propia casa, otras en comunidad, tienen a santa Juliana, después de la Virgen, como maestra de vida espiritual y de actividad apostólica, y así, aunque esta Santa florentina nunca fundó ninguna congregación religiosa, la invocan y venera como “madre”.
(23 de agosto)
Felipe nació en
Florencia a principios del siglo XIII. Ingresó en la Orden de los Siervos como
hermano lego y, poco después, al descubrirse su sabiduría, fue ordenado
sacerdote. En 1267 fue elegido Prior general, y ocupó ese cargo casi hasta la
muerte. Gobernó la Orden con suma prudencia, la fortaleció con sabias leyes, y
ante el inminente peligro de su extinción, la defendió con santa tenacidad.
Ilustró a la Orden de los Siervos de María con la fama de sus virtudes y recibió
en ella a muchos frailes que, como él
destacaron por una vida evangélica y de
fiel servicio a nuestra Señora. Con razón se le considera "Padre de la Orden".
Murió en Todi el año 1285. El papa Clemente X lo canonizó en el 1671.
Oración
Dios nuestro,
grandeza de los humildes, que por medio de san Felipe protegiste amorosamente a
la Orden de los Siervos de María, la propagaste y le diste estabilidad con
santas reglas, concédenos que, a imitación de tan insigne Padre, sirvamos
fielmente a la Virgen Santísima y difundamos con ardor apostólico el Reino de
Cristo, que vive y reina por los siglos de los siglos.
Del "Propio del Oficio de la Orden de los Siervos de Maria"
Una luz sobre el candelero de la Orden
Lo que sabemos de san Felipe Benicio lo debemos en gran parte a la Leyenda sobre el origen de la Orden y a la Leyenda de san Felipe, ambas escritos poco después del año 1317. Los historiadores de la Orden, aunque reconocen que en ellas figuran algunas “florecillas” del género hagiográfico, con todo otorgan a los dos escritos una especial autoridad, y a que nos trasmiten el testimonio ocular de los contemporáneos del Santo.
Felipe, de la familia de los Benizi, nació en Florencia a principios del siglo XIII, casi en el mismo tiempo en el que nacía la Orden de los Siervos de María. En su juventud se dedicó al estudio de la medicina y a la vez de las ciencias sagradas. Tanto ardía de amor a Dios que guardaba con esmero sus mandamientos, dominaba las pasiones, socorría a los pobres y se entregaba a la oración, principalmente a la recitación diaria del Oficio de la santísima Virgen. Hastiado de los goces de este mundo y con el vivo deseo de servir a Dios, el jueves de la octava de Pascua, mientras se hallaba en la iglesia de los Siervos de Florencia, oyó aquellas palabras de los Hechos de los Apóstoles que se leían en la liturgia del día: El Espíritu dijo a Felipe: “Adelántate y únete a esa carroza” (Hch 8, 29). Considerando que estas palaras iban dirigidas a él, determinó subirse a la carroza de la gloriosa Virgen ingresando en la Orden de sus Siervos, y obtuvo de fray Bonfilio, prior del convento de Florencia, ser admitido como fraile lego, a causa de su humildad. Pero quiso el Altísimo que, al ser descubierta su preparación cultural, recibiera, por obediencia, la ordenación sacerdotal.
El año 1267, estando reunido el capítulo
en Florencia, fray Maneto renunció al cargo de Prior general, y en su lugar fue
elegido san Felipe. Aunque el Santo se resistía a continuar, fue confirmado en
el generalato a lo largo de dieciocho años, casi hasta su muerte. Como buen
pastor y fiel siervo de María, gobernó sabiamente a la Orden de nuestra Señora y
la hizo célebre con la fama de su santidad. Visitó con solicitud paternal los
conventos de la Orden a pesar de que debía emprender penosos viajes. Estando en
Arezzo, ciudad
devastada por la guerra y la carestía, invocó a la santísima
Virgen, Madre de sus Siervos, a favor de los frailes de aquel convento que se
encontraban en necesidad; inopinadamente, en la puerta del convento fue hallada
un cesto de pan con el que san Felipe abasteció a sus hermanos. Compiló,
completó y promulgó las Constituciones emanadas por los capítulos anteriores.
