ORDEN DE LOS FRAILES SIERVOS DE SANTA MARÍA

 

LLAMADOS A SER SANTOS E INMACULADOS EN EL AMOR

 

Carta del Prior General

Fr. Ángel M. Ruiz Garnica

en ocasión del CL aniversario

de la definición del dogma de la Inmaculada

   

Curia general OSM – 2004

 Derechos reservados

Traducción fr. Ángel M. Camarillo osm


 

INDICE

 

I. EN EL SURCO DE LA TRADICIÓN

 

II. EL ICONO DE LA INMACULADA:

PAUTAS DE TEOLOGIA, ESPIRITUALIDAD

Y COMPROMISO ECLESIAL

 

Un evento de salvación

La Inmaculada signo de victoria

Inmaculada porque futura madre de Cristo

Primicia de la redención

Prototipo de la Iglesia esposa

La Inmaculada signo fuerte de la presencia santificadora del Espíritu

La Inmaculada, Mujer de la Alianza

La Inmaculada, Mujer resplandeciente de belleza

Estudios de índole histórico y teológico

La Virgen Inmaculada y la división de los discípulos del Señor

Aportación de las artes a la teología de la Inmaculada.

 

 

 

III. DE LA CONTEMPLACIÓN DE LA INMACULADA

UN IMPULSO HACIA EL FUTURO.

 

Hacia la santidad y la libertad

Hacia el perenne acción de gracias

 


 

CURIA GENERAL DE LOS FRAILES SIERVOS DE MARÍA

 

Prot. n. 650/04

 

A los frailes de la Orden

A los miembros de la Familia de los Siervos

A los docentes y estudiantes de los centros académicos OSM

 

I. EN EL SURCO DE LA TRADICIÓN

 

 

1. La mañana del 8 de diciembre de 1854 Pío IX definió el dogma de la Inmaculada Concepción de la Madre del Señor. Por eso el 8 de diciembre del 2004 celebra el ciento cincuenta aniversario de aquel esperado acontecimiento, que fue acogido con gozo en el mundo católico y en la Orden, y puso fin a una controversia doctrinal, que se prolongaba desde el tiempo de san Agustín († 430) y veía opositores entre teólogos y universidades, naciones y familias religiosas.

El 20 de noviembre de 1847, el Prior general de la Orden, fray Cayetano M. Bensi († 1863), dirigió a Pío IX una ferviente y documentada súplica para que «se dignara proceder a la definición dogmática de la Concepción de la bienaventurada Virgen María».[1] El 17 de agosto de 1849, un humilde fraile, hombre concreto, al cuidado de una pequeña parroquia marinera, expresaba al Vicario general capitular de la diócesis de Luca, su parecer sobre la cuestión de la definibilidad dogmática de la Inmaculada Concepción de María: «oído el sentimiento de mis co-religiosos sacerdotes y demás sacerdotes (…) son del parecer y sostengo que María Virgen haya sido preservada de la mancha original también desde el primer instante de su concepción; (…). De mi sentimiento son todos los susodichos sacerdotes por mi consultados y también mi pueblo honora a María en creerla Inmaculada, y todos unánimemente deseamos que el Santo Padre adorne de este friso la Reina del cielo y lo proponga para ser creído por toda la santa Iglesia católica».[2] Aquel fraile era san Antonio María Pucci († 1892).

 

Un hecho particular significativo de grande estima de Pío IX para la Orden y para fray Albuino M. Patscheider († 1881), fraile de gran cultura y vida ejemplar, fue su nombramiento, el 2 de enero de 1953, en “Consultor y Redactor de las actas» de la Especial Comisión, que debería preparar el documento para la definición dogmática de la inmaculada concepción de María.[3] Aquel mismo año, empero, fray Albuino fue elegido Prior general, por el cual, desgraciadamente, no pudo desarrollar plenamente el cargo de Consultor de la Comisión Especial.

 

Decía que la Orden acogió con gozo la definición dogmática de Pío IX. En 1904 vivió también con atención y compromiso la celebración del cincuentenario aniversario. En esa época era Obispo de Roma san Pío X († 1914) y Prior general fray Pellegrino M. Stagni († 1918). Él, que había sido Secretario del «Congreso Mariano Mundial» (30 de noviembre – 4 diciembre 1904), conmemorativo de la definición de la Inmaculada,[4] el 12 de mayo de 1904, envió una carta «a todos los hermanos y hermanas de nuestra Orden» exhortándolos a conmemorar con varias iniciativas tal aniversario.

 

Stagni proponía tres tipos de iniciativas: el primero cultual, existencial el segundo y cultural el tercero. Entre las iniciativas cultuales: la celebración cada mes de la misa de la Inmaculada, una particular solemnización de la fiesta del 8 de diciembre de 1904, en el cual no faltaría un discurso en alabanza (sermo in laudibus) de la concepción sin mancha de María. La divulgación de los contenidos de la encíclica ad diem illum (2 de febrero de 1903) de san Pío X; entre las iniciativas existenciales: la imitación de las virtudes de nuestra Señora y la observancia de los mandamientos de Cristo, su Hijo; entre las culturales: una mayor atención a la figura de la Virgen en la exposición de las varias disciplinas teológicas, la organización de discusiones académicas entre los estudiantes, la invitación a cimentarse en la redacción de tratados que exigen un cierto compromiso literario, y composiciones poéticas (carmina) en honor de la Inmaculada.

 

El 8 de septiembre de 1953, Pío XII publicó la encíclica Fulgens corona, con la cual deseaba conmemorar el primer centenario de la definición dogmática (1854 – 8 de diciembre – 1954). En la carta el papa Pacelli profundizaba algunos aspectos de la doctrina sobre la concepción de María sin la mancha de la culpa original y convocaba a un Año Mariano, el primero de la historia, en el cual las Iglesias locales deberían promover varias iniciativas para celebrar adecuadamente el aniversario centenario.

 

En aquel tiempo era Prior general fray Alfonso M. Montà († 1982). El 16 de noviembre de 1953 él escribió una amplia carta a toda la Orden exhortando a los frailes, a las hermanas y laicos a hacer propias las sugerencias de la encíclica de Pío XII y a programar con mucha atención la celebración del Año Mariano en honor de la Inmaculada.[5]

 

En 1954, contemporáneamente con la celebración del centenario de la definición dogmática (8 de diciembre de 1854), el p. Gabriele M. Roschini, Decano del “Marianum, publicó un amplio estudio sobre Los Siervos de María y la Inmaculada,[6] y el p. Alessio M. Rossi, Analista de la Orden, tuvo una relación en el Congreso Mariológico Internacional de Roma (24-28 de octubre de 1954) sobre El culto de la Inmaculada en los Siervos de María.[7] Se trata de dos estudios de valor. Los invito a leerlos, seguro que permanecerán sorprendidos constatando cómo toda la Orden sin excepción alguna, a través de sus Priores generales, teólogos, poetas y artistas, en cada momento de su historia hayan sostenido la doctrina de la inmaculada concepción de la bienaventurada Virgen.[8]

 

En este año del Señor 2004, celebramos el CL aniversario de la definición. Después de haber consultado el Consejo general y el Consejo de Presidencia de la Pontificia Facultad Teológica «Marianum», he considerado que también yo como Prior general de la Orden y Presidente de la Unión Internacional de la Familia de los Siervos, escribir una carta sobre el acontecimiento de gracia y salvación, que fue la concepción inmaculada de María, anunciador del «evento Cristo”. Mi escrito se articulará en tres puntos: 1. En el surco de la tradición; 2. El Icono de la Inmaculada; pistas de teología, espiritualidad y compromiso eclesial; 3. De la contemplación de la Inmaculada un impulso hacia el futuro.

