BEATOS Y BEATAS DE LA ORDEN
B. SANTIAGO DE VILLA B. JOAQUÍN DE SIENA B. ISABEL PICENARDI B. JUAN BENINCASA B. FRANCISCO DE SIENA B. SANTIAGO FELIPE BERTONI B. TOMÁS DE ORVIETO B. FERDINANDO BACCILIERI B. UBALDO B. ANDRÉS B. JUANA DE FLORENCIA B. M. MAGDALENA STARACE B. BUENAVENTURA DE FORLÍ B. M. GUADALUPE B. JUAN ÁNGEL PORRO B. JERÓNIMO B. BUENAVENTURA DE PISTOYA
(15 de Enero)
"Defensor de los pobres"
Santiago nació en Citta' della Pieve (Umbria) hacia el año
1270. siendo abogado, se dedicó a reivindicar los derechos de los pobres y
oprimidos. Con sus recursos pagó la restauración de una iglesia y de un hospicio
situados fuera de la "Puerta del Vecciano", donde daba acogida a enfermos y
necesitados y los servía con diligente caridad. Su defensa de los derechos dee
los pobres le atrajo el odio de un hombre poderoso, el cual valiéndose de unos
sicarios, le tendió una emboscada y lo asesinó. Sus conciudadanos le honraron
con el título de "Limosnero". Pío VII aprobó su culto en 1806.
Oración
Señor, Dios nuestro, por cuyo amor el beato Santiago no tuvo miedo de afrontar la muerte por defender los derechos de los pobres, concédenos que ningua dificultad nos amedrente en la práctica de la caridad y de la justicia. Por Jesucristo nuestro Señor.
Del "Propio del Oficio de la Orden de los Siervos de Maria"
Defensor de los pobres y oprimidos
Santiago, hijo de Antonio de Villa, y de Mostiola, nació hacia 1270 en Cittá della Pieve, ciudad situada en la región italiana de Umbría. Desde pequeño dio pruebas de piedad y temor de Dios: frecuentada la iglesia de los Siervos, cercana a su casa, y asistía con gusto a los divinos oficios. En Siena, como se desprende de algunos indicios, se aplicó con sumo interés a los estudios de la literatura y derecho, disciplinas que en poco tiempo logró dominar.
Y
por entonces había comenzado a preocuparse por los pobres y enfermos; y no
rehusaba ningún sacrificio con el fin de defender a los huérfanos, viudas e
indigentes. Más tarde, con el propósito de unirse más estrechamente al Señor y
adherir a sus enseñanzas, tomó la determinación de repartir todos sus bienes
entre los pobres y de dedicarse por completo al cuidado de los enfermos. El
autor de la antiquísima Vida o Legenda del beato, al referir dicho
testimonio de heroica caridad, no duda en atribuir a este varón de Dios una
característica común que se encuentra en muchas “Vidas de santos”: Santiago
mientras asistía a Misa, oyó aquellas palabras del Señor: Si uno quiere ser
de los míos y no me prefiere a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos ,
a sus hermanos y hermanas, y hasta sí mismo […] y no renuncia a todo lo que
tiene no puede ser discípulo mío (Lc 14, 26.30); conmovido hondamente por
estas paabras, lo dejó todo y se entregó al servicio de Dios y del prójimo. Este
relato, aunque pueda considerase como un lugar común de la hagiografía, y por
tanto con dudoso valor histórico, es, con
todo,
una prueba de la fama de santidad que en aquel tiempo gozaba el beato Santiago.
De su propio bolsillo costeó la restauración de una iglesia y un hospicio, situados fuera de la “Puerta del Vecciano”. Allí dio alojamiento y atendió con admirable caridad a los más pobres de sus conciudadanos: los alimentaba los curaba en sus enfermedades y les prestaba los servicios más humildes. Mas sucedió que un hombre poderoso intentó usurpar los bienes de aquel hospicio, entonces Santiago se levantó en defensa de los derechos de los pobres ante los jueces de la Curia romana, y venció la causa contra su adversario. Éste, con el pretexto de llegar a un acuerdo, invitó con palabras lisonjeras a Santiago para que acudiera a entrevistarse con é –vivía entonces en Chiusi-y cuando el siervo de Dios regresaba a Cittá della Pieve, fue asesinado a manos de unos esbirros: de este modo Santiago, defensor de los pobres y oprimidos, selló con su sangre, en 1304, su testimonio constante de justicia y caridad.
De algunas cartas y documentos, así como de las imágenes más antiguas, parece deducirse que este varón de Dios, además de ser terciario servita, lo era también de la Orden de los frailes Menores, y figuraba en la lista de los Oblatos del hospicio de “Santa María de la Escala”, en Siena; hecho nada raro en aquella época.
En 1806, la Congregación de Ritos aprobó
el culto del beato Santiago. En 1846, el papa Pío IX concedió a toda la Orden la
facultad de celebrar misa y oficio propios del Beato.
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(3 de Febrero)
Nació en Siena alrededor del año 1258. A los 13 años fue recibido en la Orden de los Siervos de María por san Felipe Benicio. Vivió en los conventos de Siena y de Arezzo dando un admirable ejemplo de devoción a la Virgen, de humildad y caridad. Su gran amor al prójimo le impulsó a pedir a Dios la gracia de padecer de por vida, en su propio cuerpo, la enfermedad de un epiléptico al que no había logrado confortar con sus palabra. Murió en el año 1305. El culto del beato Joaquín -la Misa y el Oficio- fue aprobado por el papa Pablo V en 1609.
Oración
Dios nuestro, que enseñaste al beato Joaquín, fiel seguidor de tu hIjo y de su humilde Madre a servir con delicadeza a sus hermanos y aun a tomar sobre sí sus enfermedades, concédenos, por su intercesión, aprender a soportar nuestras penas y a compartir los sufrimientos de los demás. Por Jesucristo nuestro Señor.
De la “Leyenda” del beato Joaquín de Siena.(Nn. 1-6.17-19 passim: Monumenta OSM, V, pp. 7-9.11-12)
Llevo en mi cuerpo los padecimientos de Cristo
Joaquín nació en el seno de una familia noble en la ciudad de Siena. Ya desde su infancia, cuando iba a la escuela, daba muestras de una especial devoción a la Virgen María: todo lo que podía tomar a hurtadillas de su casa, lo repartía luego entre[…] los que se lo pedían en el nombre y por amor de la Virgen. Toda planta de Dios ya desde el principio […] da señales de su buena cepea, y así, nuestro Beato, ya desde su niñez, manifestó su gran inclinación a la virtud y dio claros indicios de que buscaba, por encima de todo, el honor de la santísima Virgen; todos le tenían casi por santo y, como si adivinaran su futuro, se decían: “Este niño, si vive, llegará a ser una gran santo”.
A la edad de catorce años tuvo un sueño
en el que vio a la Virgen, nuestra Señora, que le decía: “Hijo dulcísimo, ven a
mí: sé cuán grande es el amor que me tienes, y por esto te he tomado para
siempre a mi servicio”. Al despertar del sueño, movido por esta visión determinó
firmemente entrar
en
la Orden de los Siervos de María.
Por aquel entonces, en el convento de Siena resplandecía aquella luz admirable que fue el bienaventurado Felipe, superior general de la Orden, hombre de gran santidad; él recibió a Joaquín en la Orden, y le preguntó qué nombre quería adoptar. El muchacho, que se llamaba Claramonte, por su ferviente devoción a la Virgen, eligió el nombre de Joaquín, padre de la Virgen María, con el propósito de estar más íntimamente unido a ella.
Así pues, habiendo ingresado en la Orden, el siervo de Dios Joaquín, se dio totalmente a la práctica de una profunda humildad: olvidándose de su noble linaje y comportándose, a pesar de u corta edad, como un hombre adulto, manifestó siempre una inclinación particular a realizar los trabajos más humildes y despreciables. Reconfortaba a los afligidos, servía a los enfermos y ejecutaba con sus propias manos, con gran espíritu de entrega, los menesteres que a los demás les repugnaban.
Amó con intensidad la obediencia, a la que llamaba Mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre que está en los cielos (Jn 4, 34).
San Felipe lo mandó al convento de Arezzo, donde vivió un año entero, Sucedió que, acompañado una vez por la ciudad a fray Acquisto de Arezzo, hombre muy famoso, les sorprendió de noche un fuerte temporal y buscaron guarecerse en un hospicio. Había allí un hombre afligido por una larga y grave enfermedad. Joaquín oyó que se quejaba y le dijo: “Hermano, ten paciencia, porque esta enfermedad será para ti motivo de salvación”. El enfermo le contestó: “Buen hermano, ponderar las ventajas espirituales de la enfermedad no cuesta nada, pero otra cosa es soportarla”. Entonces Joaquín añadió: “Pues yo pido a Dios todopoderoso que te libre de esta enfermedad y la haga recaer sobre mí, su siervo, durante toda la vida, para que lleve continuamente la pasión de Cristo”. Al instante, el enfermo se levantó de su lecho completamente curado, mientras que Joaquín contrajo allí mismo la epilepsia que lo atribuló toda la vida y él la aceptó como un martirio. Plugo al Altísimo coronarlo, además con otra enfermedad: algunas partes de su cuerpo fueron cubiertas por llagas purulentas, una corrosión que le llegaba hasta los huesos y en la que pululaban los gusanos. Él lo ocultaba en lo posible a los hermanos, pero cuando éstos se dieron cuenta les causó un profundo dolor y le suplicaban que pidiese a Dios por su propia curación; el siervo de Dios les respondía: “Queridos hermanos, eso no me conviene, porque esta enfermedad es la expiación de mis pecados y la fortaleza de mi alma, según aquella sentencia del Apóstol: Cuando soy débil, entonces soy fuerte (“ Co 12, 10)”.