Cuando la Orden estaba destinada a la extinción por un decreto del segundo
Concilio de Lion, san Felipe, con la asesoría de expertos y la colaboración de
fray Lotaringo, defendió ante la Curia romana, con habilidad, la supervivencia
de la Orden, y preparó el camino para su aprobación definitiva. Por todos estos
motivos san Felipe es considerado con toda razón “Padre de la Orden.”.
Como buen imitador de los Apóstoles,
trabajo con afán en la difusión de la palabra de Dios y en apaciguar las
discordias civiles; logró que muchos pasaran del apego al mundo a una sincera
vida cristiana, y a no pocos los levantó consigo hasta las cimas de la santidad.
Curó a un leproso por el simple hecho de cubrirlo con su capa: por eso algunos
cardenales, estando vacante la Sede Apostólica, impresionados por tal prodigio,
lo señalaron como candidato al sumo pontificado. En la ciudad de Todo, el Santo
logró con paternales amonestaciones y socorriéndolas con una suma de dinero, que
dos prostitutas se abstuvieran, por amor de la Virgen Madre, de seguir pecando;
después de que, contra toda esperanza, el Espíritu Santo las convirtiera, él las
guió por el camino de la santidad.
En Todi, el año 1285, el día de la octava de la Asunción, habiendo recibido los santos sacramentos y confortado con la llegada del beato Ubaldo de Borgo Sansepolcro, después de exhortar a los frailes a la caridad, san Felipe murió abrazando el crucifijo, el libro viviente, del cual había aprendido el camino de la santidad. Su cuerpo, después de varios traslados, se venera actualmente en la iglesia de santa María de las Gracias de Todi. Fue canonizado por el papa Clemente X en el años 1671.

(13 Julio)
(Fundadora de las Mínimas de la V. de los Dolores)
Nació en la localidad de Le Budrie, diócesis de Bolonia, el año 1847. Pasó su niñez y adolescencia en extrema pobreza. A los veinte años de edad, junto con tres compañeras, inició una agrupación con la finalidad de fomentar la educación cristiana de las niñas abandonadas por sus padres. Murió el año 1870, a los veintitrés años de edad. El papa Pablo VI la beatificó el año 1968. Fue proclamada santa por el papa Juan Pablo II el 9 de abril de 1989.
Del pequeño grupo reunido en Le Budrie nació la Congregación de las Hermanas Mínimas de la Dolorosa.
Del "Propio del Oficio de la Orden de los Siervos de Maria"
Dios ha escogido lo débil del mundo
Clelia nació en Le Budrie, diócesis de Bolonia, el 13 de febrero de 1847, del piadoso matrimonio formado por José Barbieri y Jacinta Nanetti. Sus familiares se ganaban el pan con el trabajo de sus manos; la suma estrechez en que vivían era causa frecuente de enfermedades. Cuando Clelia tenía poco más de ocho años, su padre murió víctima de cólera.
Siendo muy pequeña, aprendió que su
madre no sólo a coser e hilar, sino, por encima de todo, a amar a Dios y a vivir
cristianamente. Con frecuencia le oían decir a su madre: “Háblame de Dios” o
“?qué debo hacer para ser santa?”. Acudía a menudo a la iglesia para rezar y
estudiaba con ahínco el catecismo. Era de temperamento humilde y dulce y de gran
entereza de ánimo. Cuando tejía a sueldo ponía todo su empeño en hacer bien el
trabajo y, si su madre le apremiaba para que fuera más deprisa, respondía:
“Madre, este trabajo nos lo pagan, por eso debemos hacerlo lo mejor posible”.
Nutría su espíritu con piadosas lecturas, en especial con la Práctica del amor a Jesucristo de san Alfonso María de Ligorio y la Filotea de José Riva. Tuvo como director espiritual a don Cayetano Guidi, párroco de Le Budrie, quien con sus sabios consejos le ayudó a progresa en el amor a Dios y en el camino de perfección cristiana.