 

 

 

 

II. EL ICONO DE LA INMACULADA:

PISTAS DE TEOLOGIA, ESPIRITUALIDAD

Y COMPROMISO ECLESIAL

 

2. En esta sección, teniendo también presentes las aportaciones de los Siervos de María, del 1954 al 2004 pretendo presentar sintéticamente la hodierna reflexión teológica sobre el dogma de la Inmaculada. Sin embargo, considero un deber pararme con gran veneración en la palabra misma con la cual el beato Pío IX, asistido por el Espíritu definió ex cathedra la concepción inmaculada de la Madre de Jesús:

 

 « declaramos, afirmamos y definimos que ha sido revelada por Dios, y de consiguiente, qué debe ser creída firme y constantemente por todos los fieles, la doctrina que sostiene que la santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, salvador del género humano».[9]

 

El mismo amor sin embargo por el texto definitorio nos lleva a reconsiderarlo con mucha atención a la luz de las palabras pronunciadas por Juan XXIII en el discurso de apertura del Concilio ecuménico Vaticano II:

 

«Otra cosa es en efecto el depósito mismo de la fe, es decir, las verdades contenidos en nuestra doctrina, y otra cosa es la forma (modus) con los cuales son enunciados, conservando en ellos sin embargo, el mismo sentido y la misma importancia»[10]

 

No con mucha diferencia aparece la observación de la Comisión teológica internacional (octubre de 1989), según la cual:

 

«Una época no puede regresar más acá de lo que ha sido formulado en el dogma por el Espíritu Santo como llave de lectura de la Escritura. Ello no excluye que en una época posterior aparezcan puntos de vista nuevos y nuevas formulaciones»[11]

 

Nuestros teólogos, poetas, artistas, evangelizadores y catequistas son frailes y religiosas que, en referencia a la fórmula definitoria del 8 de diciembre de 1854, pertenecen efectivamente a «una época posterior» y se siente comprometidos en profundizar los «puntos de vista nuevos» y a buscar «nuevas formulaciones». Tarea muy difícil.

 

Un evento de salvación

 

3. La categoría con la cual la teología contemporánea considera el dogma de la inmaculada concepción de María no es aquella del privilegio sino en la más amplia y vasta del factum salutis. En cuanto tal, el evento de salvación tiene un Autor divino, una colocación precisa en la historia de la salvación, con un prisma que lo anuncia, un después que prolonga el significado, una estructura de gracia – el memorial litúrgico- que lo actualiza in mysterio y lo hace contemporáneo a cada discípulo de Cristo.

Pero en este punto surge espontánea la pregunta: ¿cuál intervención divina celebra la liturgia del 8 de diciembre? Sin duda una intervención de gracia realizada por Dios Padre, por el Hijo salvador y por el Espíritu en vista de la encarnación redentora del Verbo, que debería tener lugar en la plenitudo temporis: «… cuando vino la plenitud del tiempo, Dios mandó a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para que recibiéramos la adopción a hijos» (Gal 4, 4-5).

 

La inmaculada concepción de María fue don del Padre, del Hijo y del Espíritu, fruto de la sola gracia. Fue intervención trinitaria potente y sabia, de excepcional grandeza y de carácter universal. La Iglesia lo celebra siguiendo dos líneas diferentes, que tienen, sin embargo, varios puntos de contacto: la primera sigue la metáfora de la lucha entre Dios y el Enemigo del género humano, y tiene como fondo la sentencia de Dios contra la Serpiente: «Yo pondré enemistad entre tu y la mujer, / entre tu descendencia / y la suya: / ella te herirá en la cabeza / pero tú sólo herirás su talón» (Gen 3, 15); el evento de la concepción inmaculada de María es un momento fuerte de la lucha entre Cristo, hijo de Dios y descendencia de la Mujer, y la Serpiente, mentirosa y homicida desde el principio (cf. Jn 8, 44): la segunda línea sigue la metáfora del brazo potente de Dios y tiene como fondo el episodio de la liberación del pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto a través del paso del Mar Rojo (cf. Ex 14-15): en la transposición del episodio desde el plano histórico al plano sobrenatural, la inmaculada concepción de la Virgen marca un momento relevante del proceso conducido por Dios para liberar a los hombres de la esclavitud del pecado.

 

En referencia a la intervención divina en la inmaculada concepción de María la liturgia usa expresiones e imágenes muy conocidas en la Biblia para celebrar las magnalia Dei en la historia de la salvación. La concepción sin mancha de la Virgen es vista: como el primer fulgor de la luz de Cristo resucitado, que resplandece en un mundo dominado por las tinieblas del pecado y de la muerte (cf. Lc 1, 79); como primera fuente de agua saludable (cf. Is 12, 3), brotada del corazón abierto del Salvador (cf. Jn 19, 34) para regar, purificar, para apagar la sed de una tierra-humanidad árida e infecunda; como el primer evento realizado de la gratia Christi, dependiente de la Pascua, potente y eficaz sin la cual no hay salvación (cf. Jn 15, 5; Hch 4, 12); como signo para la humanidad oprimida que la hora de la liberación esta cerca.

 

La Inmaculada signo de victoria

 

4. El evento de la inmaculada concepción de María se coloca en el ámbito de la lucha continua entre Cristo y Satanás. Esta, iniciada en el jardín del Edén, acabará cuando el Señor habrá aniquilado el último enemigo, la muerte, y habrá puesto todas las cosas «bajo sus pies» (1Cor 15, 27). Entonces «Dios será todo en todas las cosas» (Ibid., 28).

 

La intención original de Dios no era la de una humanidad decaída y pecadora, perdida y lejos de su Creador. No debería acontecer que el hombre muriera, «llevado –contra el proyecto de la divina misericordia- al pecado de la astucia y de la maldad del demonio» (Ineffabilis Deis, Proemio). La liturgia de la Inmaculada es celebración del actuar de Dios que, libremente y por pura gracia, plasma de nuevo una criatura (cf. LG 56) –la futura Madre del Salvador-, en el cual él vuelve a ver plenamente realizado, más bien hecho más perfecto, su designio originario.

 

Enemistad antigua, radical, entre la Serpiente y una Mujer, espera desde el alba de la humanidad, como incisivamente canta David M. Turoldo:

 

«Como amor te lleva a crear

así piedad, oh Señor, te mueve.

Esta es tu absoluta naturaleza:

aunque si justo, usar piedad.

 

¡No puedes querer que el hombre se pierda:

sólo a nosotros es ruina la culpa!

Más que tormenta lo desnuda y devasta.

y más esta desnudo más corres a cubrirlo.(…)

 

“Vendrá una mujer y será la fiel,

enemistad pondré entre las descendencias,

y tendrá la cabeza aplastada la serpiente” …

¡Dios, eterno es tu amor por nosotros!»[12]

 

La Inmaculada es signo de la victoria con la cual se concluye, relativamente a María, la lucha entre la Mujer y su descendencia y la Serpiente y su descendencia (cf. Gen 3, 15). El evento de la concepción inmaculada se refiere sin embargo a un brevísimo espacio de tiempo: el «primer instante» de la existencia de la Virgen, cuando ella, según la metáfora poética, era «apenas una perla de luz»,[13]realidad vital mínima, poco pero preciosa. La Inmaculada Concepción es y representa la victoria de la luz. La Iglesia ha colocado la solemnidad de la Inmaculada el 8 de diciembre, trece días antes del 21 de diciembre, el solsticio invernal, en el cual celebra la regeneración de la luz. Agudamente observa G. Vannucci:

 

«Mientras la tierra parecía sumida en la tinieblas y en hielo del primer caos, la solemnidad de la Inmaculada nos viene a recordar que más allá del espesor de la materia, de las tinieblas y confusas energías que la tejen, hay una luminosa e intacta concepción que, moviéndose por la mente divina, se ha densificado en la materia y ha tenido su perfecta manifestación en la figura humana de la Virgen, preelegida a generar el Sol eterno».[14]

 

El don de la concepción inmaculada no exime a María de las consecuencias del pecado original –la tentación, el dolor, la muerte…-. Su vida sin embargo, constantemente dirigida por la gracia, será un incesante victoria contra el mal. De la descendencia de Adán, Dios ha plasmado una criatura que es solo bondad; en ella la mirado no conoce la «concupiscencia de los ojos» (1Jn  2, 16), pero conserva la inocencia de la luz; la mano incapaz de golpear, capaz en cambio de sostener y acariciar; el corazón sin divisiones, todo orientado hacia el amor de Dios y de los hermanos y de las hermanas: en ella una virginidad sin lamentos, alegrada por el don de una maternidad prodigiosa; planta siempre verde que produce un fruto no envenenado por la serpiente, sino bendecido por Dios.