Sabiendo por revelación divina que se acercaba el día de su muerte, pidió al Altísimo que lo llamara el mismo día en que el Salvador pasó de este mundo al Padre. Y el jueves santo, un día antes de su muerte, hallándose junto a él todos los frailes, les dijo: “Hermanos muy queridos, he estado con vosotros durante treinta y tres años, los mismos que el Señor vivió en este mundo. He recibido de vosotros innumerables atenciones , y me habéis ayudado con gran solicitud, siempre que lo he necesitado, No encuentro palabras para expresaros mi agradecimiento: Jesucristo, el Señor, os recompense todo lo que habéis hecho por mí. Yo, por mi parte, mañana me separaré de vosotros. Os pido que roguéis al Señor por mí, pecador, a fin de que pueda entrar en su morada. Antes de separarme de vosotros, quiero que nos expresemos un gesto de mutua caridad”. Y a continuación bebió con ellos un poco de vino.
El viernes santo, mientras se cantaba la pasión del Señor, llamó al prior y le dijo: “Reverendo padre, dentro de poco el Señor me llamará de este mundo: aunque ya ayer recibí el cuerpo del Señor con vosotros, reunid junto a mí a los hermanos y administradme los sacramentos, porque no quiero marcharme sin veros antes”. El prior no dio mucha importante a estas palabras; no obstante, por lo que pudiera pasar, mandó llamar a cuatro frailes. Joaquín no cesaba de orar y mientras se cantaba la pasión del Señor , a las palabras: Inclinando la cabeza, entregó el espíritu (Jn 19, 30), elevando los ojos al cielo, en presencia de dichos hermanos, entregó su alma al Creador altísimo.

(19 de Febrero)
Isabel nació probalbemente en Cremona en torno al año 1428. Vivía cerca de una iglesia de los Siervos dedicada a san Bernabé y así tuvo ocasión de frecuentar a los frailes de nuestra Orden, cuyo hábito visitió. Se distinguó or la castidad y por su amor a la Eucaristía y a nuestra Señora. Murió en el año 1486. Pío VII aprobó su culto en 1804.
Oración
Suscita en nosotros, Señor, un espíritu de generosidad y de entrega, que, alimentado por la Eucaristía y el amor a la santísima Virgen, nos impulse como a la beata Isabel, a dedicar la vida al servicio de los hermanos. Por Jesucristo nuestro Señor.
Del "Propio del Oficio de la Orden de los Siervos de Maria"
En penitencia y oración aguardaba a Cristo
Isabel, hija de Leonardo Picenardi y de
Paula de Nuvaloni, nació probablemente en Cremona hacia el año 1428. Poco
después de su nacimiento, su padre se fue a vivir con toda la familia a Mantua
para desempeñar el cargo de administrador del Marqués de Gonzaga. Isabel se
educó en esta ciudad y vivió cerca de la Iglesia de san Bernabé, que entonces
era regida por los Siervos de María de la Congregación de la Observancia, lo que
fue motivo de un trato frecuente con los frailes de nuestra Orden; esta
circunstancia no dejaría d influir en la formación espiritual de la joven
Isabel.

Su padre quiso darla en matrimonio a alguno de los principales de la ciudad, pero ella deseando a toda costa guardar su virginidad, rehusó con firmeza el matrimonio y a la edad de veintiún años se consagró a Dios y vistió el hábito de las “Manteletas”. Primero vivió en la casa paterna a la manera de una religiosa; luego, al morir su padre, se fue a vivir con su hermana Ursina, casada con el aristócrata Bartolomé de Gorno. Allí, en una habitación apartada, pasó el resto de su vida, no lejos de la iglesia de los Siervos.
Las virtudes más destacadas de la beata Isabel fueron el amor a la Virgen, la castidad, la fervorosa penitencia, el espíritu de oración, el amor a la Eucaristía.
Se dedicó con tanto fervor a la Madre de Cristo que, a imitación suya, quiso guardar perpetua virginidad. Cultivó con tanta delicadeza la castidad que, en los últimos instantes de su vida, daba rendidas gracias a Dios y a la santísima Virgen porque moría conservando intacta la flor de la virginidad.
A pesar de las diversas enfermedades que padecía, mortificaba severamente su cuerpo, llevando en todo tiempo un cilicio y un cinturón de hierro.
En
penitencia y oración aguardaba a Cristo, su Esposo, Cubría de alabanzas al Señor
e intercedía por la salvación de los hombres recitando el oficio divino “según
el rito de la Curia romana” difundido por los frailes mendicantes.
Contra la costumbre de su tiempo, recibía con frecuencia el pan eucarístico de manos de fray Bernabé de Mantua. Al final de su vida acudía diariamente al sacramento de la Penitencia.
Esparcida la fama de su santidad, la gente acudía a ella para consultarla, pues la consideraba un oráculo divino; y dado que muchas veces alcanzó para sus conciudadanos los favores celestiales por intercesión de nuestra Señora, recibió el apelativo de “confidente de la Madre de Dios”.
Muchas doncellas siguieron su admirable ejemplo y formaron una fraternidad regular de la Tercera Orden. Un año antes de morir quedó patente el sincero amor que prodigaba a nuestra Orden pues, además de otros detalles, legaba a los frailes del convento de san Bernabé el breviario con el cual cantaba las alabanzas divinas y una suma de trescientos ducados. Antes de ir al encuentro del Señor, en el instante en que arreciaban los cólicos – narra el autor de la “Leyenda”, fue confortada con la presencia visible de Jesús y de su misericordiosa Madre y de una dulce melodía celestial. Murió el 19 de febrero de 1468.
Su cuerpo fue venerado y custodiado en un sepulcro de la iglesia del convento de san Bernabé; luego, al desaparecer éste, fue trasladado al pueblo de “Tor de’ Picenardi”, en a provincia de Cremona. El papa Pío VII en el año 1804 concedió a toda la Orden la facultad de celebrar la Misa y el Oficio propios de la Beata.
(11 de Mayo)
Benincasa nació probablemente en Monepulciano el año 1375.
Desde muy joven ingresó en la Orden
de los Siervos de María y abrazó la vida
eremítica y penitente. Murió alrededor del año 1426. Su cuerpo se conserva en la iglesia parroquial de san Leonardo en Monticchiello (Siena). El papa Pío VIII
aprobó su culto en el año 1829.
Oración
Señor, Dios nuestro, que llamaste al beato Juan Benincasa a dar testimonio vivo de tu Hijo con una vida de soledad, trabajo y silencio, otórganos a nosotros que, fortalecidos por la oración y la penitencia, cumplamos cada día mejor los deberes de la vida cristiana. Por Jesucristo nuestro Señor.
Del "Propio del Oficio de la Orden de los Siervos de Maria"
Se retiró a la soledad para gozar de la intimidad con el Señor
Benincasa nació con toda probabilidad en
Montepulciano en torno al año 1375. Siendo adolescente, vistió el hábito de los
Siervos de María. A la edad de veinticinco años se retiró a una gruta del Monte
Amiata, situada en el territorio de Siena, cerca del lugar en donde –según se
cuenta- vivió por un tiempo entregado a la oración san Felipe Benicio.
Benincasa sobresale entre aquellos
hombres que l Espíritu Santo ha suscitado con frecuencia en la Orden de
los
Siervos de María, y que, entregados a la contemplación han tenido un amor
especial por la soledad y el silencio.
Fray Miguel Poccianti, quien en el siglo XVII escribió la Crónica de la Orden de la bienaventurada Virgen María, al narrar la vida del beato Benincasa, dice, entre otras cosas: “Si lo asaltaba el espíritu de fornicación oraba a Dios, no para que lo apartara de la lucha, sino para que lo fortaleciera. Si enfermaba, no permitía que nadie se le acercara diciendo: “Es un fuego que se me ha puesto para quitarme la herrumbre”. Si la gente que lo visitaba le daba limosna, no la admitía porque le bastaba para vivir sólo un poco de pan y agua, y decía ‘Nuestro adversario es vencido con mayor facilidad por aquellos que no tienen nada’. Más aún, aquellos que le ofrecían lo necesario para su sustento. Les daba algún objeto elaborado con sus propias manos”. Con tales palabras prescindiendo del esto ampuloso que emplea el hagiógrafo, podemos representarnos una viva imagen del hombre que vivió en soledad, entregado a la oración y a la penitencia, y ganándose el frugal alimento con el trabajo de sus manos.
El año 1426, a los cincuenta años de edad, Benincasa subía al reino celestial. Su cuerpo recibió honrosa sepultura en la ciudad de Monticchiello, no muy distante de al gruta donde el Beato había vivido, en la iglesia dedicada a san Martín; junto a ella el pueblo, en señal de gratitud, levantó un convento para los Siervos. Los restos del beato Benincasa, después de muchas vicisitudes, se guardan y veneran actualmente en la iglesia parroquial de san Leonardo. El papa Pío VIII, en el año 1829, con su autoridad apostólica confirmó el culto de este Beato.


(12 de Mayo)
Francisco nació en Siena el año 1266. Por amor a la Virgen, ingresó en la Orden de los Siervos de María a la edad de veintidós años. Ordenado presbítero, se distinguó por el ardor de la caridad, por el celo en la predicación, por la acertada dirección espiritual. Murió el año 1328. Su cuerpo se venera en Siena, en la basílica de Santa María de los Siervos. El papa Benedicto XIV aprobó su culto el año 1743.
