LEGENDA DE ORIGINE

Premisa
Las fuentes hagiográficas del primer siglo de historia de la Orden de los Siervos de santa María (hasta el 1350 aproximadamente), incluyen algunas narraciones o leyendas, como se decía en el lenguaje medieval, es decir, historias dignas de ser leídas. De hecho, éstas transmiten una enseñanza rica en sabiduría evangélica, que se concretiza en algunas figuras de santos que han dejado a la posteridad la preciosa herencia de su ejemplo de vida.
Estas leyendas vienen aquí enumeradas en la siguiente serie:
1. Legenda de origine Ordinis, escrita inmediatamente después de 1317. Narra los orígenes de la Orden y se presenta como la introducción a una Legenda beati Philippi, que el autor promete escribir a continuación de la Legenda de origine, pero de la cual no tenemos más noticia.
2. Dos Legendae beati Philippi:
a) la leyenda conocida como vulgata, se remonta a la segunda mitad del siglo XIV, pero está directamente relacionada con la Legenda de origine, de la cual recoge algunos fragmentos (precisamente los números 1, 4, 5, 6, 11, 12, 59, 61), presentándose como una trascripción resumida de la Legenda beati Philippi, escrita por el autor de la Legenda de origine,
b) la leyenda conocida como “perusina” o también “arcaica”, proveniente, talvez, del ambiente de Umbría y de datación incierta.
3. Vita ac legenda beati Joachimi Senensis, escrita entre 1330 y 1335.
4. Legenda beati Francisci de Senis, que se remonta a los mismos años de la anterior.
5. La trascripción fiel en latín humanístico, realizada por Nicolás Borguese en 1483, de una Legenda beati Peregrini redactada poco después de 1345.
Por lo que atañe a santa Juliana Falconieri, el primer texto que traza un perfil biográfico es escrito o retomado por fray Pablo Attavanti en su cuaresmal, incompleto, impreso en Siena en 1494 con el título Paulina predicabilis. Sobre su base, D. M. Montagna ha intentado reconstruir la leyenda primitiva. La presentación de este texto se aplaza a la sección correspondiente a los escritos del Attavanti.
Introducción
La Legenda de origine Ordinis fratrum Servorum Virginis Mariae (abreviada LO) – título añadido por el copista al final del escrito – o Introducción a la Legenda beati Philippi servorum beatae Virginis Mariae – como dice el título inicial -, narra la historia de los inicios de la Orden de los Siervos de María: la experiencia del grupo primitivo de los Siete, del 1233 al 1249/51 y el desarrollo posterior hasta 1267, inicio del generalato de san Felipe Benicio.
La LO nos ha llegado a través de un único manuscrito, conservado en el Archivo General de la Orden de los Siervos en Roma. Se trata de una copia, ya que en varios puntos hay errores cometidos por el copista. El manuscrito es del s. XIV, más precisamente de 1375, cuando fue comprado en Florencia el pergamino para la copia del “cuaderno del inicio de la Orden” (F. Tozzi, Libro degli spogli, clasificado A, en el año 1375).
La redacción del escrito, así como lo tenemos, debe haber sido terminada poco después de 1317, como nos indica el mismo autor. «Este año – escribe – se ha efectuado la translación, de un lugar a otro, del cuerpo de uno de estos nuestros padres. Sin ningún mérito por mi parte, la clemencia divina ha dispuesto que yo tomara parte» (LO, 4). Se trata de la traslación de las reliquias de san Felipe Benicio, acontecida en Todi en 1317, y precisamente el 10 de junio, como certifica la Leyenda “toscana” o “vulgata” del mismo beato (n. 33).
Presente en la traslación está fr. Pedro de Todi, prior general de 1314 a 1344. A él es comúnmente atribuida la paternidad de la obra, aunque se han propuesto otros nombres.
El texto se divide fácilmente en tres partes:
A. Una parte introductoria, que comprende el prefacio y los capítulos I-II (nn. 1-14), centrada en la figura de san Felipe Benicio y su relación con la Orden, de la que se hace resaltar el honor y el compromiso provenientes del hecho de haber sido fundada directamente por “Nuestra Señora”.
B. Una parte central, que constituye una verdadera Leyenda de Origen y delinea, sin ninguna referencia precisa a fechas y personas, el camino espiritual y las primeras emanaciones del grupo inicial de los Siervos: capítulos III-XII (nn. 15-49).
C. Una tercera parte, formada por los capítulos XIII-XV (nn. 50-62), de carácter principalmente histórico, que retoma el discurso interrumpido en el capítulo II, evidenciando el papel de san Pedro de Verona en la evolución del grupo primitivo de los Siervos en los años 1244-45 y precisando las etapas de su progresivo ordenarse en comunidad jurídicamente reconocida, hasta 1267, sobre la base de aquellas concesiones pontificias, emanadas a partir de 1255, que reflejan la estructura que la Orden había asumido después de la aprobación de Benedicto XI, con la bula Dum Levamus (1304).