 

Inmaculada para ser la  futura madre de Cristo

 

5. La concepción inmaculada de María es –decía- don y signo del amor del Padre, del Hijo y del Espíritu. Las tres divinas Personas participan a elegir o mejor a crear (condere) la «digna Madre» del Verbo encarnado. En este aspecto la tradición litúrgica de Roma es explícita:

«Dios todopoderoso,

que por la Inmaculada Concepción de la Virgen María

preparaste una digna morada (dignum habitaculum)

para tu Hijo…»[15]

 

«… Tu has preservado a la Virgen María

de toda mancha del pecado original para que,

enriquecida con la plenitud de tu gracia,

fuese digna Madre (dignam Genetricem) de tu Hijo».[16]

 

En el Proemio de la Ineffabilis Deus, Pío IX hace depender la concepción inmaculada de María y la insondable abundancia de dones del cual fue colmada por la elegida que, desde toda la eternidad, hizo Dios para que fuese la Madre del Verbo encarnado:

 

«Dios eligió y señaló (…),desde el principio y antes de los tiempos, una Madre, para que su unigénito Hijo, hecho carne de ella, naciese, en la dichosa plenitud de los tiempos, y en tanto grado la amó por encima de todas las criaturas, que en sola ella se complació con señaladísima benevolencia. Por lo cual tan maravillosamente la colmó de la abundancia de todos los celestiales carismas, sacada del tesoro de la divinidad, muy por encima de todos los án­geles y santos, que Ella, absolutamente siempre libre de toda mancha de pecado y toda hermosa y perfecta, manifestase tal plenitud de inocencia y santidad, que no se concibe en modo alguno mayor después de Dios y nadie puede imaginar fuera de Dios».[17]

 

La gracia más grande que Dios Padre hizo a María no fue tanto la preservación de la culpa original cuanto la donación a ella del «unigénito su Hijo –de tal manera que él fuese, por naturaleza, Hijo único y común de Dios Padre y del Virgen».[18] La decisión del Padre involucra plenamente las personas del Hijo y del Espíritu: del Hijo, el cual en perfecta adhesión al designio salvador del Padre, «estableció hacerla su madre de manera sustancial»;[19] del Espíritu, que «desea y hace que de ella fuese concebido y naciera aquel, del cual de él mismo procede».[20]

 

La concepción inmaculada de María es pues, una intrínseca exigencia trinitaria. El pecado es la oposición más radical a la santidad de Dios. Dios –Padre, Hijo, Espíritu- y el pecado son incompatibles. En la encíclica Fulgens corona, publicada el 8 de septiembre de 1953, con ocasión del primer centenario de la definición, Pío XII insistió en esta radical incompatibilidad. No la luz de la libertad sino la tiniebla de la subordinación habría influenciado a María, si ella hubiese sido contaminada con la mancha hereditaria:

 

«Pero si la Santísima Virgen María, por estar manchada en el instante de su concepción por el pecado original, hubiera quedado privada de la divina gracia en algún momento, en este mismo, aunque brevísimo espacio de tiempo, no hubiera reinado entre ella y la serpiente aquella sempiterna enemistad de que se habla desde la tradición primitiva hasta la definición solemne de la Inmaculada Concepción, sino que más hubiera habido alguna servidumbre.»[21]

 

Frente a su obra -la concepción inmaculada de María-, aparentemente poco importante, Dios se ha incorporado, contemplando con alegría el inicio de la re-creación. La luz de la Inmaculada es su nuevo fiat lux (Gen 1, 3), pronunciado ahora por el Verbo, en el cual están la luz y la vida (cf. Jn 1, 4). El Hijo futuro envuelto de luz como un manto (cf. Sal 104, 2a) la futura Madre. “En la teofanía de la inmaculada concepción –escribe G.M. Vannucci- la creación ha sido nuevamente plasmada, reconstruida. En su seno la naturaleza humana ha vuelto a tomar su destino divino y a los hombres les ha sido restituido la facultad de ser «hijos de Dios».[22]

 

 

Primicia de la redención

 

6. La teología contemporánea prefiere la lectura de la concepción inmaculada de María en llave soteriológica y por lo tanto pascual. La Inmaculada no ha sido apartada del misterio de la redención universal obrada por Cristo Señor «especialmente por medio del misterio pascual de su bienaventurada pasión, resurrección de la muerte y gloriosa ascensión» (SC 5).

 

El Vaticano II en la Sacrosanctum Concilium afirma que la Iglesia «en María admira y exalta el fruto más excelso de la Redención» (SC 103) y en la Lumen Pentium que la Virgen ha sido «redimida de una manera sublime (sublimiore modo redempta) en vista de los méritos de su Hijo»(LG 53).

 

En el evento de la Concepción inmaculada se alarga, protectora, la sombra de la Cruz; el árbol del conocimiento del bien y del mal (cf. Gen 3, 15) se opone ya al misterio de Cristo crucificado, locura a los ojos del mundo, pero potencia y sabiduría de Dios para aquellos que son llamados (cf. 1Cor  1, 21-25). La vestidura cándida de la Inmaculada ha sido también lavada con la sangre del Cordero redentor (cf. Ap 7, 14).

 

Con la Concepción inmaculada la redención del género humano ha ya empezado, sea en el secreto absoluto y en la suma oscuridad de un seno de mujer. Esta ya lista la «raíz santa» que deberá genera a la Flor, Jesús.[23] Solo Dios sabe que la luz salvadora ha sido encendida y la gracia de Cristo esta ya operando. Lo sabe y se complace:

 

«Sobre ti la complacencia de Dios:

tu serás la alegría del Señor». [24]

 

En lo alto y oscuro silencio de la Concepción inmaculada, Dios, y solamente él, percibe, proveniente de lejos, la aurora de la nueva creación y el tintineo gozoso de campanas pascuales.

 

Prototipo de la Iglesia esposa

 

7. La dimensión cristológica de la inmaculada concepción de María ha sido revelada desde la antigüedad. En el siglo XX, el siglo de la Iglesia, ha sido enfatizada también su dimensión eclesial.

 

El Vaticano II trata en diferentes puntos sobre María inmaculada (cf. LG 53.55.56.59.65) pero no como un sujeto cerrado en si misma, sino mas bien, como un argumento que implica un discurso a largo alcance.

 

Fray Ermanno M. Toniolo resume en estos términos la enseñanza de la Lumen Pentium sobre la relación de comunión y vida entre la Virgen inmaculada y la Iglesia:

 

«María es la Iglesia en sus inicios; forma parte de la comunidad de los salvados, de la cual es la primera: Iglesia que en ella ha logrado su más alta perfección, sin sombra de algún pecado, Esposa de Cristo; pero unida siempre –como figura, ejemplo, auxilio- a la comunidad todavía peregrina que se esfuerza, destruyendo el pecado, lograr su última purificación».[25]

 

La liturgia post-conciliar ha acogido con gozo el significado de la Inmaculada en relación al mysterium Ecclesiae: ser el principio y la primera realización como Sposa Christi. En el prefacio la comunidad cultual glorifica a Dios porque:

 

«…imagen y comienzo de la Iglesia, que es esposa de Cristo, llena de juventud y de limpia hermosura».[26]

 

Belleza nupcial, agraciada. Belleza salvadora. Sin mancha, porque el pecado de los orígenes es suciedad. Sin arruga, porque el pecado es vejez, juventud inocente.