Impulsada por aquel celoso sacerdote y movida por su generosidad, concibió el deseo de dedicarse por entero con otras jóvenes del lugar, se entregó con gran empeño a servir a los pobres y a enseñar el catecismo a los niños. Los domingos, después de haber asistido a la celebración de las Vísperas, solía reunirse con tres compañeras para hablar de Dios. Poco a poco aquellas jóvenes concibieron el proyecto de hacer vida en común “Somos tan pobres –acostumbraba a decir Clelia- que en ningún instituto religioso nos admitirán. Decidámonos, pues, a hacer vida en común y a dedicarnos únicamente a Dios y al prójimo”.
Y así, el día 1 de mayo de 1864, las cuatro jóvenes, confiando solamente en Dios, se juntaron con una humilde morrada, llamada “la casa del maestro”, que dio lugar al Ritiro delle Budrie, que con razón es considerado como la cuna de la Congregación de las Hermanas Mínimas de la Virgen Dolorosa. Su misión principal era atender a las niñas huérfanas o abandonadas por sus padre, a las que educaban cristianamente y las preparaban al ejercicio de una profesión.
Poco después, mientras practicaban unos ejercicios espirituales, Clelia redactó una regla de vida comunitaria, basada completamente en la oración, el sacrificio, el trabajo y la caridad. Las hermanas eligieron como patronos de su pequeña comunidad a la Virgen de los Dolores, cuyo culto los Servos de María habían promovido en la diócesis de Bolonia, y a san Francisco de Paula, el más humilde de los humildes siervos de Dios, cuya ayuda imploraban sobre todo en los momentos difíciles.
Al frente del grupo el párroco Cayetano Guidi puso a Clelia, a la que Dios enriqueció con especiales carismas, como atestiguan el único escrito autógrafo que de ella poseemos: la carta a Jesús, mi dulce esposo.
Entretanto, a medida que Clelia avanzaba animosamente por el camino de la santidad, aparecieron en su frágil cuerpo los primeros síntomas de la tuberculosis. Estuvo postrada en cama durante siete meses, al cabo de los cuales, concretamente el 13 de julio de 1870, dijo: “!Ánimo! Yo me voy al cielo, pero estaré siempre con vosotras y nunca os dejaré”. Después de estas palabras, que fueron las últimas, murió en el Señor. En el primer aniversario de su muerte, como si quisiera cumplir su promesa, habiéndose reunido las hermanas en su habitación para orar, se oyó, en respuesta a sus plegarias, una vez que todas ellas identificaron como la de Clelia.
Del pequeño grupo congregado en Le Budrie nació la familia religiosa de las Hermanas Mínimas de la Virgen Dolorosa. El papa Juan Pablo II canonizó a Clelia el 9 de abril de 1989. Su cuerpo se venera en el oratorio de la primera casa de la Congregación.

Todos los Santos de la Orden de los Siervos de Santa María
16 de noviembre)
El 16 de noviembre celebramos la fiesta de todos los discípulos de Cristo que vivieron su experiencia cristiana en la Familia de los Siervos de María y hoy gozan de la visión del Señor en la Jerusalén del cielo; son hermanos y hermanas nuestros que en varias situaciones de vida -religiosa, consagrada, laical- siguieron al Señor inspirándose constantmente en la Virgen nuestra Señora y siguiendo las líneas fundamentales de la espiritualidad de los siete santos Fundadores.
Son hombres y mujeres para quienes el servicio fue norma de vida; la fraternidad, un ideal constantemente perseguido; la humildad y la misericordia, virtudes características; la amistad y la belleza, valores objeto de continua búsqueda; la sobriedad, un estilo de vida; la dedicación a santa María -la Sierva del Señor que acoge con su "fiat" el Verbo, la Mujer transida de dolor junto a la Cruz, la Reina de misericordia, la gloriosa Señora-, elemento irrenunciable y título de gloria de su compromiso religioso.
Hermanos nuestros por la común vocación, hoy bienaventurados en el cielo, son para nosotros intercesores, amigos, modelos. Y son testimonio fehaciente de la validez y dignidad de nuestra vocación de siervos de santa María.