Como se ve, la obra contiene algo más de lo que nos esperaríamos considerando el título. Pero éste como se ha dicho, no es el verdadero título de la obra; lo ha añadido al final del escrito el amanuense que ha copiado el códice a nosotros llegado. La LO es más que una historia de los orígenes de la Orden. De hecho, en la introducción (nn. 1-6) el autor expresa el deseo de recoger el ejemplo de los “padres” de la Orden, entre los cuales el más ilustre es san Felipe: de él promete escribir en seguida una leyenda, pero que de hecho aquí no tenemos.
La LO es, pues, una obra compuesta que une la figura de san Felipe y los inicios de la Orden con el intento de exponer esta tesis: La Orden ha sido directamente fundada por la Virgen, quien se ha servido para este fin de siete hombres particularmente dotados de los siete dones del Espíritu Santo y ha querido que esta Orden, “suya” a título especial, fuera iluminada por la doctrina y la santidad de Felipe, disponiendo que la Orden brotara el mismo año del nacimiento del santo, en 1233, y que estuviera ya completa en sus estructuras en el momento en que Felipe ingresa en ella (1254). Para ratificar esta tesis, hecha más atendible por el arreglo de fechas y hechos, el autor trae el testimonio de uno de los Siete, Alejo, de quien narra la vida y la muerte ocurrida en 1310.
El escrito que tenemos no es pues, ni una simple leyenda del beato Felipe, como querría hacer entender el título inicial, ni una leyenda del origen de la Orden, como declara el explicit definitivo. Un profundo análisis del contenido, del léxico y de la morfología nos ha permitido verificar la compleja estratificación del texto, en la que el redactor final ha incluido documentos más antiguos, citándolos literalmente o interpolándolos según los casos. Este trabajo de redacción explica la variedad de estilo y de planteamiento teológico entre las diversas partes de la LO, las diferencias en el modo de referirse a la Escritura, a los Padres y a las fuentes narrativas, las repeticiones, las contradicciones y las uniones forzadas.
En el transcurso de las investigaciones sobre el texto, ha ido siempre definiéndose con mayor claridad la presencia, dentro del marco del s. XIV, de un escrito más antiguo que se remonta a un tiempo poco posterior a la experiencia comunitaria de los Siete, que culmina con la permanencia en Monte Senario.
Este núcleo antiguo, la verdadera y propia Leyenda de origen, se centra en la experiencia religiosa de los “hombres gloriosos nuestros padres”, comenzando desde el momento en el que todavía vivían en el mundo (nn. 20-21, los últimos dos párrafos del capítulo III), pasando a través del relato de su amistad y de su retiro del mundo (capítulo VI: nn. 29-31), de su vida comunitaria fuera de las puertas de Florencia y después en Monte Senario (caps. VII-XI: nn. 35-45), de la decisión de acoger a otros hermanos y de abrir nuevos conventos (cap. XII: nn. 46-49).
Esta sección del s. XIII presenta no solamente una diferencia de lenguaje, sino sobre todo un planteamiento teológico y espiritual diverso. Se trata de una concepción teocéntrica, basada en el itinerario penitencial y contemplativo de los iniciadores de la Orden, iniciado con un acto de encomienda a la “Reina del cielo, la muy gloriosa Virgen María, mediadora y abogada” (n. 18) y continuado con la búsqueda, como Abraham, del monte santo donde se realiza el encuentro con Dios y, en Él, con los hermanos. La referencia a la Escritura es constante y, aunque algunos de los textos citados son comunes en el ambiente literario y religioso del tiempo, es original y permite penetrar más íntimamente en el corazón de la vida monástica realizada en Monte Senario.
De Monte Senario se habla solamente en esta sección antigua. El autor lo presenta como Sonario (n. 41) o Sonaia (n. 42), aun conociendo la denominación popular de Monte Asinario, que considera una corrupción del título original. Los documentos que poseemos de los años 1241-1256 reflejan exactamente esta situación: el uso de monte Asinario en los documentos externos a la Orden de los Siervos, y el uso peculiar y significativo de monte Sonaio, Sonaia y Sonario en los documentos que conciernen a la Orden. Después de 1256 toda mención del monte desaparece de la documentación de la misma Orden; por esto el hecho que el redactor de la sección central de la LO aparezca tan informado sobre las diversas formas de un mismo nombre y muestre también conocer directamente el lugar, indica la notable antigüedad de esta sección. Monte Senario aparece con plena vitalidad: desde el monte se propaga el eco de la vida santa de los hombres gloriosos que lo habitan y al monte llegan personas deseosas de recibir luz de la vida de éstos o también de participar más concretamente de su experiencia.
Un clima espiritual diferente se respira en las partes atribuidas al redactor final, es decir el prefacio, los capítulos I-II, parte del tercer capítulo, los capítulos finales XIII-XV y los capítulos de unión IV-V y VII. En el centro de éstas se encuentran la acción de la Virgen y los acontecimientos fundamentales de la vida de san Felipe, que es el gran modelo presentado para la imitación de todos los Siervos de María.