Oración
Infunde, Señor, en nosotros la suave piedad y el amor fuerte con que tu siervo Francisco veneró a la Madre de tu Hijo y se entregó a la dirección espiritual de tu pueblo. Por Jesucristo nuestro Señor.

Del "Propio del Oficio de la Orden de los Siervos de Maria"
El beato Francisco nació en Siena el año
1266. Su piadosos padres fueron Arrighetto y Raynaldesca. Según leemos en un
escrito de fray Cristóbal de Parma, que fue su compañero y padre espiritual,
Francisco siendo de corta edad, acudía con frecuencia a la iglesia y escuchaba
asiduamente la palabra de Dios. Embriagado por la elocuencia de fray Ambrosio
Sansedonio, predicador insigne, e impresionado por sus palabras, con las que en
otro tiempo había ensalzado con gran fervor las excelencias de la vida solitaria
y dedicada a la oración, determinó retirarse a vivir en soledad. Pero lo retuvo
el amor a su madre, que estaba ciega, y a quien cuidó con gran cariño. Al morir
ésta, cuando él tenía veintidós años y con la posibilidad de realizar su
ardiente deseo de vida eremítica, le pareció oír una voz interior que le
sugería: “El mal no está en el trato con los hombres, sino en la imitación de
sus
vicios” y que Dios vería con agrado que se dedicara, con la palabra y el
ejemplo, a conducir a los hombres por el camino del bien. Entonces él, que ya
desde la niñez había elegido a “la gloriosa Virgen
como especial Madre y señora” y le había profesado siempre una gran reverencia,
tanto en el alma como en el cuerpo, pidió y fue admitido en la Orden de los
Siervos de santa María.
En el trato fraterno, aumentaron aún aquellas virtudes que habían adornado el alma de Francisco cuando vivía en el mundo: la caridad para con todos, el amor a la penitencia y a la pobreza, la humildad de corazón, la guarda de la castidad, la paciencia en las adversidades, la filial devoción a la santísima Virgen, a la que llamaba Señora y a la que invocaba con mucha frecuencia por su dulcísimo nombre.
Ordenado sacerdote, mostró un gran amor a la Eucaristía, y así, cuando celebraba, se le veía tan inundado de gozo y alegría que “cualquiera hubiese creído – dice su biógrafo – que vía sin el velo de los sacramentos a Cristo glorioso encarnado”. Tuvo un particular interés en explicar la palabra de Dios, y, para hacerlo con más eficacia, se preparaba más con la oración que con los libros, ya que estaba persuadido de que no la erudición sino la unción, no la ciencia sino la conciencia, no los escritos sino la caridad enseñan la verdadera teología.
Era tanta su entrega en la celebración del sacramento de la penitencia, en el dar saludables consejos, en el apaciguar las discordias, en ayudar a los necesitados, en atender a los enfermos, que acudían a él hombres y mujeres de toda edad y condición.
A
la edad de sesenta y tres años, poco antes de la solemnidad de la Ascensión del
Señor, presintió que se acercaba la hora de su muerte. Entonces, como el que se
dispone a emprender un viaje, dispuso en orden a sus libros y enseres
personales, visitó y bendijo a sus hijos espirituales. La vigilia de la
Ascensión quiso comer con la comunidad, en señal de fraternidad y de despedida.
El día de la Ascensión – según refiere fray Cristóbal de Parma – purificó su alma con el sacramento de la penitencia; luego, aunque estaba casi extenuado, celebró la santa misa y con el permiso del prior se puso en camino hacia el pueblo de Prisciano, situado en las inmediaciones de Siena, para predicar allí la palabra de Dios. El biógrafo citado parece haber querido expresar el sentido y la índole de toda la vida del beato Francisco, al representarlo, a punto de morir, cumpliendo en el camino un deber de reverencia para con la Virgen: “Salió al encuentro del siervo de Dios una mujer desconocida, la cual, desde una casa de campo se le aproximó con un ramo de rosas, y le dijo: ‘Fray Francisco, aceptad estas rosas’. El siervo de Dios las recibió de buen grado de sus manos y, haciendo acopio de todas sus fuerzas, las llevó a una imagen de la Virgen gloriosa que estaba pintada en una ermita que allí había y , habiendo comenzado la salutación angélica, poco a poco hincó en tierra la rodilla derecha y a continuación se desplomó todo él por el lado derecho, ofreciéndose a sí mismo, como flor y lirio, él que era virgen, a la Virgen, en la inminencia de su muerte”.
Francisco fue llevado medio muerto al convento y allí, en presencia de los frailes, expiró, el 26 de mayo de 1328. Su cuerpo fue sepultado con honor en la basílica de Santa María de los Siervos en Siena. Benedicto XIV confirmó su culto el año 1743.
(30 de Mayo)
Nació en Celle de
Monte Chiaro, de la diócesis de Faenza, el año 1454. Sus padres, en virtud de un
voto que habían hecho, lo consagraron a Dios a la edad de nueve años en la Orden
de los Siervos de María. Destacó por el espíritu de oración, por el fervor de la
penitencia, por el
amor a la sagrada Escritura y a las obras de los santos
Padres. Ordenado de presbítero, dio pruebas de intensa espiritualidad en la
celebración de los divinos misterios y de amor a la liturgia. Murió el año 1483.
Su cuerpo se conserva en la catedral de Faenza. El papa Clemente XIII confirmó
su culto el año 1761.
Oración
Dios nuestro, que enriqueciste al beato Santiago Felipe con un gran conocimiento de la sagrada doctrina y le otorgaste el don de celebrar con fervor los divinos misterios, concédenos a nosotros una sed insaciable de ti, fuente única de sabiduría y amor.
De la “Vida del beato Santiago Felipe de Faenza”, escrita por Nicolás Borghese.
(Nn. 1-6.8Monumenta OSM., IV, pp. 64-66)
Se aplicaba con sumo interés al estudio de las enseñanzas evangélicas y de la sagrada Escritura
Santiago Felipe nació en Faenza de
padres virtuosos y de modesta condición, llamados Miserino de la Cella y
Dominga. Él antes de abrazar la vida religiosa, se llamaba Andrés. Acometido de
ataques epilépticos a la edad de dos años, el padre hizo voto, si el hijo
sanaba, de consagrarlo al Señor como fraile. Andrés desde tierna edad acudía con
frecuencia a la iglesia. No se entregaba a los juegos y diversiones propios de
su edad. Por temperamento fue más bien tímido y retraído y aficionado a la
soledad.
En torno a los nueve años, el padre, en cumplimiento de su voto, lo agregó a la Orden de los Siervos de la bienaventurada Virgen María. En esta nueva vida recibió el nombre de fray Santiago Felipe. Una vez iniciado en la vida religiosa, siendo aún niño, empezó a sobresalir por la obediencia y exacta observancia de la Regla; llegado a la edad adulta practicaba a menudo ayunos y vigilias. Se aplicaba con sumo interés al estudio de las enseñanzas evangélicas y de la sagrada Escritura. Parece que su alimento era la lectura asidua de la vida de los santos Padres y de los ejemplos de castidad, de obediencia, de humildad, de los santos. Desde muy joven se dedicó con tanto esmero a los estudios literarios, que logró comprender con facilidad y exactitud las obras de autores cristianos y latinos de más fama. Conocía a la perfección las ceremonias rituales de la Iglesia y de la Orden y las rúbricas del breviario, y las observaba cuidadosamente.
Cubrió algunos cargos conventuales con plena satisfacción de los frailes. Era, en efecto, de temperamento afable, manso y servicial. Nunca se le vio alterado o airado. Cuando alguien lo ofendía, soportaba con ánimo sereno las injurias; él, por su parte, nunca ofendía a nadie. Fue siempre parco en el hablar: no sólo evitaba las palabras inconvenientes, sino también las inútiles; si alguna vez conversando, escuchaba expresiones obscenas, se le ensombrecía el rostro, corregía al importuno con breve admonición , y se alejaba.
Ordenado sacerdote, celebraba los divinos misterios con devoción y veneración incomparables, hasta llegar a derramar lágrimas; ninguno como él contemplaba tan profundamente el misterio de la cruz cuando tenía entre las manos el Cuerpo de Cristo. Fue enemigo declarado del ocio, al que llamaba receptáculo de todos los vicios. Se reunía con los demás frailes para la celebración y el canto de la oración coral; el tiempo que le quedaba lo pasaba en la celda ocupado en la oración o en la lectura; a veces recreaba su mente con trabajos manuales de bordado o taraceado: siempre estaba ocupado en algo. Paseaba por los corredores casi siempre solo, meditabundo y cabizbajo. Leía con avidez los libros sagrados y las obras de san Jerónimo, en especial se enfrascaba con la lectura del opúsculo [del Pseudo Eusebio] sobre la muerte de este santo. Llegó un momento en que ya sólo pensaba en las realidades eternas y se alimentaba más de las cosas celestiales que de los manjares corporales, puesto que comía una sola vez al día y se contentaba con un alimento parco y frugal; pero cuando lo llamaba el superior comía lo que estaba preparado para toda la comunidad. Los viernes, en memoria de la pasión del Señor, llevaba un cilicio y comía solo verduras.