Oración
Señor, Dios nuestro, conseva siempre en nosotros el espíritu de amoroso servicio, que con tanta abundancia concediste a los santos siervos de la Virgen María, padres, hermanos y amigos nuestros. Por Jesucristo nuestro Señor.
Del "Propio del Oficio de la Orden de los Siervos de Maria"
De la “Leyenda” sobre el origen de la Orden de los Siervos de santa María
(Nn. 1-2; Monumenta OSM, I, pp. 60-61)
Como verdaderos hijos, imitemos en nuestras vida las palabra y ejemplos de nuestros Padres.
Alabemos
a los hombres
ilustres que, con la santidad de sus
palabras y ejemplos nos han engendrado en la Orden. Ellos son, después de Dios,
nuestros Padres, los que han tomado bajo su cuidado nuestra vida,
proporcionándonos el alimento espiritual necesario para nuestro crecimiento y
ofreciéndonos conocimiento, arte ciencia. De esta manera nos indicaron el camino
más seguro para alcanzar la vida bienaventurada. Ellos de hecho, permaneciendo
en nuestra Orden se ofrecieron a Dios, con humildad de corazón
en todos sus pensamientos, palabras y obras; escogieron el camino de la verdad,
vivieron sin descanso según sus preceptos.
Ofreciendo voluntariamente al Señor toda su vida, hicieron que nuestra Orden fuera, en su tiempo, agradable a Dios y a la Bienaventurada Virgen María. Con sus oraciones mereci4eron obtener del Señor que, después de ellos y para el futuro, la presencia de religiosos santos conservara a la Orden en la voluntad de Dios.
Estamos seguros de que estos hombres ilustres, nuestros Padres, han sido agradables al Señor y a la Bienaventurada Virgen María por sus obras, y de que ha sido acogido con gran favor su servicio voluntario. Porque mientras vivían en este mundo, el Señor adornó sus vidas con muchas virtudes y milagros y manifestó al momento de su muerte con muchos signos y prodigios que sus almas le agradaban inmensamente. También porque después de su muerte, por sus méritos, con signos y prodigios que no dejaban de verificarse, comprobó con certeza que nuestros Padres estaban para siempre con Él en la gloria.
Nosotros entonces, debemos tener la mirada fija en las palabras y ejemplos con los que nuestros Padres nos han espiritualmente engendrado, y conocer el género de vida con que los hizo agradables al Señor juntamente con nuestra Orden Conformémonos de manera filial con su ejemplo en las palabras y en las acciones, de modo que a todos quede manifiesto que nos han dejado como hijos parecidos a ellos mismos. Manifestaremos entonces que, siguiendo su ejemplo, hemos conservado la humildad del corazón en todos nuestros actos; que escogiendo el camino de la verdad, hemos vivido siempre según sus preceptos; que consagrando libremente nuestra vida al Señor, en nuestro tiempo, hemos hecho agradables a Dios y a nuestra Señora nuestras personas y nuestra Orden; y que perseverando en la oración hemos obtenido del Señor que también en el futuro la Orden se mantenga fiel al Espíritu.
Nuestros
Padres, pues, nos han dejado un ejemplo de vida a nosotros que les seguimos.
Nosotros también, debemos dejar un ejemplo análogo a los que entrarán en nuestra
Orden después de nosotros; éstos, a su vez, se sentirán solicitados a dejar su
ejemplo a sus sucesores; y ellos a otros, y así sin interrupción. Si de esta
manera nos comportamos nosotros y todos los frailes que seguirán en la Orden, la
Orden misma recibirá un gran beneficio. Ello será motivo de gran alegría para
nuestra Señora, que encontrará consuelode
manera admirable en nosotros sus Siervos, mientras la honremos con nuestro
servicio y manifestemos así a todos que ella es digna de toda reverencia. Aún
más, todo esto inducirá a nuestro Señor a enriquecer nuestra Orden con dones y
gracias espirituales, manifestando así a todos cuánto ella le es grata.