Por lo tanto, el redactor final del s. XIV, ha englobado en su obra fuentes narrativas anteriores, que se remontan a un tiempo cercano a los orígenes. Declara haber realizado investigaciones meticulosas con los frailes que conocieron estos tiempos, en particular fr. Alejo, uno de los Siete. A él ha pedido muchas noticias sobre los orígenes de la Orden; estas noticias las había escrito en una hoja pero, por un desafortunado accidente, la hoja se perdió (n. 26). Cita también una fuente bastante importante para la reconstrucción de los orígenes, el De origine Ordinis, escrito por san Felipe; pero también este documento se perdió a causa de acontecimientos imponderables o hasta por descuido de los frailes (nn. 13 y 14). En realidad el autor conoce muy bien la existencia de este escrito, que utiliza en su obra y que, con toda probabilidad, se identifica con el núcleo arcaico de la LO.
Su intento es el de crear una obra que pueda ofrecer una visión sintética de los orígenes y del desarrollo de la Orden. A través del llamamiento a las frecuentes intervenciones de la Virgen, al compromiso del servicio mariano, a la figura de Felipe y al testimonio de fr. Alejo, él busca armonizar juntos, el carácter mariano ya adquirido por la Orden al inicio del siglo XIV y los elementos primitivos fundamentales. De este esfuerzo por releer la inspiración original a la luz de las nuevas circunstancias históricas ha brotado una obra de gran importancia, expresión de una rica personalidad religiosa, preparada en el campo teológico y filosófico, y preocupada por mantener la Orden en la fidelidad a la vida santa de la que sus gloriosos padres permanecen como modelos insuperables.
- Legenda de origine Ordinis fratrum Servorum Virginis Mariae auctore incerto 1317, ed. A. Morini, en Monumenta OSM, I, Bruselas 1897, p. 55-105 (introducción, p. 55-60; texto, p. 60-105).
- A. M. Rossi, Codice mariano: La “Legenda de origine Ordinis Servorum Virginis Mariae”. Versione, commento e testo, Roma 1951 (texto, p. 99-152).
- [E. M. Toniolo], La «Legenda de origine Ordinis» dei Servi di Maria, texto en latín y traducción italiana de D. Pieraccioni, Roma 1982.
- F. A. Dal Pino, I frati Servi di s. Maria, I, p. 239-439.
- F. A. Dal Pino, I “viri gloriosi parentes nostri” fondatori dell’Ordine dei Servi, en Spazi e figure lungo la storia dei Servi di santa Maria (sec. XIII-XX). Roma 1997, p. 449-526.
- P. M. Graffius, Quale immagine dei Sette Santi dalla «Legenda de origine Ordinis?», en I Sette Santi nel primo centenario della canonizzazione (1888-1988). Convenio de estudio promovido por la Pontificia Facultad Teológica Marianum en colaboración con el Instituto histórico OSM, Roma 3-8 octubre 1988. Editado por E. Peretto. Roma 1990, p. 218-255 (Scripta Pontificiae facultatis theologicae “Marianum”, 42; nova series, 14).
- D. M. Montagna, Nuove ricerche filologiche sulla «Legenda de origine Ordinis fratrum Servorum». Due citazioni dell’Etica di Aristotele (LO, 19), “Studi Storici OSM”, 27 (1977), p. 165-168; Echi di esperienza monastica a Monte Senario nel Duecento (rilettura della «Legenda de origine Ordinis fratrum Servorum»), “Studi Storici OSM”, 29 (1979), p. 233-240.
- P. M. Suárez, Spiritualitá mariana dei frati Servi di Maria nei documenti agiografici del secolo XIV, “Studi Storici OSM”, 9 (1959), p. 126-129 y passim; 10 (1960), p. 1-41.
TEXTO
DE LOS SIERVOS DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA
1. Alabemos a los hombres ilustres[1] que, con la santidad de sus palabras y ejemplos nos han engendrado en la Orden. Ellos son, después de Dios,[2], nuestros Padres, los que han tomado bajo su cuidado nuestra vida, proporcionándonos el alimento espiritual necesario para nuestro crecimiento y ofreciéndonos conocimiento, arte ciencia. De esta manera nos indicaron el camino más seguro para alcanzar la vida bienaventurada. Ellos de hecho, permaneciendo en nuestra Orden se ofrecieron a Dios, con humildad de corazón[3] en todos sus pensamientos, palabras y obras; escogieron el camino de la verdad,[4] vivieron sin descanso según sus preceptos.
Ofreciendo voluntariamente al Señor toda su vida, hicieron que nuestra Orden fuera, en su tiempo, agradable a Dios y a la Bienaventurada Virgen María. Con sus oraciones mereci4eron obtener del Señor que, después de ellos y para el futuro, la presencia de religiosos santos conservara a la Orden en la voluntad de Dios.
Estamos seguros de que estos hombres ilustres, nuestros Padres, han sido agradables al Señor y a la Bienaventurada Virgen María por sus obras, y de que ha sido acogido con gran favor su servicio voluntario. Porque mientras vivían en este mundo, el Señor adornó sus vidas con muchas virtudes y milagros y manifestó al momento de su muerte con muchos signos y prodigios que sus almas le agradaban inmensamente. También porque después de su muerte, por sus méritos, con signos y prodigios que no dejaban de verificarse, comprobó con certeza que nuestros Padres estaban para siempre con Él en la gloria.