 

En 1863, nueve años después de la definición, Pío IX aprobó la nueva misa de la Inmaculada, en la cual aparece el célebre introito Gaudens gaudebo, adaptación de Isaías 61, 10 realizado por el p. Luis Marchesi, Lasallista:

 

«Con gozo intenso me gozaré en el Señor

y en mi Dios se alegrará mi alma,

pues me ha vestido una túnica de salvación

y me ha cubierto con un manto de inocencia,

como la novia se enjoya para su boda» (cf. Is 61, 10).

 

En el original hebreo, Isaías 61, 10 expresa la alegría de Jerusalén que, vencido el adversario que la afligía en el asedio, esta para ser la esposa de Yahvé. Cantado el 8 de diciembre, la antífona de entrada manifiesta la alegría de María, verdadera ciudad de Dios, ciudad esposa, por la predilección que el Señor ha mostrado en su beneficio. En el estudio de esta antífona nuestro profesor Bruno M. Maccagnan ha dedicado su tesis de laurea,[27] trabajo ejemplar, en el cual muestra como los temas enunciados en esta antífona –la alegría y la exultación, las «vestiduras de salvación», el «manto de la justicia», «la esposa adornada de joyas»- invaden toda la formulación.

 

En la hora Nona muchas comunidades de los Siervos y Siervas de María vuelven a escuchar Efesios  5, 25-27, versos que exaltan el infinito amor de Cristo que ha dado la vida para que la Iglesia fuera «Toda gloriosa, sin mancha ni arruga o algo semejante, pero santa e inmaculada». La expresión «Sin mancha ni arruga» ha inspirado una oración de David M. Turoldo, en la cual inspiración poética se vincula con el impulso sencillo:

 

«Mujer, oh Madre de Dios y del hombre,

Inmaculada concepción del mundo,

gota de luz escondida en cada flor,

santidad de las fuentes,

tierra que ama y adora,

tu la gloria del existir

de cada vida,

porque eres el seno de oro

en el cual Cristo ha unificado en sí

todas las cosas: en él, al cual todos

ahora estamos llamados a ser

humanidad sin mancha ni arruga

sino santa e inmaculada:

realización del sueño de Dios…

Amen».[28]

 

La Inmaculada signo fuerte de la presencia santificadora del Espíritu.

 

8. Los teólogos de nuestro tiempo defienden una lectura de la concepción inmaculada de María en llave pneumatológica. La razón es doble: porque, después de haber afirmado que la Concepción inmaculada es evento trinitario y después de haber puesto en relevancia las respectivas acciones del Padre y del Hijo, no es posible descuidar la eminente acción del Espíritu en la realización de ese evento; porque es imposible disociar la acción del Espíritu de santidad del evento constituyente de la santidad personal e inicial de la bienaventurada Virgen.

 

En la concepción inmaculada de María, el Espíritu Santo intervino. Descendió y actuó: interrumpió en ella la onda del pecado que revestía, contaminándolo a todo ser humano que se asoma a la vida, la llenó de superna gracia (cf. Lc 1, 28), imprimió en ella, como el divino iconógrafo, las líneas del corazón nuevo prometido desde los profetas (cf. Jr 31, 31; 32, 40; Ez 11, 19; 36, 25-26).

 

El Espíritu, que aleteaba sobre las aguas primordiales (cf. Gen 1, 2) para transformar el caos del abismo en ordenado cosmo, se libera ahora sobre el evento de gracia – la Concepción inmaculada-, de la cual parte la re-creación o el reordenamiento del plan divino.

 

María es figura eminente en la teología de la «nueva creación». La Lumen gentium, sintetizando el pensamiento de los primeros siglos, afirma que «en los Santos Padres invadió el uso de llamar a la Madre de Dios la toda santa, inmune de toda macha de pecado, del Espíritu Santo casi plasmada y hecha nueva criatura» (LG 56).

 

En el ámbito de esta teología, María es considerada el nuevo Edén, en la cual no existe ya el árbol de la ciencia del bien y del mal, ni la paradójica «Madre de los vivientes» (cf. Gen 3, 20) convertida en instrumento de muerte, ni la serpiente que se lanzó contra el talón de los hijos de Eva. En María-jardín brota más bien el Árbol de la vida y se reabren, para el regreso de los exiliados, las puertas del Paraíso.

 

En una meditación publicada en la revista Marianum se lee un párrafo, no falta alguna pista original, que da testimonio del pensamiento de la Redacción del periódico sobre temas tratados en este parágrafo:

 

«El evento de la concepción inmaculada es presencia escondida de Dios en el corazón puro de una criatura. Es semilla divina sembrada en los surcos de la historia de la salvación. Que brotará en la Bendita entre todas las mujeres (cf. Lc 1, 42). Es primicia de la “gracia de Cristo”, del hombre redimido “creado según Dios en la justicia y en la santidad verdadera” (Ef 4, 24), puerta del Testamento nuevo. Es momento de victoria sobre el enemigo del género humano, inicio del retorno del hombre y de la mujer al Jardín, primer designio de la “Iglesia, esposa de Cristo sin mancha y sin arruga, resplandeciente de belleza”.

 

El Espíritu se ha posado sobre la Virgen en el alba de su existencia. Ella no tendrá necesidad de signos santos, de “nacer del agua y del Espíritu” (cf. Jn 3, 5): su bautismo es la presencia del Espíritu en ella, en el íntimo de su ser. No tendrá necesidad que le impongan las manos para recibir el Espíritu como don: ha sido ya ungida por el Espíritu desde las raíces de su existencia».[29]

 

Fray Danilo M. Sartor, liturgista, docente durante varios años en el «Marianum» y en la Pontificia Universidad Urbaniana, en un riguroso comentario a la misa de la Inmaculada dice justamente:

 

«También para todos los fieles la liberación del pecado original es un hecho consumado: también en ellos, en virtud de la fe en la muerte-resurrección de Cristo y del signo del agua, el Espíritu ha hecho, liberándolos del pecado original, lo que realizó en María, preservándola de ello. La liberación bautismal es, en cierto sentido, modelada en aquel evento de gracia que fue la concepción virginal de la bienaventurada Virgen».[30]

 

Fr. Mario Masini, fraile de la Provincia Lombardo-Veneta, bíblico, uno de los mayores expertos en Italia sobre la Lectio divina, ha dedicado con el método propio de este tipo de acercamiento a la Palabra de Dios, una amplia lectio sobre textos bíblicos de la fiesta de la Inmaculada. De la meditatio (profundización), transcribo algunos textos que iluminan eficazmente la relación entre inmaculada concepción, vocación, misión:

 

«Como en la narración evangélica de la Anunciación, también en el misterio de la Inmaculada Concepción de María se expresa lo que es la vocación. Desde el primer instante de su existencia, cuando todavía era incapaz de un acto de conciencia y voluntad, María ha sido elegida y preparada por Dios para colaborar a su proyecto de encarnación y redención. (…)

La vocación y la destinación están marcadas por la elección, la iniciativa y la gracia de Dios, las cuales, como no suprimen la libertad, por lo tanto no dispensan a la persona humana del deber y compromiso de la colaboración. María ha sido elegida, preparada, hecha objeto de grandísima “gracia”,  y así ha respondido con disponibilidad, con la acogida y con el hacerse “sierva del Señor” al proyecto al cual Dios la llamaba. El ángel le había dicho: “Te saludo, o llena de gracia”. “Concebirás un hijo, lo dará a la luz y lo llamarás Jesús”. Y ella respondió: “Heme aquí, soy la sierva del Señor, se cumpla en mi lo que me has dicho”. La gracia de la Inmaculada Concepción no ha privado a María de su personal libertad: desde aquel momento en adelante ella ha seguido creciendo en sabiduría edad y gracia (cf. Lc 2, 52), manifestándose siempre más abierta y disponible a Dios y acogedora de sus proyectos. María enseña de esta forma al cristiano a acoger con generosidad y alegría aquellos dones de gracia que son las disposiciones de la Providencia divina, a hacerlas propias y a comprometerse en realizarlas. Al final el creyente descubrirá que todo lleva los signos del amor de Dios.