Nada rehuía tanto como las alabanzas: […] aunque todos lo tenían en gran aprecio, fue más estimado de Dios que de los hombres. A ejemplo del Salvador, quiso ser tenido en nada y despreciado: lo que más deseaba en su interior era agradar a Dios, su Padre y creador, y seguir las huellas de nuestro Redentor. […]
Pasó los últimos días de su vida enfermo; ´le no lo decía, pero en su semblante se manifestaba su precario estado; en efecto, cuando le preguntaban cómo se encontraba, siempre respondía: “Bien, porque así lo quiere el Señor”. Nunca se impacientó ni se quejó, ni siquiera al afrontar la muerte, y esa conducta observó toda su vida. Aunque estaba enfermo, no guardaba cama, sino que iba de un lado para otro. La vigilia de su muerte asistió al coro con los demás frailes para el canto de maitines; el día anterior por la mañana había celebrado la misa. […]
La tarde anterior al día de su muerte visitó a cada uno de los frailes para pedirles humildemente perdón y para que lo recordaran en sus oraciones del días siguiente. Porque estaba convencido que se acercaba su fin.
A la edad de veinticinco años tornó victorioso a la patria celestial, el veinticinco de mayo hacía las tres de la tarde: era el domingo de la santísima Trinidad. Su estatura era algo más que mediana; era tan macilento que su piel estaba adherida a los huesos; tenía el rostro afilado, la nariz algo larga, los ojos hundidos, el cuello erguido, los dedos alargados; su tez era notablemente pálida.

(27 de Junio)
Tomás nació en
Orvieto (Italia). Impulsado por su ardiente amor a la Virgen y por el deseo de
alcanzar la patria celestial, ingresó en la Orden de los Siervos de
María. Por
su ideal de hacerse servidor de todos, pidió formar parte de los hermanos legos.
Durante largo tiempo ejerció el oficio de "limosnero", distinguiéndose por su
caridad, humildad y poderosa intercesión ante Dios. Murió en el año 1343. El
papa Clemente XIII confirmó su culto en el año 1768.
Oración
Padre misericordioso, que en tu infinita bondad escuchas las súplica de los humildes, concede a tus hijos, por intercesión del beto Tomás de Orvieto, experimentar en esta vida tu consoladora presencia y conseguir en la otra la gloria eterna. Por Jesucristo nuestro Señor.
Del "Propio del Oficio de la Orden de los Siervos de Maria" 
Pedía limosna con humildad, daba con alegría
El beato Tomás nació en Orvieto, ciudad de Umbría, a fines del siglo XIII o principios del XIV. Para alcanzar con mayor seguridad la patria celestial, en lo cual estaban concentrados todos sus pensamientos y anhelos, decidió consagrarse completamente a Dios en una familia religiosa y, por su acendrado afecto hacia la Virgen, pidió y que fue admitido en la Orden de los Siervos de santa María. En él resplandecieron con luz meridiana las virtudes típicas de los Siervos, consideradas como carisma de nuestra Orden: la humildad, la caridad fraternal, el espíritu de servicio, la misericordia. En efecto, - como se lee en los Anales de la Orden -; “con ele objeto de dedicarse de una vez para siempre al servicio de la Virgen […] y de sus siervos”, pidió ser agregado en el número de los frailes que la gente suele llamar “legos”.
Durante muchos años pidió limosna de
puerta en puerta y, ejerciendo este oficio, mostró suma afabilidad, paciencia y
caridad- Sentía una entrañable compasión por los pobres, a quienes no sólo daba
con alegría de lo que sobraba de la mesa de
los frailes, sino también del
sustento que le era necesario. Dios miró con agrado la sencillez con que el
Beato desempeñaba su actividad y según el testimonio de antiguos escritores,
manifestó su aprobación con diversos prodigios. Las imágenes del beato Tomás,
algunas de ellas notables por sus antigüedad y valor artístico, lo representan
cargado con la alforja y llevando una ramita de higuera en la mano o dando, en
pleno invierno, unos a higos a una mujer embarazada deseoso de esos frutos. En
tales imágenes los artistas han querido expresar la solicitud de este hombre de
Dios para con todos los que pedían su ayuda, y su poder de intercesión ante
Dios, del cual podía obtener milagros.
El humilde siervo de la Virgen murió en Orvieto, el año 1343, como se lee en la Crónica de fray Miguel Poccianti; su cuerpo recibió honrosa sepultura en la iglesia de los Siervos de esta misma ciudad. Por los milagros, cada vez más frecuentes, los habitantes de Orvieto muy pronto empezaron a tributarle una gran devoción y a celebrar su memoria. Este culto, popular e inmemorable, fue ratificado y confirmado por el papa Clemente XIII en el año 1768.

(1 de Julio)
Beatificado en plaza san Pedro en Roma por Juan Pablo II el domingo 3 de octubre de 1999, presente una gran número de representación de la Familia de los Siervos y Siervas de María. El Postulador de la Causa de beatificación es fr. Tito m. Sartori.
Nació en Campodoso (Finale Emilia, Modena, Italia) el 14 de mayo de 1821, fue ordenado sacerdote en Ferrara el 2 de marzo de 1844. En 1851 aceptó una temporánea asignación en la parroquia de s. María de Galeazza (Boloña), de la cual el 22 de abril de 1852 fue nombrado párroco. Permaneció en Galeazza hasta la muerte que fue el 13 de julio de 1893.
En 1855 instituyó en Galeazza una fraternidad de la Tercera Orden de los Siervos y Siervas de María y en 1856 inició una comunidad femenina de vida consagrada que, en 1862 tuvo forma estable y se convirtió en la Congregación femenina de las Siervas de María de Galeazza, agregada a la Orden de los Siervos de María. De las biografías de Baccilieri se señala el cuidado de la Serva de María de Galeazza M. Gracia Lucchetta, Ferdinando Baccilieri, párroco “a pesar suyo”, Citta’ Nuova, Roma 1992 124 p.
Del "Propio del Oficio de la Orden de los Siervos de Maria"
Vivió con justicia y dijo el auténtico
Ferdinando María Baccilieri nació el 14 de mayo de 1821 a Campodoso, parroquia de Rin Finalese, en el ducado de Mondena. Sus padres, Domenico Baccilieri y Leonilde Del Bona, fue acomodados campesinos, de firmes principios cristianos con los que Ferdinando y sus cinco hermanas fueron criados.
Después de haber recibido una primera educación en la casa paternal, Ferdinando fue mandado por el padre a continuar los estudios primero cerca del colegio de los Barnabitas en Bolonia, luego cerca de aquel de los Jesuitas en Ferrara. En aquellos años le maduró en él la vocación sacerdotal y sucesivamente aquella religiosa y misionera, favorecida también por el contacto y ejemplo de los maestros jesuitas. Entro en la Compañía de Jesús, en el octubre de 1838, fue mandado a Roma en la casa de noviciado, que se situaba cerca de la iglesia de San Andrés en el Quirinale. Tuvo que interrumpir la experiencia de vida religiosa a motivo de su salud enfermiza que no le permitió de sustentar el rigor de la disciplina jesuítica; este, sin embargo, dejó una notable huella en su vida espiritual, que fue caracterizada siempre por severa regularidad.
Le vuelto a Rin Finalese, Ferdinando retomó los estudios filosóficos y teológicos en los seminarios de Emilia, de Módena y, por fin, de Ferrara, dónde fue ordenado sacerdote el 4 de marzo de 1844. Inició enseguida la actividad pastoral como colaborador del parroco de Rin Finalese; del 1844 al 1851 fue enseñante y director espiritual en el seminario de Final Emilia y predicador de cuaresmales. Mientras tanto, favoreciendo el deseo del padre, consiguió la licenciatura en derecho civil y eclesiástico cerca de la universidad de Bolonia.
En el 1851 como temporal administrador espiritual fue mandado a Galeazza, pequeña parroquia de la diócesis boloñesa que, quedada sin párroco, atravesando un período de grave deterioro moral y religioso. Las familias de campesinos, jornaleros, pequeños artesanos de la zona generalmente vivian en condiciones de graves dificultades económicas.
Don Ferdinando se aprestó alacramente a una obra de saneamiento moral y religioso, de consejo y de ayuda a los más necesitados. Sus palabras persuasivas y francas, el ejemplo de su vida sobria y laboriosa, todo orentado al bien moral y a material de los feligreses, conquistaron el ánimo, sí que ellos le preguntaron insistentemente al arzobispo de Bolonia, el Card. Carlo Opizzoni, la permanencia del Baccilieri en Galeazza. El cardenal adhirió a su deseo y el 22 de abril de 1852 nombró a don Ferdinando párroco de la Iglesia de S. María de Galeazza. Allí estuvo por 41 años, hasta la muerte, rechazando otros prestigiosos encargos, más adecuados a su cultura y a sus capacidades.
Al inicio de su servicio pastoral el Baccilieri dedicó la parroquia a la beata Virgen de los Dolores e instituyó la Cofradía de la Virgen de los Dolores. Esta devoción de Ferdinando a la Virgen de los Dolores se remonta a su infancia, cuando fue con su familia a vivir a Bolonia cerca de la basílica de S. María de los Siervos, dónde se practicaba un particular culto. A ella siempre le fue dirigida con inalterada confianza y confiándole los momentos importantes o difíciles de su vida. Al Orden de los Siervos quiso pertenecer como terciario e instituyó una cofradía del Tercera Orden en la parroquia. Tuvo frecuentes y fraternas relaciones con los frailes Siervos María, como certifican muchas cartas y documentos. Tuvo gran consideración su espiritualidad, en particular su piedad hacia la Madre del Dios; instituyó en la parroquia muchos piadosos ejercicios Maríanos, propios de la Familia de los Siervos. Celebró de muchas maneras la beata Virgen y trató de inculcar la devoción en el ánimo de los fieles, exhortándolos a sacar de la contemplación de sus dolores ayuda y fuerza para soportar las fatigas y los sufrimientos de la vida. En la muerte del Baccilieri el arzobispo de Bolonia, card. Parocchi, no titubeó en afirmar que él hizo de la parroquia de Galeazza un concurrido santuario.