2. Nosotros entonces, debemos tener la mirada fija en las palabras y ejemplos con los que nuestros Padres nos han espiritualmente engendrado, y conocer el género de vida con que los hizo agradables al Señor juntamente con nuestra Orden Conformémonos de manera filial con su ejemplo en las palabras y en las acciones, de modo que a todos quede manifiesto que nos han dejado como hijos parecidos a ellos mismos.[5] Manifestaremos entonces que, siguiendo su ejemplo, hemos conservado la humildad del corazón en todos nuestros actos; que escogiendo el camino de la verdad, hemos vivido siempre según sus preceptos; que consagrando libremente nuestra vida al Señor, en nuestro tiempo, hemos hecho agradables a Dios y a nuestra Señora nuestras personas y nuestra Orden; y que perseverando en la oración hemos obtenido del Señor que también en el futuro la Orden se mantenga fiel al Espíritu.
Nuestros Padres, pues, nos han dejado un ejemplo de vida a nosotros que les seguimos. Nosotros también, debemos dejar un ejemplo análogo a los que entrarán en nuestra Orden después de nosotros; éstos, a su vez, se sentirán solicitados a dejar su ejemplo a sus sucesores; y ellos a otros, y así sin interrupción. Si de esta manera nos comportamos nosotros y todos los frailes que seguirán en la Orden, la Orden misma recibirá un gran beneficio. Ello será motivo de gran alegría para nuestra Señora, que encontrará consuelo[6] de manera admirable en nosotros sus Siervos, mientras la honremos con nuestro servicio y manifestemos así a todos que ella es digna de toda reverencia. Aún más, todo esto inducirá a nuestro Señor a enriquecer nuestra Orden con dones y gracias espirituales, manifestando así a todos cuánto ella le es grata.
Además, los que del mundo entrarán a nuestra Orden como a la sexta ciudad de refugio,[7] encontrando siempre en los frailes que pertenecen a ella tales palabras y ejemplos de vida, permanecerán en esta Orden atraídos por la dulzura de sus ejemplos y por su enseñanza, de modo que, jamás intentarán separarse, ni con el cuerpo ni con el alma, de esta ciudad de refugio. Lo harán solamente cuando, al final de la vida, su alma, muerta al mundo y al pecado junto en compañía de Cristo, sumo sacerdote[8], será llamada a pasar mediante la muerte corporal a la vida que no tiene fin y restituida a la libertad plena.
3. Poco a poco llegan a faltar los que habiendo vivido con dichos hombres santos, conocieron sus palabras, obras y virtudes, y su recuerdo se puede borrar en los frailes de nuestra Orden. Faltando dichos padres, no habrá quién sepa con exactitud y pueda transmitir algo de su vida. Por ello, aunque me reconozco inepto e indigno de esta tarea, confiando en su protección y en la ayuda del Señor, he sentido el deber de buscar con todas mis fuerzas lo referente a su dulcísima vida, de ponerlo por escrito, según mi modesta capacidad, y de darlo a conocer a todos los que quieran progresar en el camino de la perfección, dejando un perpetuo recuerdo de ellos a todos los que vendrán después.
A esta empresa me han empujado la reverencia y el amor profundo que tengo hacia ellos y que siento el deber de tener, por los grandes favores que he recibido de parte de cada uno de ellos. Me han convencido de emprender tal obra también el pensamiento de la gran utilidad que mi Orden puede obtener de ella, y el deseo que, como bien sé, tienen los frailes de recibir noticias al respecto. Espero, finalmente, por los méritos y la intercesión de los padres, poder alcanzar y obtener del Señor la gracia de la vida eterna para mi alma. Me reconozco incapaz e indigno de una obra de tal género, y sin embargo confío en la protección de los padres y en la generosidad del Señor.
De este modo los frailes de nuestra Orden podrán encontrar en la misma Orden la vida de los que no pudieron conocer personalmente. En esta vida podrán examinar como en un espejo[9] limpísimo el semblante de su alma; guardarán y conservarán lo que encontrarán bello y procurarán con lágrimas de arrepentimiento eliminar lo que hallarán defectuoso.
4. Existe también un motivo especial que me impulsó a emprender esta tarea, aún reconociendo mi pequeñez e indignidad. Este año se ha debido trasladar de un lugar a otro el cuerpo de uno de estos nuestros padres,[10] He participado a ese traslado por divina clemencia, aunque inmerecidamente. Durante el mismo traslado, en mi presencia, por los méritos de su santo, Dios volvió a realizar muchos milagros, como veremos más adelante.
Viendo pues tales milagros con mis ojos, me propuse firmemente en mi corazón de investigar y recabar noticias para poder redactar la vida y los prodigios de ese santo, con el fin de dejar a los frailes, como he dicho, el recuerdo de tan grande hombre. En efecto abrigaría sospechas que alguien me reprochara con razón de ingratitud, si, después de haber sido honrado con este favor especial y de haber visto con mis ojos tan grandes milagros, me hubiese rehusado en llevarlo a efecto, de acuerdo con mis posibilidades, sobre todo por lo que dice el beato Gregorio: “Las fuerzas que la inexperiencia niega, el amor las suple”[11].