Además, los que del mundo entrarán a nuestra Orden como a la sexta ciudad de refugio,encontrando siempre en los frailes que pertenecen a ella tales palabras y ejemplos de vida, permanecerán en esta Orden atraídos por la dulzura de sus ejemplos y por su enseñanza, de modo que, jamás intentarán separarse, ni con el cuerpo ni con el alma, de esta ciudad de refugio. Lo harán solamente cuando, al final de la vida, su alma, muerta al mundo y al pecado junto en compañía de Cristo, sumo sacerdote, será llamada a pasar mediante la muerte corporal a la vida que no tiene fin y restituida a la libertad plena.
O bien:
Del "Propio del Oficio de la Orden de los Siervos de Maria"
De las Constituciones de los frailes Siervos de Santa María
(Nn. 1-3. 6-7, Roma 1987, pp. 25-27)
Dedicados desde los orígenes al servicio de la Madre de Dios.
La
Orden de los frailes Siervos de María, surgida como expresión de vida
evangélico-apostólica, es una comunidad de hombres reunidos en el nombre del
Señor Jesús.
Movidos por el Espíritu Santo, nos comprometemos, como nuestros primeros Padres, a dar testimonio del Evangelio en comunión fraterna y a vivir al servicio de Dios y del hombre, inspirándonos constantemente en María, Madre y Sierva del Señor.
Asumimos libremente este compromiso enraizando en la consagración bautismal y expresado con la profesión religiosa, para llevar a su plenitud el mandamiento de la caridad. Esto implica un continuo esfuerzo para conformarse a Cristo, que vino para servir y dar la vida por los hombres y ha revelado que todos son hijos del mismo Padre y hermanos entre sí.
En nuestras comunidades, inspirándonos en la Iglesia de los tiempos apostólicos y en la Regla de san Agustín, vivimos concordes y unánimes en la oración, en la escucha de la Palabra de Dos, en la fracción del Pan eucarístico y del pan ganado con nuestro trabajo, en vigilante espera del Señor que viene.
Unidos por la caridad y sostenidos por la recíproca estima, ponemos en común bienes, aspiraciones, actividades y tomamos fraternalmente nuestras decisiones, de acuerdo con el Derecho común y propio.
Según la inspiración mendicante de nuestra Orden, vivimos los valores evangélicos de la provisoriedad, de la inseguridad y de la disponibilidad para ir donde urge nuestro servicio.
Para servir al Señor y a sus hermanos, los Siervos se han dedicado desde sus orígenes a la Madre de Dios, la bendita del Altísimo.
A ella se han dirigido en su camino hacia Cristo y en su
compromiso de comunicarlo a los hombres. Del “Sí” de la humilde Sierva del Seño,
han aprendido a acoger la Palabra de Dios y a estar atentos s a las indicaciones
del Espíritu; la participación de la Madre en la misión redentora del Hijo,
Siervo sufriente de Yahvé, les ha llevado a comprender y a aliviar los
sufrimientos humanos.
Los Siervos han honrado a santa María como a sus Señora con especiales actos de veneración: dirigiéndole el saludo del ángel al inicio de los actos comunitarios, tributándole el tradicional obsequio de la “Vigilia de Nuestra Señora”, dedicando a Ella sus iglesias, solemnizando sus fiestas y celebrando su memoria el sábado y al final de cada día.
Fieles a nuestra vocación de servicio tratamos de comprender el significado de la Virgen María para el mundo contemporáneo.
Hermanos de los hombres, caminamos junto con ellos para alcanzar una más intensa comunión de amor.
Sensibles a las instancias de la Iglesia, profundizamos el conocimiento de María, Madre de Dios y de los hombres, y de su misión en el misterio de la salvación.
Viendo en Ella el “fruto más excelso de la redención”, secundamos nuestras energías las exigencias liberadoras de los individuos y de la sociedad. Conscientes de la división de los cristianos, nos esforzamos para que la Hija de Sión llegue a ser para todos un signo de unidad. A los hombres inseguros les proponemos, como ejemplo de la confianza de los hijos de Dios, a la Mujer humilde que ha puesto en el Señor su esperanza.
Nuestras comunidades sean un testimonio de los valores
humanos y evangélicos que María representa y del culto que la Iglesia le rinde.
Expresarán su piedad marina inspirándose a formas propias de nuestra viva
tradición o creando otras, fruto de renovado servicio a la Virgen María.![]()