 

La vocación es siempre orientada a la misión, a la realización de la obra a la cual Dios llama y envía el llamado. (…) Los dones de gracia han sido hechos por el Padre a la Virgen en vistas del servicio que ella abría hecho Dios, a la Iglesia y al pueblo cristiano. Cada elección y llamada son dones de gracia, ciertamente asignados al destinatario, pero orientados a su misión. Así fue para María, así es para el cristiano, porque ningún don divino agota la propia finalidad al propio destinatario, es y ha sido dado a cada uno para que lo haga fructificar para el bien de todos. “A cada uno se le ha concedido una manifestación particular del Espíritu para utilidad común” (1Cor 12, 7). Esto enseña la Virgen Inmaculada, que aunque es destinataria de un don personal cuanto serán los demás»[31]

 

La Inmaculada, Mujer de la Alianza

 

9. Fray Arístide M. Serra, bíblico, ha dado en los últimos años una notable aportación a la teología de la Inmaculada, enmarcándola en el ámbito de la categoría bíblica de la Alianza. Dicha categoría es muy amplia, apta a unificar todo el mensaje del antiguo testamento y a iluminar los acontecimientos del nuevo testamento en lo que se refiere a la salvación obrada por Cristo.

 

Pío IX enfatiza que, según los Padre y los Escritores eclesiásticos, Dios y la santa Virgen fueron unidos por una alianza eterna:

 

«Ellos (…) afirmaron que la misma santísima Virgen fue por gracia limpia de toda mancha de pecado y libre de toda mácula de cuerpo, alma y entendimiento, y que siempre estuvo con Dios, y unida con Él con eterna alianza, y que nunca estuvo en las tinieblas, sino en la luz, y, de consiguiente, que fue aptísima morada para Cristo, no por disposición corporal, sino por la gracia original».[32]

 

La lectura del estudio del profesor Serra nos deja ver como Pío IX superó la objeción de entonces contra la doctrina de la concepción inmaculada de María: la Escritura no habla de la Inmaculada. La superación de la objeción fue posible cuando el papa Mastai-Ferretti, invocando la tradición eclesial, comprendió que la inteligencia profunda de la Biblia «no esta desconectada por la lectura que ha hecho la Iglesia. Tenemos por lo tanto “la Escritura  con la Tradición”».[33]

 

Tal lectura permite sobretodo saborear la pedagogía con la cual el Señor desvela gradualmente al pueblo de la Alianza su designio salvador. La Inmaculada forma parte ab eterno del «evento Cristo» cual madre suya y, por toda la eternidad, es el primer miembro de la Alianza. Como consecuencia la Inmaculada esta siempre presente en el pensamiento de Dios, ya que El realiza, en el tiempo, su proyecto de gracia y de amor.

 

Con gran erudición no separada del estupor por la benevolencia divina, el profesor Serra escribe:

 

«La concepción de María en el seno de su madre, acaecido sin sombra de pecado, es como el toque de perfección de la paidéia/educación con la cual Dios iba preparando Israel a acoger el Don supremo, el Hijo suyo Jesucristo (cf. Jn 3, 16). La “novedad” de tan grande Don –que fue más allá seguramente de toda previsión humana- explica la “novedad” de la Inmaculada. En vista precisamente de enviar a su Hijo en el mundo. Dios quería liberar a su pueblo del pecado para abrirlo más al amor. En resumen, El quería hacer de Israel una Esposa “toda bella, sin mancha alguna” (Cant 4, 7). La plenitud de gracia que poseía en el Verbo comportaba la plenitud de gracia de aquella que debería ser el arca viviente: ¡María, Hija de Sión!

 

De este proceso de purificación –que se extiende desde Adán a Abraham, y de Abraham a la virgen María (cf. Mt 1, 1-17; Lc 3, 23-38)- hablan en particular los profetas del post-exilio de babilonia. Su mensaje anuncia una “renovación prodigiosa” de Sión-Jerusalén; una renovación semejante a una “nueva creación” (Is 41, 17-20; 44, 1-5; 51, 3), a una “transformación” profunda del pueblo elegido y de cada uno de sus miembros. Bajo la guía de un nuevo David, pastor modelo y “retoño de justicia”, Dios realizará una “Alianza Nueva”  (Jr 31, 31), una “Alianza de paz” (Is 54, 10; Ez 34, 25; 37, 26), una “Alianza eterna” (Is 55, 3; 61, 8). En una palabra sintética, la santidad es una exigencia de la Alianza. La santidad de Dios, del Emmanuel “Dios con nosotros”, exige la santidad de Israel. Más se interioriza la Alianza y más Israel es santo: “Seréis santos porque yo soy santo dice el Señor” (Lv 19, 2). “Yo soy el Señor que santifico Israel, cuando mi santuario será para siempre en medio de ellos” (Ex 37, 27)».[34]

 

La belleza original de Adán y Eva antes del pecado era un reflejo de la belleza del Verbo eterno y de la Mujer que «Dios (…) desde el principio y antes de los siglos, eligió y preordenó a su Hijo» para que fuese la madre “en la cual se habría encarnado y de la cual después, en la feliz plenitud de los tiempos nacería” (Ineffabilis Deus, Proemio).

 

La realidad-símbolo de la Alianza es femenina, de índole nupcial, resplandeciente de una belleza total, gloriosa, alegre, fecunda. La figura de la Mujer elegida por Dios antes de los siglos se proyecta en todas la mujeres que, a lo largo de la historia, serán «mujeres de la Alianza»: Eva, Israel a los pies del Sinaí (cf. Ex 19-24), la Iglesia de Éfeso purificada por Cristo «por medio del baño del agua acompañado por la palabra, con el fin de comparecer frente a Iglesia toda gloriosa, sin mancha ni arruga o algo semejante, pero santa e inmaculada» (Ef 5, 25-27), toda la Iglesia en su fase escatológica, mujer «vestida de sol, con la luna bajo sus pies y en la cabeza una corona de doce estrellas» (Ap 12, 1), cual mujer ciudad-esposa, nueva Jerusalén, que «bajada del cielo, de Dios, engalanada como una novia que se adorna para su esposo» (cf. Ap 21, 2).

 

La Inmaculada, la Mujer resplandeciente de belleza

 

10. La Iglesia siempre ha sido atraída por lo fascinante del Cantar de los Cantares, una joya de la Biblia, de la cual A. Robert afirma: «No existe libro bíblico que haya ejercido en el ánimo cristiano un efecto de seducción comparable como el Cantar de los cantares».[35] El versículo 4, 7, con el cual el novio expresa su sorprendente amor por la Sunamita, abre la salmodia de las II Vísperas del 8 de diciembre:

 

«Tota pulcra es, María

Et macula originalis non est in te.»[36]

 

El canto del Tota pulcra se ha convertido en emblemático de la solemnidad del 8 de diciembre, en el campo litúrgico como popular. Los estudiosos investigan los tiempos, modalidades y motivaciones que han determinado el uso del Cantar de los Cantares 4, 7 para identificar (Tu es), de manera antonomasia. La Tota pulcra con la Tota sancta, la Inmaculada. Me parece, sin embargo, que se debe relevar que desde 1954 hasta hoy, nuestros estudiosos y nuestros artistas, «como enamorados de la belleza espiritual»,[37] han profundizado con competencia y experiencia el tema concerniente a María y la Belleza.