Muchos hombres gloriosos, dignos de alabanza, que en la Orden han desarrollado la misión de Padres espirituales, han precedido o han seguido a los que yo ambiciono proponer como ejemplo; sin embargo éstos deben ser señalados preferentemente como modelos para los frailes de nuestra Orden, porque se distinguieron más que otros por virtud, palabras y obras.
Entre éstos con justa razón habrá que anteponer y presentar como primer modelo en la Orden al beato Felipe. Pues él ha vivido fiel y perfectamente su servicio para con nuestra Señora, cumpliendo de todo corazón los deberes esenciales dentro de la Orden. Su ejemplo nos sirve de estímulo: contemplando su vida casta, tenemos fuerza para frenar la arrogancia de la carne; reflexionando sobre su pobreza, consideramos como estiércol[12] todas las riquezas mundanas; y finalmente, mirando su obediencia, nos sentimos empujados a someter al Señor nuestro espíritu.
5. Para tener un conocimiento más completo y seguro de la vida de este hombre santo, condescendiendo a un deseo mío y de los frailes, este mismo año fui a todos los lugares de nuestra Orden a donde pude llegar, en los que sabía que aún sobrevivía algún fraile que le hubiera conocido y que con él hubiera conversado, permaneciendo junto en algún convento, o también acompañándole de un lugar a otro en sus viajes. Hablé lo más ampliamente que, sobre su vida, muerte y milagros. De estas personas dignas de fe recogí los pocos hechos que todavía quedaban en la memoria de ellos. Repito que son muy pocos, en comparación con todo lo que él realizó durante su vida en cuanto a virtudes y milagros
Uno de los motivos de la escasez de noticias es el hecho que desde el día de su muerte hasta el tiempo en que empecé mi investigación, habían transcurrido poco más de 32 años; por lo cual pude encontrar muy pocos frailes de su tiempo que todavía vivían. Entre ellos, de todas formas, he entrevistado a hombres dignos de fe por la rectitud de sus costumbres y por la santidad de su vida: de ellos pude comprobar la verdad de todo lo que he encontrado sobre la vida del santo, y pude verificar una concordancia sustancial entre todos. Pero, como ya he dicho, por motivo del tiempo transcurrido, estos pocos frailes apenas recordaban algunas cosas de la vida y milagros de él.
Existe, además, otro motivo especial por el que escasísimas noticias llegaban al conocimiento de los frailes, como resulta de lo anterior. Efectivamente, supe que este santo hombre por su voluntad y de manera casi increíble, ocultaba sus virtudes, obras y milagros; que no los daba a conocer a los hermanos sino muy raramente y sólo cuando no podía disimular los hechos. Por ello, poquísimos hechos han llegado a ser conocidos por los frailes.
Recogí, pues, estos particulares, conservados como débiles fragmentos[13] en la memoria de dichos frailes, los ordené de la mejor manera que pude según su sucesión y los adapté a los varios lugares, unas veces conservando el orden y otras cambiándolo por necesidad.
6. Con el fin de presentar lo más perfectamente posible la vida del beato Felipe, y para completar mis conocimiento no sólo con respecto al tiempo que él pasó en la Orden, sino también acerca de su familia y de la vida que transcurrió en el mundo, me dirigí a la ciudad, barrio y casa en donde nació y fue educado hasta su ingreso a la Orden. Descubrí que aún vivía un cierto sobrino suyo llamado fray Fuerte[14], quien ya casi alcanzaba los ochenta años. Encontré también en ese barrio a un venerable anciano de nombre Fecino, hombre de vida santa y digno de fe; y aunque ya casi tocaba los cien años, conservaba todavía íntegros los sentidos la memoria. Además, había vivido siempre en su propia casa, dentro del barrio, cerca de la casa del beato Felipe. Supe entonces de estas dos personas y en forma ordenada la verdad sobre muchas cosas relacionadas con la familia del beato y la vida que él vivió en el mundo.
Para su vida sea accesible a quien desee conocerla, y para que quien quiera perfeccionarse espiritualmente a la luz de ella, descubra pronto lo que más le convenga, la he ordenado y catalogado en quince capítulos.
DEL HONOR Y DIGNIDAD DE NUESTRA ORDEN
7. La bienaventurada Virgen María, Madre de Nuestro Señor Jesucristo, es el refugio de todos los pecadores que a Ella recurren para obtener misericordia[15]. Es llamada Madre universal de todos los justos, porque ella les consigue la gracia, y por este favor la aman de todo corazón. Es reconocida como la Señora común de todos los que sirven a Cristo en cualquier Orden religiosa y confían en Ella para conseguir la gloria Sabemos con firme certeza que Ella obtiene todo esto de su Hijo.
Pero es Refugio especial, Madre particular y única Señora de todos aquellos -pecadores, justos y siervos siempre fieles- – que se encuentran en la Orden dedicada especialmente a Ella , y que por tanto, justamente lleva su nombre.
Es cierto que en casos de necesidad todos los frailes de las demás Órdenes - pecadores, justos y siervos de Cristo- invocan a nuestra Señora como refugio general, Madre universal y Señora de todos Y hacen bien, porque Ella responde a todos los que la invocan, y obtiene de Dios misericordia para los pecadores, gracia para los justos y gloria para los siervos de su Hijo.