Convencido que los laicos son llamados a colaborar con los pastores en el crecimiento de la Iglesia y a su santificación, promovió su cooperación en la institución de varias asociaciones; ellas fueron el fermento de la vida moral y religiosa de la parroquia.
Para asegurar continuidad a su proyecto pastoral, Baccilieri fundó una Congregación de Monjas de Siervas de María, a las cuales dio una Regla inspirada a aquella de las monjas de las Siervas de María. La finalidad fue la enseñanza de la doctrina cristiana, la educación de las niñas pobres, la cuidado de los enfermos, la ayuda a los pobres. La Congregación, surgida por un pequeño grupo de terciarias, que se reunieron en vida común en el 1852, se desarrolló progresivamente; antes reconocida por el arzobispo de Bolonia después fue aprobada por la Sede Apostólica con el nombre de Congregación de las Religiosas Siervas de María de Galeazza y se ha difundido en muchos países.
Acabado el curso de su vida, después de haber cumplido con ánimo extraordinario los ordinarios deberes de pastor, Ferdinando María se durmió en el Dios la mañana del 13 de julio de 1893, mientras meditaba, como solía hacer al inicio de cada día, la Pasión del Dios.
La fama de santidad creció y se propagó de día en día, confirmada por favores celestes. El Santo Padre Juan Pablo II el 3 de octubre de 1999 lo inscribió en el registro de los Beatos. Se celebra La memoria del beato Ferdinando María el 1 julio, día en que su cadáver, en el 1999, fue trasladado en una amplia capilla de la Iglesia parroquial de Galeazza.

Beato Ubaldo de Borgo Sansepolcro
(4 de Julio)
Ubaldo nació en Borgo Sansepolcro a mediados del siglo XIII.
Ingresó en la Orden de los Siervos de María y se destacó por la santidad de vida
y la aplicación al trabajo. Tuvo una profunda amistad con san Felipe Benicio,
que entrando en agonía, al llegar a su lado fray Ubaldo, pareció revivir; poco
después expiró en sus brazos. El beato Ubaldo murió en el convento de Monte
Senario el año 1315. El papa Pío VII confirmó su culto en el año 1821.Oración
Señor, Dios nuestro, principio de la unidad y fuente del amor, concede a tus hijos que, a imitación del beato Ubaldo y por intercesión suya, te glorifiquen con la santidad del cuerpo y la unión de los corazones. Por Jesucristo nuestro Señor.
Del "Propio del Oficio de la Orden de los Siervos de Maria"
Dejó un espléndido recuerdo de vida virtuosa y santa
Ubaldo nació en Borgo Sansepolcro, en la región de Toscana, a mediados del siglo XIII. Ya “desde tierna edad amó la vida religiosa” – como atestigua fray Pablo Attavanti en su Diálogo sobre el origen de la Orden-.Primero estudió filosofía y humanidades; más tarde, por su devoción y reverencia hacia la Virgen gloriosa, ingresó en la Orden de los frailes Siervos de santa María y se dedicó al estudio de la teología.
Fray Ubaldo era considerado como
“insigne modelo de virginidad” –agrega Attavanti- y pronto adquirió fama de
santidad. Era emprendedor y poseía un magnífico espíritu de trabajo; nunca se
dejó vencer por una vida fácil y cómoda.
Lo que cuenta la tradición sobre su trato frecuente y amistad con san Felipe, añade a su imagen un rasgo muy personal y confirma la fama de sus virtudes.
En efecto, la obra titulada Sobre el
origen y en alabanza de los Siervos de fray Tadeo Adimari y la Vida de
Felipe de Florencia de Nicolás Borghese, que a su vez recogen datos de la
antiquísima “Leyenda” de san Felipe, refieren que el Santo, hallándose en Todi
en trance de agonía y sin conocimiento desde hacía tres horas, a la llegada de
fray Ubaldo, quien había sido
advertido prodigiosamente de este suceso, de
improviso se incorporó un poco, abrazó a su hermano y amigo, y, contento de
haberlo visto, murió en la paz del Señor.
No se sabe a ciencia cierta en cual convento de la Orden vivió el Beato, pero hay indicios para suponer que pasó sus últimos años en el convento de Monte Senario, en donde resplandeció por sus virtudes y milagros; según se cuenta, allí murió en olor de santidad el año 1315.
Fue sepultado en Monte Senario –como se lee en la Crónica de la Orden de la bienaventurada Virgen María de fray Miguel Poccianti-. En el año 1707 bajo el altar mayor de la iglesia de Monte Senario, cerca del sepulcro de nuestros siete santos Padres, fue hallado un cuerpo, que por su considerable estatura nadie dudó que fuera el del beato Ubaldo; efectivamente, fray Pablo Attavanti atestigua en la citada obra que el Beato era “un hombre bien parecido y de gran estatura”. El papa Pío VII confirmó su culto en el año 1821. El cuerpo del beato Ubaldo fue trasladado en 1969 a la capilla de san José de la Basílica de Monte Senario, donde es venerado con gran piedad.
Beato Andrés de Borgo Sansepolcro
(31 de Agosto)
Andrés, cautivado por las palabras y el ejemplo de san Felipe
Benicio, vistió el hábito de los Siervos de María en el convento de Borgo
Sansepolcro el año 1278. Por su amor a la penitencia y a la soledad se retiró a
un eremitorio cerca del Borgo. Muchos ermitaños,
atraídos por su consejo y
ejemplo, se agregaron a la Orden, y el beato Andrés los dirigió paternalmente.
Murió en el año 1315, mientras estaba entregado a la oración. El papa Pío VII
confirmó su culto en el año 1806.
Oración
Señor, Dios nuestro, que por medio del beato Andrés llamaste a la Orden de los Siervos de María a numerosos ermitaños, y los uniste con los vículos de la devoción a la Virgen y del amor fraterno, concédenos que en el servicio a nuestra Señora estemos unidos por los mismos ideales y obremos con paz y concordia. Por Jesucristo nuestro Señor.
Del "Propio del Oficio de la Orden de los Siervos de Maria"
Se retiró a la soledad
De los documentos de la Orden sabemos que el beato Andrés, llamado “fray Andrés del eremitorio”, vivió a principios del siglo XIV por algún tiempo en el convento de Borgo Sansepolcro. Sobre su ingreso en la Orden fray Miguel Poccianti –en su Crónica de la Orden de la bienaventurada Virgen María- nos narra que el año 1282, mientras se celebraba el capítulo general en Borgo Sansepolcro, san Felipe Benicio pronunció una homilía sobre el pasaje evangélico donde el Señor dice: Cualquiera de vosotros que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío (Lc 14, 33); un joven rico y gallardo, que estaba presente en el sermón, conmovido profundamente por las palabras del Santo y guiado por el Espíritu, al instante dejó a sus padres y todos sus bienes por Jesús y, poco después, pidió el habito de los Siervos. Aquel joven se llamaba Andrés, quien como otro Andrés del Evangelio, dejó su barca y sus redes para ir en pos de Cristo.
En la comunidad de Borgo, Andrés se
destacó como óptimo Siervo de la Virgen y perfecto discípulo de san Felipe;
mostró siempre un sentido espiritual de las cosas terrenas, a la cuales amaba en
Dios y por Dios; aunque era austero y duro consigo mismo, se manifestó
misericordioso y compasivo para con los demás; se le veía manso, humilde,
pacífico; imponía un yugo al odio y dominaba la ira; nunca se entregaba a la
ociosidad ni decía palabras inútiles.
Deseoso de penitencia y soledad, acostumbraba retirarse a una celda en un sitio apartado llamado Barrúcola, cerca de Borgo, especialmente desde cuando aquel eremitorio fue entregado pro el obispo de cittá di Castello a la comunidad de los Siervos en el año 1295. Entonces Andrés, elegido vicario del eremitorio, se atrajo a los ermitaños de aquella comarca y llegó a ser padre y guía espiritual, como se lee en la Crónica de fray Miguel Poccianti, quien sin duda utilizó fuentes muy antiguas. El beato Andrés con la santidad de vida y la enardecida elocuencia se ganó muchos discípulos, entre los que se cuenta el beato Bartolomé de Borgo Sansepolcro. Y se distinguió de tal modo por su prudencia y espíritu de consejo en el ejercicio del apostolado, que gracias, a él la Orden se extendió en las ciudades de Alejandría y Asti.
Advertido por inspiración divina de la proximidad de su muerte, mientras estaba en férvida oración, fray Andrés entregó su alma a Dios: era el año 1315. Todos e lloraron como llora un enfermo privado del médico, como gime un hijo ante la muerte de su padre , como un discípulo siente la pérdida del maestro.
Su cuerpo, reclamado por el pueblo, fue llevado por slos ermitaños a la iglesia de los Siervos en Borgo Sansepolcro en medio de una gran multitud de fieles. El culto al Beato Andrés que se le tributaba desde tiempo inmemorial, fue confirmado por el papa Pío VII en el año 1806.

(1 de Septiembre)
Juana de Florencia
vivió en el primer siglo de la Orden. desde su juventud, venciendo los
atractivos del
mundo y vistiendo el hábito de la Tercera Orden, se dedicó al
servicio de la Virgen con una vida casta y penitente. Algunas imágenes, de las
que no pocas son
significativas por su antigüedad y
autoridad, la representan entre los santos más ilustres de la Orden: a veces la
colocan al lado de san Felipe Benicio, o bien, la representan no sólo con un
lirio, sino también con un libro en la mano. El papa León XII confirmó su culto
en 1828.