 

En un lúcido ensayo como prólogo al Laudario a la Virgen, David M. Turoldo, después de haberse demorado en la reflexión del versículo que con el ritmo de letanía considera las intervenciones creadoras de Dios- «Y Dio vio que era bueno-bello» (Gen 1, 3. 10. 12. 18. 21. 25. 31)-, concluye:

 

«Ahora se entiende aún más como la virgen pueda representar verdaderamente el camino de la belleza, el camino más seguro para llegar a Dios y al misterio de las cosas: ella madre de la belleza. La Virgen como la más grande manifestación –en la creación- de la acción de Dios; en orden a Cristo que será lo mismo “esplendor de la luz eterna”, el “candor sin mancha”, “la imagen sustancial del invisible Dios”. Como decir: el mar de la misma belleza.

 

La Virgen Madre, síntesis de la creación, signo de la plenitud de gracia; síntesis de la historia de Israel: la verdadera hija de Sión; figura y consumación del nuevo Israel, la iglesia. Belleza que se traduce en búsqueda y disposición de gracia, a través de la vida de oración y de invocación; vida que se hace culto, acto de amor».[38]

 

«Signo de la plenitud de gracia», ha escrito Turoldo en el ensayo. En una extraordinaria tercia, de versos libres, este signo se cambia en signo de plenitud de belleza:

 

«Virgen, oh naturaleza sagrada,

plenitud de belleza,

tu eres la isla de la esperanza».[39]

 

En la poesía mariana de Turoldo recurre raramente el término inmaculada. Parece que instintivamente lo sustituya con el equivalente, en nuestro caso, bellísima. En la introducción a su versión del Magnificat escribe:

 

«Era bellísima y luminosa como el alba, por la gracia que tenía en el corazón, por el amor que sentía por Dios y por todas las criaturas: un amor que la había llevado desde la infancia a ofrecerse toda al Señor, para que viniera finalmente al mundo aquel que debería salvar a la humanidad de toda maldad, aquel que liberaría al mundo del verdadero grande pecado».[40]

 

Para Turoldo, Jesús era el Hijo de la Bellísima:

 

«Se nos ha dado un niño, nos ha nacido un hijo,

de la Bellísima es el único hijo».[41]

 

11. En el volumen Ha hecho resplandecer la luz de fray Ermes M. Ronchi, escritor fino y de gran sensibilidad, aparece una homilía para la solemnidad de la Inmaculada. En esa fray Ermes propone algunos pensamientos, según mi opinión originales, sobre la fiesta de la Inmaculada como fiesta de la belleza sepultada en nosotros, en el hombre, cual «amado misterio de pecado y salvación»:

 

«La gracia es más fuerte. No tiene verdad el mal, es la antilógica, la antihistoria. Entonces el paraíso terrenal no ha sido completamente perdido; el jardín del Edén no esta solo en el pasado; no es solo nostalgia, sino espera, no es lamento, sino proyecto. Y no solamente en un futuro lejano: existe un presente donde los sueños no mueren en cada despertar, si no se realizan: es María, nuestro presente, la primera de los redimidos, la primera de los amantes.

 

En ella la creación toda es virgen de nuevo, en ella cada inicio florece por gracia, desde cuando no era mas que una perla de sangre y de luz, por gracia de un Dos que privilegia no el esfuerzo, sino el don. Lo que ha acontecido en María, primera célula de la humanidad finalmente lograda, sucederá en cada uno. La fiesta de la Inmaculada concepción es la fiesta de toda la belleza sepultada en nosotros, la imagen de Dios impresa en cada uno. Y toda nuestra existencia no es otra cosa que la fatiga tenaz y alegre de liberar la luz encerrada en nosotros por la mano viva del creador, cuando miró “ y vio que el hombre era cosa muy bella” (Gen 1, 31).

 

Fiesta del don de la gracia, de nuestras raíces y de nuestro futuro: las raíces de la humanidad son santas y nuestro futuro es una tierra sin veneno de muerte. Y nosotros en medio, a medirnos con la banalidad y la belleza, con la vida y la muerte, atraídos por la santidad y por el pecado. En esta fiesta, la alabanza a María, primera amiga de Dios, es reinsertarse en la armonía de los universos, en un abandono más dulce. Siguiendo la huella de ella. (…)

 

Entonces esta fiesta es memoria de los inicios y profecía de futuro. Y cada día desde el infinito un ángel viene a repetir lo que ha dicho entonces: “Se feliz, María”, Dios te llena la vida. Y a mi el ángel repite: “Salve, hombre! Salve, oh mujer! Toda la vida de Dios se derrama dentro de ti. Salve, oh hombre, que eres misterio, amado misterio de pecado y belleza, donde todavía sucede el milagro de la salvación. Y Dios donará eternidad a todo aquello que de lo más bello llevas en el corazón».[42]

 

12. En el ámbito de la investigación sobre la belleza de la Inmaculada, fray Salvatore M. Perrella, docente de teología dogmática y de mariología, ha publicado un amplio y documentado estudio sobre «Tota pulcra es Maria». La Inmaculada: fruto signo y reverberación de la belleza y del esplendor de Cristo redentor del hombre. Dogma y estética en el magisterio de Juan Pablo II.[43]

 

El interés del profesor Perrella hacia la Inmaculada ha crecido después de su participación al Congreso «Pío IX en Gaeta» (octubre 1999), donde él tuvo una puntual e innovadora relación sobre La piedad mariana en los tiempos de Pío IX (1846/1878).[44] Gaeta, ciudad entonces del Reino de Nápoles, donde Pío IX, alejado con la violencia de Roma, escribió la encíclica Ubi primum nullis del 2 de febrero 1849,[45]con la cual pedía a los obispos, al clero y a los fieles de su diócesis, expresar el propio pensamiento sobre la definibilidad de la doctrina concerniente a la inmaculada concepción de María.

 

En estudio sobre Tota pulcra, el p. Perrella parte de lejos y con el ojo dirigido a la abigarrada situación cultural de nuestro tiempo. Dedica un amplio espacio al concepto de belleza en el campo sea filosófico que teológico; considera con atención la propuesta de Pablo VI de unir, en la investigación mariológica, a la via veritatis la via pulchritudinis[46]y pasa en reseña las reacciones de los teólogos a la invitación del papa Montini; se detiene en el documento mariano del 208º capítulo general (1983), en el cual la Orden reflexionó ampliamente sobre El camino de la belleza (n. 63-71); examina en particular las referencias a la Tota pulcra en el vasto magisterio de Juan Pablo II, de la Redemptoris Mater (25 de marzo de 1987) hasta las intervenciones, aunque menores, de nuestros días.

 

Muy densa y articulada es la Conclusión del estudio del p. Perrella (p. 617-623), de la cual reproduzco algunos significativos párrafos:

 

«Ninguna criatura, ni tampoco la Madre de Jesús, es bella en sí y para sí: es Dios “el autor de la belleza” (Sab 13, 5) que crea la “belleza de las criaturas” (Sab 13, 5). Dios el Santo y el Viviente, s la Belleza suprema y sus obras son bellas-buenas (cf. Gen 1, 9.12. 25. 31): entre estas sobresale María de Nazaret, a la cual el Hijo Jesucristo –según un beato medieval, Amedeo de Losana († 1159)- dirige expresiones de alabanza: “Tu eres bella, le dice: bella en los pensamientos, bella en las palabras, bella en las acciones; bella desde el nacimiento hasta la muerte; bella en la concepción virginal, bella en el parto divino, bella en la púrpura de mi pasión, bella sobre todo en el esplendor de mi resurrección”.