Pero, haciendo un examen de todas las Ordenes aparece con facilidad que los otros frailes tienen como fundador de su instituto a algún Santo particular; a él se dirigen como a su especial refugio, padre particular y señor propio, cada vez que por medio de él quieren pedir a Dios algún favor, tanto para sí mismos como para su Orden. En cambio, los frailes de la Orden especialmente consagrada a nuestra Señora – y con razón, pues, distinguida por Ella con su nombre -, se han dedicado especialmente al servicio de Ella y fuera de nuestra Señora no han tenido a ningún Santo propio como fundador de su Orden, al cual puedan y tengan que recurrir cuando quieren pedir alguna gracia especial para sí o para la Orden, dirigiéndose a él como a su especial refugio, padre particular y señor propio. Todos invocan a nuestra Señora en tiempo de necesidad; es decir, los pecadores como a Refugio universal, los justos como a Madre común y los que le sirven constantemente y con fidelidad como a la Señora de cada uno en particular – .Y Ella presta atención a todos y cada uno obteniendo de Dios misericordia, gracia y gloria. De la misma manera los frailes, cada vez que quieren obtener algún favor para sí mismos o para la Orden, se dirigen a Ella como a un refugio especial, como a una Madre singular y como a su propia Señora.
Es cierto que tienen al beato Felipe y a muchísimos otros gloriosos padres, quienes los precedieron en la Orden y fueron ilustres por sus virtudes, méritos y milagros. A estos podrían dirigirse para impetrar alguna gracia para sí o para la Orden; pero, ninguno de ellos ha dado origen a la Orden de nuestra Señora, ni entre ellos sobresale algún Santo de dicha Orden que sea común para todos los frailes que se han sucedido y se sucederán desde el principio hasta el fin de los tiempos. Muchos frailes en verdad precedieron en la Orden a cada uno de dichos nuestros Padres, que cumplen por sus méritos evidentes milagros: de ellos unos eran pecadores, otros justos, y otros, con el fin de conseguir la perfección, siervos fieles de nuestra Señora, y por tanto, necesitados ellos mismos de misericordia, de gracia y de gloria. Resulta entonces que a ninguno de estos hubieran podido dirigirse los citados frailes precedentes.
De todo esto resulta claro que los frailes de la Orden de nuestra Señora nunca tuvieron algún Santo propio y especial, fuera de la misma nuestra Señora. En efecto, no consideraron a ninguno como fundador de su Orden, ni como santo común para todos los frailes.
8. Por lo dicho antes resulta evidente, pues, que nuestra Señora no quiso designar a algún Santo particular como fundador de su Orden, para que pudiera entenderse que es Ella quien -como Refugio general, Madre universal y común Señora- obtiene de su Hijo para todos los frailes de su Orden, misericordia, gracia y gloria. Y ellos por consiguiente tienen que dirigirse a Ella como a su Refugio especial, Madre singular y Señora, cada vez que quieran obtener para sí o para la Orden cualquier gracia. Así se ve claramente qué grande es la gloria de los frailes que pertenecen a la Orden de nuestra Señora: no sólo la reconocen como Abogada general de la Orden, sino que también experimentan el especial cuidado que tiene de ellos y de la Orden entera
Por eso, los frailes de su Orden, más que los frailes de otras Ordenes, están obligados a conservarse santos ante su mirada y a superar a los demás en obras de perfección. Ellos se han dedicado al servicio de una excelsa Señora , que se ha dignado cuidarlos con especial atención; por lo cual, conservar la pureza del corazón debe ser su principal preocupación [16] Siéntanse, pues, confundidos y sonrójense aquellos frailes que, perteneciendo a tan grande Orden de nuestra Señora, no se avergüenzan, sino se obstinan en manchar su propia alma e impiden que otros vivan sin culpa. Arrepentidos, conviértanse pronto a Ella, para que no suceda que, indignada justamente contra ellos, los quite inmediatamente de en medio, y. por sus faltas, los entregue a la pena del fuego eterno
En cambio, regocíjense y gocen los frailes que, viviendo en dicha Orden, conservan inmaculado su espíritu y se esfuerzan por conseguir que también los demás vivan sin culpa. Perseveren jubilosos en la labor iniciada; pues, como los que viviendo en la Orden permanecen en su malicia serán doblemente castigados, así los buenos que hayan cultivado la pureza de corazón, recibirán un premio mayor.
CÓMO NUESTRA ORDEN COMENZÓ
CUANDO NACIÓ EL BEATO FELIPE
9. Llegó pues el momento en que la Bienaventurada Virgen María decidió separar del mundo y reunir, a los primeros frailes de la Orden que Ella quería fundar y que tenía que estar dedicada a Ella en forma particular. Y mientras daba inicio a la Orden reuniendo a los hermanos, le proporcionaba también, para el futuro, un lucero radiante de luz celestial, el beato Felipe, el cual por deseo de Ella nació donde nació la Orden. Pues la Orden, recientemente comenzada, había después crecido tanto en número de frailes como para no poder conservarse regularmente unida, sino mediante una luz y una doctrina celestiales. El Beato Felipe pues, una vez alcanzada la edad madura y la plena santidad, habría llenado de luz divina, como verdadero lucero ardiente colocado sobre el candelabro [17] de la Orden, a los que ya se encontraban en ella y a los que habrían llegado después, enseñándoles con la doctrina y con el ejemplo a servir dignamente a nuestra Señora y a recibir de ella el premio Entrando a la Orden, Felipe lo iluminaría con su presencia: todos los frailes de la Orden, a la luz de su doctrina, habrían aprendido a servir dignamente a su Señora en todas las situaciones en que la Orden se encontraría más tarde.