Oración
Señor, Dios nuestro, que concediste a tu sierva, la beata Juana, la gracia de conservar la inocencia bautismal con una vida de continua austeridad, concédenos, por su intercesión, convertirnos con ánimo sincero a ti y servirte con un corazón limpio. Por Jesucristo nuestro Señor.
Beata María Magdalena de la Pasión Starace,
Virgen, Fundadora de las
Religiosas Compasionistas Siervas de María
Maddalena Starace nació el 5 de septiembre de 1845 en Castellammare de Stabia, Nápoles. El mismo día fue bautizado con el nombre de Constancia y fue consagrada por la madre al Virgo Virgen de los Dolores. Desde la adolescencia nutrió el deseo de hacerse religiosa, pero no pudo actuarlo por motivos de salud.
En el 1865 entró a formar parte de la Tercera Orden de los Siervos de María asumiendo el nombre de María Magdalena de la Pasión. Se dedicó enseguida a la asistencia de huérfanos y niñas abandonadas. En esta actividad se unieron algunas piadosas jóvenes; ellas constituyeron el primer núcleo del instituto de las religiosas Compasionistas Siervas de María, erigida canónicamente por obispo de la diócesis de Castellammare, Mons. Francesco Javier Petagna, el 27 de mayo de 1871. El 1° de noviembre de 1893, el instituto fue agregado a la Orden de los Siervos de María.
María Magdalena murió el 13 de diciembre de 1921. Fue beatificada el 15 de abril de 2007 por Benedetto XVI. Su cuerpo se venera en el Santuario dedicado al Sagrado Corazón y a la Virgen de los Dolores de Castellammare de Stabia.
ORACIÓN
Padre Santo, que has asociado a tu Hijo, por el sufrimiento y la pasión, por la salvación de los hombres, a la Sierva de María Magdalena Starace, ayúdanos, en nuestra debilidad y concédenos, por su intercesión, la gracia de que necesitamos para cantar siempre tus alabanza. Por Cristo nuestro Señor.
Del "Propio del Oficio de la Orden de los Siervos de Maria"
Constancia Starace, primera de seis hijos, enseguida después del bautismo, fue consagrada a la Virgen de los Dolores. Educada cristianamente, primero en casa, luego cerca de varios conventos, sintió pronto un viva inclinación por el claustro. A 12 años entró al convento pero solo dos años, por enfermedad, fue obligada a volver a la familia. A 15 años se comprometió a Dios con votos privados; a los 21 años, todavía como "monja en casa", recibió del Vicario diocesano Francesco Javier Petagna, el vestido de Terciaria de Sierva de María. Para la circunstancia asumió el nombre de María Magdalena de la Pasión. Desde hace tiempo se ocupaba en la instrucción y en la asistencia a las jóvenes, cuando su Obispo consiguió del padre de Magdalena Starace la donación de una casa para acoger a algunas huérfanas abandonadas, cuyo número creció en breve, tanto que Magdalena de la Pasión necesitó colaboradoras. También éstas consiguieron de vestir el hábito de Terciarias Siervas de María. El pequeño grupo fue erigido en comunidad religiosa, con superiora María Magdalena delia Pasión. Eso ocurrió en el año 1869, día del nacimiento de la futura Congregación de los Compasionistas Siervas de María.
En el rápido desarrollo de la obra encaminada por María Magdalena de la Pasión, tendrá decisiva influencia el Mons. Vincenzo Sarnelli. Obispo de Castellamare de Stabia, luego arzobispo de Nápoles y también él terciario Siervo de María. En el 1893, superadas no poco dificultades, la nueva Congregación fue agregada a la Orden de los Siervos de María. Murió el 13 de diciembre de 1921.
Ha dejado numerosos escritos: una autobiografía, conferencias, cartas circulares a las monjas, un espeso epistolario.
Numerosas gracias especiales se atribuyen a su intercesión. Sus restos mortales descansan en el santuario del Sagrado Corazón de Scanzano de Stabia. Domina el sarcófago la inscripción: "Vivió de humildad, de sacrificio. Su única gloria el ser Sierva de María."
Difusión del culto: el 7 de julio de 2003 a la presencia del San Padre Giovanni Paolo II ha sido firmado por el cardenal Giuseppe Saraiva Martins, Prefecto de la Congregación de las Causas de los San, el Decreto sobre la heroicidad de las virtudes de Madre Magdalena Starace. Es proclamada Beata el 15 de abril de 2007.

(6 de Septiembre)
Buenaventura nació en
la ciudad de Forlí en torno al año 1410. Entrando en la Orden, se aplicó al
estudio de la teología y obtuvo el grado de maestro. En la predicación dio
muestras de gran valor y sabiduría. Ocupó numerosos cargos en la Orden,
ejerciendo su
servicio con extrema prudencia. Llevó vida pnitente, amó la
soledad, promovió la observancia regular. Murió en Údine el año 1491. Su cuerpo
se conserva en la iglesia de santa María de las Gracias de aquella ciudad. El
papa Pío X confirmó su culto en 1911.
Oración
Te suplicamos, Señor, que el ejemplo del beato Buenaventura y la predicación del Evangelio, produzcan en nosotros un sincero dolor de los pecados y un firme propósito de conversión y penitencia. Por Jesucristo nuestro Señor.
Del "Propio del Oficio de la Orden de los Siervos de Maria"
Admirable por la eficacia de su
predicación y por su sanidad
Buenaventura nació en Forlí hacia el año
1410. Ingresó en la Orden de los Siervos de María en su ciudad natal, Termiando
el noviciado en el año 1448, fue enviado a Venecia, en donde pasó seis años
entregado al estudio de las ciencias sagradas, obteniendo el grado de maestro.
En el convento de Venecia convivió probablemente con el beato Bartolomé, hombre
de gran santidad, que conjugaba en su persona el amor a la soledad con el fervor
de la predicación evangélica.

Buenaventura se dedicó intensamente a la predicación. En efecto, consta por varios documentos que predicó innumerables sermones, principalmente cuaresmales, en Venecia, Florencia, Bolonia, Brescia y Perusa, con una asistencia masiva de fieles. Era considerado como un imitador de san Pablo. Pues –como refiere fray Felipe Albrizzi en su obra titulada Institución de la Congregación de los frailes Observantes Siervos de santa María- era, como el Apóstol, “admirable por la eficacia de su predicación y por su santidad”. Es digna de recuerdo su predicción en Perusa, cuando una gravísima epidemia afligía la ciudad; con sus palabras logró que los habitantes impetraran la ayuda de Dios con la oración y la penitencia y que, además se esforzaran en socorrer a los pobres y enfermos. Su fama de predicador creció de tal manera que el papa Sixto IV le dio facultades para predicar en cualquier sitio como predicador apostólico.
Desempeñó varios cargos en la Orden; por gestiones suyas pasaron a la Orden el convento de Forlimpópoli Forlí( y, en 1488, el de santa María del Paraíso, en Clusone (Bérgamo).
En aquel entonces, movido por el deseo
de entregarse plenamente a la penitencia y la contemplación, Buenaventura pidió
permiso al papa Sixto IV para hacer vida eremítica. En el año 1483, el sumo
pontífice accedió a su petición, y le permitió retirarse a un lugar solitario
junto con seis compañeros. No sabemos el lugar preciso en donde se retiró
Buenaventura, pero, por algunos documentos del siglo XVII, puede conjeturarse
que pasó algún tiempo en el eremitorio de Monte Senario. Poco después, obligado
por la caridad o la obediencia, volvió a la vida conventual. Nombrado prior de
la provincia romañola, ejerció este cargo con gran prudencia y promovió la
observancia de la disciplina regular.
Fray Antonio Alabanti, prior general, abrigó el propósito de restablecer en la Orden una disciplina más rigurosa, para lo cual se valió del consejo y la ayuda de Buenaventura. Fue también este hombre de Dios quien, al surgir serios descontentos entre la Congregación de la Observancia y el prior general, trabajó por restablecer la paz y la concordia. Al año siguiente, en el capítulo de la Congregación de la Observancia, fue elegido vicario general, cargo en el que fue confirmado poco después por el capítulo general de la Orden.
Algunos escritores de nuestra Orden, quienes conocieron la beato Buenaventura, nos describen su amor a la penitencia y a la soledad. Fray Felipe Albrizzi escribe: “Era muy bajo de estatura y de constitución endeble, de mediana cultura. Era religioso de gran santidad, llevaba una barba inculta; soportaba el calor del verano, el frío y las heladas del invierno, sin que se le viera nunca calzado; tanto es así que más de una vez salía sangre de sus pies agrietados. Vestía muy pobremente, nunca comía carne ni bebía vino, dormía sobre el duro suelo o, a veces, sobre unas tablas; practicaba en fin, todas las mortificaciones que él consideraba necesarias para dominar su cuerpo. Con su oración alcanzó de Dios varios milagros, incluso en vida”. Esto mismo, más o menos, es lo que escribió también sobre él fray Gasparino Borro en elegantes versos.
El año 1491, cuando Buenaventura se hallaba en Údine predicando los sermones cuaresmales en la iglesia catedral, cayó enfermo a consecuencia de su avanzada edad y austeridad de vida, muriendo el jueves santo de ese año.
Su cuerpo recibió sepultura en la iglesia de santa María de las Gracias. Andrés Loredán, legado de la república de Venecia en Údine, cayo gravemente enfermo y acudió a la intercesión del beato Buenaventura. Una vez curado, cuando en el año 1509, terminado su mandato, regresó a Venecia, en señal de gratitud hizo trasladar el cuerpo del Beato a Venecia, a la iglesia de los Siervos de María.