 

La belleza de María no posee solo una dimensión trinitaria, cristológica, amartiológica, redentora, espiritual, antropológica, ejemplar, sino también corporal. Recordando el memorable discurso pronunciado al final de la restauración de la Capilla Sextina, el 8 de abril de 1994, el Papa Juan Pablo II afirmaba: “en el ámbito de la luz que provine de Dios, también el cuerpo humano conserva su esplendor y su dignidad. Si se destaca de esa dimensión, se convierte en cierta manera un objeto, que muy fácilmente viene despreciado, ya que solamente frente a los ojos de Dios el cuerpo humano puede permanecer desnudo y descubierto y conservar su esplendor y su belleza”.

 

En esta luz se puede muy bien argüir el motivo por el cual en los veinte siglos de cristianismo el arte de la pintura e iconografía, la himnología y la eucología litúrgica, la poesía, la literatura, y, últimamente con más convicción, la misma teología hayan perseguido y persigan, no sin fatiga y alguna contradicción, con suceso la via pulchritudinis; camino elegido por Dios Trinitario para la creación y la redención-santificación del hombre/mujer, verdadera via epifanica y del esplendor y la belleza del Hijo eterno y humanado del Padre, que de una manera singular ha participado a su primera redimida y única madre, la Virgen María».[47]

 

La belleza de la Virgen María es:

 

«belleza de creación, gracia redentora, santidad, maternidad divina, diaconía mesiánica, seguimiento del Hijo, glorificación celestial, plena conformación cristológica, que en el Espíritu creador y santificador, ha transfigurado toda la existencia de María, con influjos impensables, innegables y tangibles aún para su cuerpo de mujer y de madre de aquel Cuerpo que, como observa Juan Pablo II, ha sido la kénosis del Verbo encarnado, por medio del cual lo divino se ha concretamente manifestado “en la plenitud del tiempo” (cf. Gal 4,4), haciéndose por María y para todos los redimidos de su Hijo “fuente integral de la belleza del cuerpo”, de cada cuerpo en búsqueda de transfiguración».[48]

 

Estudios de índole histórico y teológico

 

13. En 1943 el Siervo de Dios fray Andrés M. Cecchin defendió en la Facultad de teología de la Universidad Católica de Lovaina su tesis de doctorado sobre La Concepción de la virgen en la liturgia occidental antes del siglo XIII.[49] La tesis de fray Andrés se coloca fuera de los límites cronológicos considerados por mi: 1954-2004. Sin embargo, me ha parecido bien recordarla porque ella, no obstante los sesenta años transcurridos, constituye un punto de referencia obligado para los que continúan las investigaciones de la historia y significado original de la fiesta del 8 de diciembre. Al final de su estudio fray Andrés, con grande honestidad intelectual escribe:

 

«La fiesta de la Concepción de María –aparecida en Occidente en la segunda mitad del siglo XI para apagarse casi inmediatamente y reaparecer en los primeros decenios del XII,- busca conmemorar un hecho: tenemos a María en el alba de nuestra redención. La prerrogativa de su pureza inmaculada no ha sido todavía introducida en los documentos litúrgicos. Estos después, sufren insistentemente la influencia de s. Agustín, el cual exime solo a Cristo de la contracción de la culpa de origen.

 

Estos doce siglos de vida de la Iglesia no fueron empero insensibles respecto al misterio de gracia obradas en la Madre de Cristo. Desde el ocaso del siglo VII, hasta todo el XII y más adelante todavía, el desarrollar su culto, el multiplicarse poco a poco sus fiestas, estimula la reflexión cristiana y la lleva a escrutar más a fondo la dignidad de Madre de Dios y a explicitar los privilegios. El tema de su eminente santidad es uno sobre los cuales los textos de la liturgia aman recordarlos: leyéndolos parecen presagiar hacia donde irían a desembocar».[50]

 

En aquel incisivo «tenemos a María, el alba de nuestra redención» fray Andrés M. Cecchin ha percibido uno de los significados constitutivos, esenciales, de aquel «evento de gracia» que fue, para nosotros la concepción inmaculada de María.

 

14. Fray Gabriel M. Roschini († 1977) se ocupó repetidamente del dogma de la Inmaculada, sobre todo con ocasión del centenario de la definición. Ya he recordado su precioso estudio Los Siervos de María y la Inmaculada (cf. n.1). También después de la celebración del Vaticano II, el volvió sobre el tema: en 1969 vio la luz el vol. III del tratado María santísima en la historia de la salvación.[51]En este es dedicada una amplia sección a la cuestión Inmunidad de la culpa original (p. 9-267), seguida por otra sobre La plenitud de la gracia(p. 269-283). Las dos secciones son particularmente útiles por las informaciones que ofrecen; esos, sin embargo, no obstante la declarada voluntad del p. Roschini de adecuarse a cambio teológico del Vaticano II,[52]permanecen sustancialmente en el ámbito de la teología neoescolástica.

 

En 1977, el mismo año de su muerte, él dio a la tipografía el volumen El Todo santo y la Todasanta,[53]en la cual dedica en la sección III (p. 19-28) a la Presencia del Espíritu Santo en la Inmaculada concepción de María: intuición relevante, predecesor de la exigencia de muchos estudios contemporáneos al subrayar la dimensión pneumatológica del evento de gracia de la concepción inmaculada de santa María.

 

15. Era un maestro Corrado M. Berti († 1980), maestro con la vida, la palabra, los escritos. Apasionado de las cuestiones relativas al método teológico, en 1955 dio a la impresora el volumen Methodologiae theologicae elementa[54] y en 1961, con la colaboración de dos jóvenes docentes, Salvador M. Meo y Ermanno M. Toniolo, el áureo volumen De ratione ponderando documenta Magisterio ecclesiastici.[55] En 1963, como ejemplo de la aplicación del método expuesto en los volúmenes de 1955 y del 1961, vio la luz, como segunda edición, otra joya teológica suya: La «Ineffabilis Deus» del Papa Pío IX.[56]

 

En mi opinión fray Corrado eligió la bula Ineffabilis Deus  como «texto experimental» de sus investigaciones sobre el método teológico por dos motivos: el primero, porque la definición dogmática de la Inmaculada constituye un caso lampante del principio según el cual la fe viva y actual de la Iglesia universal es el criterio próximo para discernir si una doctrina pertenezca al depositum fidei revelado por dios, de la cual la Iglesia es custodio; el segundo, el amor por la Virgen santa María; para fray Corrado la contemplación de la concepción inmaculada de María era como una inmersión en la fuente de la belleza, en el candor inocente, en la luz pura.

 

El volumen esta lleno de útiles observaciones sobre la estructura de la bula, sobre las varias redacciones, sobre principios teológicos que presidieron la redacción final.

 

En una «carta doméstica» como la presente me parece útil transcribir el primer «consejo metodológico» de fray Corrado, muy obvio como inesperado:

 

«1. El Documento, que nos interesa, necesita leerlo muchas veces, hasta que no se conozca casi perfectamente y, posiblemente, como si nosotros hubiésemos sido los autores».[57]

 

Transcribo también un párrafo del mismo librito, en el cual fray Corrado pone en luz el rol del Espíritu para el conocimiento más profundo del depósito de la fe (cf. Jn 16, 13).