10. En ese entonces nuestro Señor Jesucristo ya había iluminado espiritualmente al mundo con la presencia de dos luceros: el Beato Domingo y el Beato Francisco. Con la luz de su vida y de su doctrina ellos habían fundado dos Órdenes religiosas que de ellos tomaban el nombre: todo el mundo iba a ser guiado por la vida y la sabiduría de los frailes que a ellas pertenecían. Al momento en que estos hombres, concluyendo su misión con la muerte corporal, habían pasado a la vida beatífica - el Beato Domingo en el año del Señor 1221, y el Beato Francisco el año del Señor 1226- , las Órdenes fundadas por ellos eran ya tan gratas a Dios por sus virtudes, que sus frailes habían empezado a erradicar, mediante la predicación de la verdad y el ejemplo de su vida, los errores que dificultaban la paz de la Iglesia.. Entre ellos el beato Pedro mártir, que empezaba a manifestarse al mundo como un poderosísimo atleta de Cristo y como principal extirpador de herejías.[18]
Para honrar a su Madre, la Virgen María, el mismo nuestro Señor había ya decretado instituir una casa, es decir una Orden consagrada a su nombre. Por ello, para que los frailes de dicha Orden ya reunidos en comunidad aprendieran la forma de servir dignamente a su Señora, ese mismo Señor nuestro quiso colocar ante esos frailes, como modelo de auténtico servicio, la lámpara que ya hemos mencionado, es decir, el Beato Felipe.
11. Por lo tanto, en el año 1233 después la Natividad de Nuestro Señor, durante el tiempo del Papa Gregorio IX,[19] en la provincia de Toscana y en la ciudad de Florencia vio la luz el beato Felipe. En el mismo año de su nacimiento, en la misma provincia y ciudad, nuestra Señora quiso que surgiera su Orden, y que esta Orden le estuviera consagrada particularmente a Ella y que de Ella misma recibiera el hombre.
Oh dulcísima Señora, ¿qué estás haciendo? Haces a tu futuro siervo semejante a tu Hijo Cierto que así manifiestas cuán grande habrá de ser él, y con qué dignidad te servirá. En efecto, como tu Hijo, de la estirpe de Israel y del judío, al momento mismo de su nacimiento reunió en torno a sí a gentiles y hebreos, atrayendo a los pastores de Judea[20] y a los Magos de Oriente[21]; habiendo alcanzado la edad adulta, los instruyó y redimió; y además, después de su pasión y muerte, les dejó su doctrina y ejemplo para que vivieran de acuerdo con esas enseñanzas. Así también en torno a tu siervo – el beato Felipe, nacido en la provincia de Toscana y en la ciudad de Florencia – empezaste a reunir a la gente y vecinos de su misma provincia y ciudad, es decir, a los promotores de tu Orden. A todos estos el beato Felipe, habiendo llegado a edad adulta y brillando por la sabiduría de tu Hijo, debía más tarde conducir hasta su muerte e indicar el camino para servirte dignamente, dejando en herencia su doctrina y ejemplo.
Pero, oh Señora mía, bienaventurada Virgen María, ¿a qué se debe tanta semejanza entre tu siervo queridísimo el beato Felipe y tu dulcísimo Hijo Jesucristo? Me quedo asombrado al descubrir a tu siervo igualarse con tu Hijo, y no logro adivinar el motivo de tanta semejanza. ¿Podría atribuirse este hecho al mérito de tu siervo recién nacido, o de tu Orden que entonces estaba apenas en su inicio?
Pero, sin cansarme de admirar este hecho extraordinario cuya razón no puedo encontrar, con toda reverencia hacia Ti, dulcísima Señora y Madre mía, me atrevo a decir que de este modo Tú has querido mostrar con anticipación los futuros méritos y la dignidad de tu siervo el beato Felipe, y de tu Orden, la que tenía que serte dedicada en forma especial: tu los colmaste de virtudes y de dones celestiales y los hiciste dignos de ser gratos a tus ojos. Y sin embargo, tu siervo y la Orden a ti consagrada no tienen ningún mérito, porque el honor de asemejarse a tu Hijo se debe atribuir principalmente a ti, por tu piedad y misericordia.