El año 1911 la Sagrada Congregación de Ritos ratificó el culto que ya desde tiempo inmemorial se tributaba a Buenaventura. Después de varias vicisitudes, sus restos fueron trasladados de nuevo, en 1968, a la iglesia de santa María de las Gracias de Údine.
(3 de Octubre)
Beatificada en la plaza de San Pedro en Roma por Juan Pablo II el 11 de marzo
del 2001, es la primera mártir de la Familia de los Siervos y Siervas de
María.
Postulador de la Causa de beatificación el Siervo de María fr. Tito M. Sartori. María Guadalupe Ricart Olmos fue en efecto asesinada, en el periodo de la guerra civil española, en Silla provincia de Valencia, el 2 de octubre de 1936.
Nació en Albal, a nueve kilómetros de Valencia, el 23 de febrero de 1881, a los quince años entró en el monasterio de las claustrales Siervas de María Pie de la Cruz en Mislata (Valencia) y tomo el nombre de María Guadalupe.
Monja profesa, cubrió el cargo de priora del monasterio. El arresto de la sor María Guadalupe no tuvo lugar en el monasterio, sino en la casa de la hermana Filomena donde se había reparado en el momento más difícil de la guerra civil española.
Aprendida de la casa hacia las dos de la noche del 2 de octubre de 1936, es asesinada cerda de dos horas más tarde en un lugar llamado Sario, en el límite entre Picasent e Silla, en el camino provincial para Madrid.
De la Beata se señalan la breve y actualizada biografía: P. Tito M. Sartori, OSM, El amor ensangrentado. El martirio de sor María Guadalupe Ricart Olmos de la II Orden de los Siervos de María (23/02/1881- 2/10/1936). Postulación generale, Roma 1999, 73 p.
Del "Propio del Oficio de la Orden de los Siervos de Maria"
Fiel a su Dios hasta la muerte
María Guadalupe Ricart Olmos nació a Albal (Valencia) el 23 de febrero de 1881 de piadosos padres, Francesco Ricart y María Olmos, modestos campesinos. En el bautismo recibió el nombre de María Francisca. A los cuatro años quedó huérfana del padre; tuvo sin embargo, una infancia y una adolescencia serena, en el que manifestó los rasgos esenciales que habrían distinguido sucesivamente su carácter, también de religiosa: desenvoltura, viveza, espíritu de iniciativa, unidos a la capacidad de dominio de si y a una sobresaliente aptitud a la concentración. A los once años, con ocasión de la primera comunión, a la pregunta del párroco, don Vicente Pastor, si alguien de los hacían la comunión fuera dispuesto a encomendarse a Dios para ser toda suya, contestó rápidamente: Yo lo quiero ". Bien pronto María Francisca enseñó la voluntad de consagrarse a Dios, apoyada en eso por la madre y los hermanos menor Antonio y Filomena, pero contrastada resistentemente por el hermano mayor José.
EL 11 de junio 1896 María Francisca fue acogida como postulante en el monasterio de las monjas Siervas de María al Pie de la Cruz de Valencia. A una persona desconocida que, a la entrada, expresó la duda que la joven quinceañera hubiera sido atraída en aquel lugar con engaño, contestó decididamente: Sé muy bien lo que estoy haciendo, porque me llama a Jesús ". María Francisca, llegó a ser sor María Guadalupe, emitió los votos perpetuos el 19 de junio de 1900.
En el monasterio ella ejerció sucesivamente varios cargos: fue lavandera, maestra de las novicias, priora. En su vida claustral no se notan hechos extraordinarios, pero una sencillez y una fidelidad absoluta y la rapidez de transmitirles a las hermanas, sobre todo a las más jóvenes, los valores propios de la vida contemplativa: observancia perfecta, cuidado de la alabanza divina", disponibilidad y caridad, espíritu de penitencia. Apegada a la espiritualidad servitana, programó su vida sobre la continua meditación de la Pasión de Cristo y los Dolores del beata Virgen.
En los primeros años de los trastornos políticos que llevaron a la guerra civil española, demostró de estar lista a ofrecer la misma vida por Cristo, también con el martirio; animando a las novicias a tener siempre mayor fervor, a menudo decía: Ofrezcámonos como víctimas ".
En el 1936 fue obligada por la irrupción de las milicias llamadas "rojas" a dejar el monasterio junto con todas las hermanas de monasterio. Encontró refugio, por algún tiempo, en casa de sus parientes, luego en casa de la hermana Filomena, dónde siguió ofreciendo la misma vida de oración y trabajo por la conversión de los pecadores y por la conservación de la fe católica en España.
El 2 de octubre de 1936, a medianoche, cuatro milicianos armados irrumpieron en la vivienda de la hermana para una perquisición en busca de armas; sólo encontraron un escapulario de la Virgen del Carmen en la habitación de M. Guadalupe. Le preguntaron: ¿Es Usted monja? "; ella contestó impertérrita: Sí, lo soy, y si naciera mil veces, mil veces me haría monja, en el monasterio del Pie de la Cruz ". Enseguida los milicianos la agarraron, la arrastraron sobre un camión y la condujeron en campo abierto. Los que estuvieron presentes a la detención de María Guadalupe testimonian que ella siguió serena los verdugos, diciendo que se habría ofrecido como víctima por la restauración de la religión cristiana en España y por la vuelta en ella de los Siervos de María.
Durante el trayecto, María Guadalupe habló tranquilamente con los verdugos, diciendo que los perdonaba, porque le abrian las puertas del paraíso. Llegaron a las vecindades de la Torre de Espióca ", los milicianos la masacraron, por la única razón que era religiosa y soltera". De su cuerpo hicieron horrible estrago, como enseñan algunas fotografías realizadas por el médico forense, mandado para reconocer los cadáveres.
El cuerpo de María Guadalupe fue enterrado en una fosa común del cementerio de Silla (Valencia). Hacia el final de febrero del 1940, acabada la guerra civil, fue puesto en un nicho del mismo cementerio y de allí, algunos días después, fue transportado en el cementerio del monasterio. En el 1959, cuando las monas fueron trasladadas de Valencia a Mislata, los restos mortales de María Guadalupe fueron sepultadas solemnemente junto al altar mayor de la iglesia del nuevo monasterio.
El proceso de beatificación y canonización de María Guadalupe tuvo principio el 20 de junio de 1959. Su martirio fue reconocido con decreto del Sumo Pontífice a Giovanni Paolo II el 28 de junio de 1999.
(26 de Octubre)
Juan Ángel Porr nació en el ducado de Milán el año 1451.
Ingresó en la Orden y vivió primero en el convento milanés de santa María; más
tarde, fue trasladado a Florencia. Se retiró a Monte Senario, permaneciendo allí
casi veinte años, para dedicarse por completo a la
penitencia y a la
contemplación. Finalmente regresó a Milán, en donde se ocupó de manera especial
de la cristiana educación de los niños. Murió el 23 de octubre de 1505. El papa
Clemente XII lo proclamó Beato en 1737.
Oración
Interceda, Señor, por nosotros, el beato Juan Ángel, admirable por su empeño en promover la auténtica vida religiosa y en difundir la doctrina cristiana, a fin de que, fijo en ti nuestro corazón, perseveremos en una vida conforme al Evangelio y seamos inflamados de fervor apostólico. Por Jesucristo nuestro Señor.
Del "Propio del Oficio de la Orden de los Siervos de Maria" 
Modelo de vida en la contemplación y en el conocimiento de Dios
Juan Ángel nació en el ducado de Milán el año 1451. Era hijo de Protasio Porro y Frnacisca de Guanzate, muy buenos cristianos, y cuya familia era originaria de Barlassina, cerca de Seveso.
El año 1468, Juan Ángel vistió el hábito de os Siervos de María, y vivió unos cinco años en el convento de santa María, en Milán, Más tarde, según algunos escritores de la Orden, se retiró por un tiempo a la soledad en la región de Cavacurta, a la orilla derecha del río Adda, para entregarse a la contemplación y a la penitencia.
El año 1474 fue enviado a Florencia, al
convento de la Anunciación. Allí se dedicó de manera especial a la observancia
regular, y allí probablemente hizo los estudios requeridos y fue ordenado
presbítero. Durante este periodo, Juan Ángel concibió el propósito de retirarse
a la soledad para dedicarse únicamente a Dios. Subió, pues, al eremitorio de
Monte Senario, donde a principios del siglo XV algunos frailes con su trabajo y
su fervor habían restaurado la observancia primitiva y llevaban una vida
solitaria.
Este tipo de permanencia en Monte Senario fue de gran trascendencia para la vida y el progreso espiritual del beato Juan Ángel; tanto es así que le llamaban a veces “Juan del Monte” y cuando, por razón de enfermedad o de obediencia tenía que abandonar Monte Senario, allí regresaba en cuanto podía.
El año 1484 fue llamado al convento de Florencia por fray Antonio Alabanti, prior de aquel lugar, para desempeñar el cargo de maestro de novicios, para los que había escrito, según se cree, unos “saludables consejos”. Tres años después, con el beneplácito de los ermitaños, fray Antonio Alabanti, que entre tanto había sido elegido prior general, lo nombró rector del eremitorio de Monte Senario, cargo que ejerció sabia y santamente. El prior general, que tenía en gran aprecio la prudencia y santidad de Juan Ángel, recurrió también el más de una vez para la dirección del eremitorio de Chianti.