 

« (Pío IX) definió (el dogma de la concepción inmaculada de María) porque era definible. Y era definible porque el Espíritu Santo, autor y por lo tanto perfectísimo conocedor de las Divinas Escrituras, luz y guía de los santos Padres y de toda la Iglesia, iluminaba a través de los siglos siempre más y cada día más (“magis in dies”, “quotidie magis”, “uberiori luce”) y aquellos divinos o santos textos y la Iglesia universal, para que la Iglesia misma sintiera y entendiera, de manera más creciente, que el Divino Autor o Inspirador y sus instrumentos humanos (Hagiógrafos, Padres, Liturgistas, Doctores etc.) no hubieran jamás elevar himnos   incesantemente a María como

a la más santa entre las criaturas,

a la Virgen intemerata,

a la dignísima Madre de Dios,

a la vencedora de Satanás,

a la reparadora de Eva etc.,

si ella incesantemente no hubiese estado santa, sin mancha de culpa original y, aunque sea por un solo y fulmíneo instante e inicial instante, bajo el impío dominio de Satanás».[58]

 

Fray Mariano Tognetti († 1979), fraile de la Provincia Lomabardo-Vneta, estudioso de mariología, predicador notable, publicó en 1954 un preciado estudio sobre La Inmaculada en las controversias tridentinas.[59] En su estudio el p. Tognetti dedica un interesante párrafo a la intervención hecha por fray Agustín Bonucci, Prior general de la Orden, en el Concilio de Trento el 5 de junio de 1546:

 

«El tercero finalmente es el General de los Siervos de María: Padre Agustín Bonucci. Su discurso –brevísimo- es de una precisión sorprendente. El remedio de la culpa común, dice, es la muerte y la sangre de Cristo, que es aplicada a nosotros por medio del Bautismo. Esta es la base en la cual se apoya la afirmación: “quae mors Christi etiam praevisa salvavit”. Profundo y conciso en un tiempo, Bonucci da, en mérito a nuestra cuestión, la respuesta más exacta que hasta ahora no se hubiera escuchado de los Padres. Que el General hiciera alusión a la Inmaculada Concepción de la Virgen, para nosotros no hay duda. Conocemos bastante bien sus opiniones en esta cuestión, para poder dudar. Existe en su frase la completa solución del problema. El habla de “mors praevisa” con la misma propiedad con la cual más tarde los teólogos hablarán de “intuitu meritorum Christi”. Solo así las cosas son iluminadas. Ahora podía ir bien la sentencia del Musso[60]sobre el doble remedio, ya que, solo después de la premisa de Bonucc, adquiría valor el “rimedium praeservativum” significado de ello como remedio anticipado. De tal manera se podía enfrentar a todas las oposiciones adversarias. Mará fue redimida por Cristo, más bien la primicia de los redimidos, sin embargo, redención anticipada, ya que “non minus est a lapsu aliquem totaliter impedire quam post lapsum iterum erigere”. La respuesta de Bonucci fue demasiado profunda: por esto nadie la entendió y cayó en el olvido. A nosotros nos consuela el pensamiento que será recogida por Pío IX y que la usará como uno de los argumentos principales en la Bula “Ineffabilis”».[61]

 

Aparece verdaderamente excesivo el juicio negativo del p. Tognetti sobre la capacidad de comprensión de la asamblea conciliar tridentina: «La respuesta de Bonucci fue demasiada profunda; por esto nadie la entendió y cayó en el olvido». Me parece que la intervención de Bonucci (5de junio de 1546) contribuyó a formalizar la orientación del Concilio. En el Decreto sobre el pecado original (17 de junio de 1546) se encontró unas notas al problema de la concepción inmaculada de María, de tendencia, por así decirlo, «inmaculista»: «Este santo Sínodo declara sin embargo, que no es su intención comprender en este decreto, donde se trata del pecado original, la bienaventurada e inmaculada Virgen María, madre de Dios, sino que se deben observas en este punto las constituciones del papa Sixto IV».[62]

 

También fray Marco M. Aldrovandi († 1991), estudioso de gran rigor, en su tesis de laurea sobre Fray Agustín Bonucci Prior general O.S.M. y Padre del Concilio de Trento ha relevado «su fe en la concepción inmaculada de María y la voluntad que el dogma fuese definido por el Concilio».[63]

 

17. En 1983 se celebró en Malta el IX Congreso Mariológico Mariano Internacional. El tema del Congreso fue la piedad mariana en los siglos XVII-XVIII. Fray Salvatore M. Meo, ordinario de teología dogmática en el «Marianum», tuvo una relación sobre La doctrina y el culto de la Inmaculada Concepción en la «Sollecitudo omnium Ecclesiarum» de Alejandro VII (1661).[64]Es de notar la atención del p. Meo sobre el Magisterio de la bienaventurada Virgen.

 

En su relación el p. Meo, después de haber estudiado cuidadosamente el contexto histórico del Breve de Alejandro VII, examina, párrafo por párrafo, el contenido doctrinal. De dicho examen resulta que Alejandro VII era favorable a la «pía sentencia», según la cual «el alma de la bienaventurada Virgen María en su creación y en su infusión en el cuerpo ha sido colmada del don del Espíritu y ha sido preservada del pecado original».[65] El Romano Pontífice, sin embargo, por motivos de prudencia, no quiso imponerla con solemne juicio, sino solo defenderla de los ataque de los «maculistas». «En la historia del dogma –escribe p. Meo- el Breve puede ser considerado como una columna central que sostiene el grande puente que va de Sixto IV a Pío IX».[66]En la conclusión el p. Meo reafirma su convicción «que el Breve sea de considerarse como documento magisterial pontificio más importante y significativo del todo el siglo XVII, sea bajo el punto de vista cultual como doctrinal, en la historia del desarrollo del dogma de la Inmaculada Concepción».[67]

 

18. Fray Neal Flanagan († 1985), fraile de la Provincia USA Occidente, bíblico, docente en Berkeley (California), tuvo la idea de componer, según el esquema de los antiguos símbolos de la fe un Credo mariano. En este cada articulum fidei relativo a la Madre del Señor, es seguido por una sobria explicación siguiendo la línea de las enseñanzas mariológicas del célebre capítulo VIII de la Lumen genitum. En la explicación de fray Neal es para subrayar la afirmación según la cual «la absoluta exención del pecado en María no es una prerrogativa negativa, ni aleja de la condición humana». Transcribo integralmente el n. 4 del Credo mariano, relativo al evento salvador de la concepción inmaculada de Maria:

 

«4. Creo que el interrumpido Sí de María a su Dios y a su prójimo sea la expresión existencial de su radical exención del pecado, como declaraba la doctrina sobre la Inmaculada Concepción.

Si el pecado es ruptura de comunión, es alejamiento de Dios nuestro Padre, separación de nuestros semejantes –es decir, indisponibilidad a aceptar a Dios como padre, a aceptar al prójimo como hermana o hermano- entonces el ser exentos del pecado es precisamente lo opuesto. La absoluta exención de María del pecado no es una prerrogativa negativa, ni aleja la condición humana. Es verdaderamente lo contrario: ser totalmente exentos del pecado significa estar abiertos a Dios, a su amor, a sus designios, a los desafíos que provienen de él; significa paralelamente estar plenamente abiertos a las tribulaciones y necesidades de aquellos que sufren y que están en la necesidad. La absoluta exención del pecado –la Inmaculada Concepción de María- no fue un hoy excavado entre ella y su prójimo, sino un puente que une María a los que están en la necesidad».[68]

 

19. En 1988 fray Ricardo M. Pérez, laureado en historia del arte y licenciado en teología bíblica, ha elaborado un estudio sobre los programas iconográficos de la iglesia de san Marcelo al Corso.[69]En este estudio, hacia el final del siglo XVI, fue elaborado, con los pagos de mons. Giulio Vitelli, un rico techo en el cual al centro acampa la Inmaculada. Fray Ricardo, valiéndose de una documentación inédita,[70]ha estudiado de manera detallada el techo. Relativo a la Inmaculada escribió:

 

«La imagen de la Inmaculada de la iglesia de san Marcelo corresponde en su iconografía, a la Mujer vestida de sol (cf. Ap 12, 1), con la luja bajo sus pies, como intermediaria entre la luz del sol y la oscuridad de la tierra, símbolo de su mediación entre Cristo y los hombres. La contra-reforma encontrará en esta iconografía uno de los temas devocionales más queridas. (…)

Los veintidós símbolos han sido distribuidos según un orden lógico: empezando por la puerta de entrada encontramos los símbolos astronómicos (sol, luna, estrella) en referencia a la maternidad divina de María, después los de tipo vegetal (palma, cedr