Al morir fray Antonio Alabanti, Juan
Ángel volvió a Milán, hacia el año 1495, y parece que fue elegido prior de aquel
convento. Tambén en medio del torbellino de aquella gran ciudad se esforó en
cultivar la soledad, que tanto amaba, pues, como cuenta fray Felipe Ferrari, su
biógrafo, “vivía en una celda… algo separada de los demás”. En este período
destaca un aspecto
singular de su vida: la dedicación a la catequesis de los
niños; en efecto, en la obra de Hipólito Porro titulada Orígenes y desarrollo
de la doctrina cristiana en Milán leemos: “todos los días festivos, a pesar
de su cargo de prior, reunía en la entrada de la iglesia o por las calles, a los
niños y los instruía en la doctrina cristiana”. Así lo atestigua un bajorrelieve
de mármol de mediados del siglo XVI, que representa al beato Juan ángel
adoctrinando a los niños en la iglesia.
Juan Ángel murió santamente el día 23 de
octubre del año 105, en el convento de Milán, llorando por los frailes y por el
pueblo.
En el beato Juan Ángel encontramos el modelo y ejemplo de una vida centrada en la contemplación y en el conocimiento de Dios, que constituye un valor permanente para nuestra Orden. Tuvo, en efecto, un gran amor a la oración y al silencio. Por eso buscaba siempre la soledad, evitando las conversaciones inútiles, para dedicarse de modo exclusivo al trato e intimidad con Dios. Con frecuencia, sin embargo la caridad para con sus hermanos prevalecía sobre su amor a la soledad. Amó mucho a nuestra Orden y a cada uno de sus miembros, por quienes tuvo siempre una fraternal solicitud. Aunque era delicado de constitución se mortificaba continuamente. Practicó de modo admirable la pobreza y la sencillez de vida. Tuvo una gran veneración a nuestra Señora y compuso en su honor una oración que rezaba cada día ante su imagen.
Fue beatificado por el papa Clemente XII en el año 1737. Su cuerpo, casi incorrupto, se guarda con gran veneración en la iglesia de san Carlos, llamada en otro tiempo de santa María de los Siervos. Existe una antigua y piadosa tradición según la cual los niños enfermos son llevados al sepulcro del beato Juan Ángel para ser curados por su intercesión.

Beato Jerónimo de la ciudad de "Sant'Angelo in Vado"
(10 de Diciembre)
Jerónimo nació a principios del siglo XV en la ciudad de "Sant'Angelo
in Vado". A temprana edad vistió el hábito de los Siervos de María en el
convento de su ciudad natal, del que, por breve tiempo, debió ausentarse para
llevar a cabo sus estudios. Ordenado
sacerdote, regresó a su convento. Se
distinguió por el amor a la soledad y al silencio, por el espíritu de
contemplación, por el don de consejo y de prudencia. Murió en torno al 1468. El
papa Pío VI aprobó su culto en el año 1775.
Oración
Interceda, Señor, por nosotros el beato Jerónimo, a quien tu llenaste de admirables dones del Espíritu Santo, a fin de que, llenos de la sabiduría de Cristo, actuemos en todas las circunstancias de la vida con prudencia y madurez de juicio. Por Jesucristo nuestro Señor.
Del "Propio del Oficio de la Orden de los Siervos de Maria"
Jerónimo nació a principios del siglo XV en la ciudad de
Sant'Angelo in Vado, en la región de Umbría, y tuvo unos padres profundamente
cristianos que lo
educaron en el amor de Dios y de su ley. Al llegar a la
adolescencia, vistió el hábito de los Siervos de María en el convento de su
ciudad natal, del cual debió ausentarse por algún tiempo a causa de sus
estudios. Se aplicó al estudio de la filosofía y de las ciencias sagradas, hasta
conseguir el grado de bachiller. Una vez ordenado sacerdote, volvió a su
convento, donde abrazó una vida de gran austeridad: se entregó con ardor a la
práctica de la penitencia y a la contemplación de las cosas divinas, en el
silencio y en la soledad, sin abandonar por ello las obligaciones de la vida en
común ni las obras de cariad.
Mientras vivía en Sant'Angelo desempeñó el cargo de vicario de la provincia romana. Entorno al año 1450, fue fundado un monasterio femenino, adscrito a la Orden de los Siervos de María y dedicado a santa María de las Gracias; en él vivió y se distinguió por sus virtudes la beata Victoria, su conciudadana. El beato Jerónimo, lleno de celo pastoral, se preocupo también por el bien de la gente; y así, entre las demás tareas del ministerio, se destacó como un experto consejero, a tal punto que el duque Federico de Urbino le tenía en gran estima y le pedía consejo en asuntos importantes, aunque el hombre de Dios, deseoso únicamente de entregarse al Señor, procuraba evitar los honores y el trato frecuente con la corte.
Murió hacia el año 1468. Muy pronto una gran multitud de fieles empezó a acudir a su sepulcro para implorar su intercesión ante Dios. Poco después de su muerte, al crecer la fama de sus milagros, la voz popular lo honró con el título de Beato. Su cuerpo se conserva, casi incorrupto, bajo el altar mayo de la iglesia de los Siervos de Maria, donde es honrado co gran afluencia y veneración de los fieles. El papa Pío VI aprobó su culto en el año 1775.
(15 de Diciembre)
Buenaventura nació en Pistoya hacia el año de 1250. Impulsado por las palabras y el ejemplo de san Felipe Benicio a vivir una vida más santa, ingresó en la Orden de los Siervos y fue ordenado sacerdote. Como prior de varios conventos, manifestó excelentes dotes de saiduría y de humanidad. Durante el priorato en Montepulciano recibió la profesión de santa Inés, nativa de aquella ciudad, y la asistió en la fundación de su monasterio. Buenaventura murió en Orvieto hacia el año 1315. Pío VII confirmó su culto en 1822. Su cuerpo se venera en Pistoya, en nuestra iglesia de la Anunciación.
Infunde, Señor, en nosotros el don del consejo y la virtud de la prudencia, que resplandecieron en el beato Buenaventura, padre solícito y guía espiritual de muchos hermanos y hermanas consagrados a tu divino servicio. Por Jesucristo nuestro Señor.
Del "Propio del Oficio de la Orden de los Siervos de Maria"
Nunca hizo o dijo nada que no fuera agradable a Dios y provechoso a los hombres
Buenaventura nació en la ciudad de
Pistoya a mediados del siglo XIII. Según la tradición, las circunstancias en que
ingresó en la Orden de los Siervos de María fueron estas: el año 1276, cuando
tenía lugar el capítulo general en Pistoya, el bienaventurado padre san Felipe,
viendo que los habitantes de aquella ciudad estaban divididos entre sí por
fuertes discordias y rivalidades, los exhortó públicamente a que se
reconciliaran con Dios y entre ellos. Cierto jóvenes, jefe de la facción de los
gibelinos, movido a penitencia por las palabras del hombre de Dios, pidió al
bienaventurado Felipe que lo admitiera en la Orden. Habiéndolo obtenido, se le
impuso el nombre de Buenaventura, por expreso deseo suyo. Así lo refiere fray
Miguel Poccianti en su obra titulada Crónica de la Orden de la bienaventurada
Virgen María, en el cual dice textualmente_ “Muchos, conmovidos por las
palabras del bienaventurado Felipe, se reconciliaron con el Señor, repartieron
sus bienes entre los pobres, dejaron a sus padres y tomaron
por padre a Felipe,
bajo cuya bandera determinaron servir a la Virgen en la pobreza Entre ellos s
hallaba un cierto jefe de la facción de los gibelinos, el cual, al terminar el
sermón, acudió en seguida san Felipe, le pidió humildemente ser recibido en la
Orden de los Siervos, con el propósito de hacer; con la ayuda de Dios,
penitencia de sus pecados. El bondadoso padre accedió a la petición de aquel
hombre, tan cruel hasta entonces, y le mandó que antes pidiera perdón a cada uno
de sus enemigos y le impuso la obligación de restituir cuatro veces más a los
que hubiera defraudado. Después de que se hubo sometido de buen a gana, con gran
admiración de todos, a este precepto evangélico, finalmente, guardadas las
debidas diligencias, paso a formar parte de la Orden de los Siervos”.
No obstante el autor de la Crónica no indique en qué fuentes se basa su narración, ya que tenía la costumbre de amplificar los hechos que narraba, los historiadores de la Orden, incluso los más recientes, admiten su veracidad y opinan que la “conversión de Buenaventura”, como llaman, tiene mucho de verídico.
San Felipe tuvo con él un trato familiar y, cuando el año 1285 acudió a Perusa donde entonces residía el papa Martín IV, para tratar con él de la continuidad y aprobación de nuestra Orden, quiso que fray Buenaventura lo acompañara.
En los años que siguieron, fray Buenaventura, que se había mostrado hombre previsor y prudente, ejerció el cargo de prior en los conventos de Bolonia y de Pistoya, y gobernó por algunos años la provincia romana. Es digno de especial recuerdo el tiempo e que fue prior del convento de Montepulciano no ´solo por el gran número de hombres y mujeres que acudía a escuchar sus sermones, muchos de los cuales recibieron de sus manos el habito de la Orden, sino también porque en el año 1306, por delegación del obispo de Arezzo, Hildebrando, colocó la primera piedra de la iglesia erigida en honor de santa María por santa Inés, originaria de aquella ciudad; dirigió la edificación del monasterio, hizo entrega del velo a Inés y seis hermanas, y recibió su profesión bajo la regla de san Agustín. Confirmó la elección de Inés como abadesa y la ayudó con sus consejos en la dirección del monasterio.
Murió en Orvieto hacia el año 1315, y al poco tiempo comenzó a esparcirse la fama de sus milagros. El papa Pío VII aprobó su culto en 1833. En el año 1915, al cumplirse el sexto centenario de su muerte, el cuerpo del beato Buenaventura fue trasladado a Pistoya, en donde es venerado en la iglesia de los Siervos.