12. Que el beato Felipe nació en el mismo tiempo y año en que principió la Orden de nuestra Señora, me lo indica el hecho de que él murió en el año del Señor 1285, segundo del pontificado del Papa Honorio IV[22]. Además él mismo dijo casualmente a fr. Buenaventura de Pistoya en el convento de Orvieto[23] poco antes de morir, que tenía 52 años. Ahora, si al año de su muerte, esto es al año 1285, le quitamos la duración de su vida , es decir 52 años , no hay duda de que es en 1233 después del nacimiento del Señor el año en el cual (el beato Felipe) hizo su aparición corpórea en el mundo. Pero, como ya he ratificado, este es también el año en que tuvo inicio la Orden de la bienaventurada Virgen María .Y que en este tiempo tuvo su comienzo la Orden de nuestra Señora lo he sabido precisamente por medio de fr. Alejo[24], uno de los Siete primeros[25] frailes que dieron principio a nuestra Orden; conversando con él durante varios años antes de su muerte, vine a conocimiento de muchas cosas acerca del origen de la Orden. Supe que ésta comenzó seis años completos antes del eclipse total de sol en Italia. Ahora sabemos que ese célebre eclipse aconteció en el año del Señor 1239, decimotercero del pontificado del Papa Gregorio IX. Entonces, si la Orden de nuestra Señora comenzó seis años completos antes del eclipse, que tuvo lugar en 1239, sustrayendo de esta fecha seis años, nos queda claramente el año del Señor 1233, año en que comenzó la Orden de nuestra Señora, según se explicó anteriormente. Pero este fue también el tiempo en que nació el beato Felipe. Queda así demostrado lo que he afirmado más arriba, es decir, que el siervo de nuestra Señora nació el mismo año en que tuvo origen la Orden de la misma Señora.
13. He sabido por referencia de muchos frailes que el mismo beato Felipe, mientras aún vivía, por su propia mano, en cierto opúsculo que se titula Del Origen de la Orden[26].había relatado ampliamente los inicios de la Orden de nuestra Señora, su florecimiento y su crecimiento hasta el tiempo en que él, el beato Felipe, fue puesto sobre el candelero.
He buscado por mucho tiempo, con gran deseo, este librito que muchos frailes afirman haber visto y leído, pero todavía no lo he podido encontrar. Hace poco supe de cierto fraile que lo tuvo consigo por mucho tiempo, pero que después lo perdió en circunstancias particulares.
14. Los primeros frailes por medio de los cuales nuestra Señora comenzó su Orden, y también los que ingresaron a la Orden después de ellos, en su mayoría han muerto. Se ha perdido, aparentemente por negligencia de los frailes, el mencionado librito del beato Felipe sobre el origen de la Orden. Por esto me veo en la imposibilidad de presentar ampliamente por escrito – como yo y todos los frailes desearíamos – el proceso de los inicios de nuestra Orden, y el nivel de prosperidad que alcanzó en el tiempo del beato Felipe.
Pero, la vida del beato Felipe que con ahínco me he propuesto escribir en honor suyo y para utilidad de los frailes, supone de alguna manera la narración del origen de la Orden, del grado de desarrollo y prosperidad que alcanzó mientras estuvo bajo su guía. Me esforzaré entonces por narrar, aunque no en forma exhaustiva, cuando menos lo que he escuchado, y que todavía recuerdo,. durante los veintidós y más años que por divina misericordia he estado en la Orden. He podido escuchar a muchos frailes ancianos, de los cuales unos ya murieron y otros, muy pocos, aún viven. De ellos conservo el recuerdo, en primer lugar del citado fray Alejo, quien fue uno de los primeros frailes de nuestra Orden. Lo haré con mucha alegría, para los frailes deseosos de conocer todo esto.
Capítulo Tercero
EL NÚMERO DE LOS MENCIONADOS FRAILES QUE DIERON INICIO A LA ORDEN, Y DE SU PERFECCIÓN EN EL MUNDO ANTES DE SU UNIÓN EN COMUNIDAD
15. Como se ha expuesto antes, la Orden de los Siervos de la bienaventurada Virgen María tuvo su origen en la provincia Toscana y en la ciudad de Florencia. Con el fin de que resulte más claro lo que se vaya narrando, hemos explicado, aunque en forma genérica, lo que es la vida religiosa y lo que a la misma se refiere[27]. Ahora, con mucha fe en Dios, con gran devoción y reverencia, resumimos, para los que anhelan conocerlo, el modo como nació la Orden.
Hay que saber pues que en la provincia de Toscana y en la ciudad de Florencia vivieron siete hombres, dignos de todo respeto y honor. Nuestra Señora los reunió como a las siete Pléyades para disipar con la fuerza del Espíritu el curso de Orión[28].Con la unión radical y profunda de sus personas fundó la Orden suya y de sus Siervos.
Nuestra Señora quiso dar comienzo a su Orden y la de sus Siervos con siete hombres, para demostrar con mucha claridad a todo el mundo, cómo Ella quería engalanar a su Orden con una abundante efusión de los siete dones del Espíritu Santo. Así manifestaba abiertamente a los ojos de todos que desde entonces y en adelante la Orden debía conservarse por medio de hombres dotados de los dones del Espíritu de Dios. A todos quiso hacer ver, con claridad absoluta, que su Orden le sería siempre grata, hasta la séptima edad[29] gracias a los dones del Espíritu Santo.
16. Antes de que vivieran juntos para dar origen a nuestra Orden, los estados de vida de estos hombres eran de cuatro tipos: el primero era con respecto a la Iglesia; el segundo en relación con la vida civil; el tercero en cuanto al honor de nuestra Señora; el cuarto, en lo que respecta a la perfección de su alma.
El primer estado de estos hombres pues se refiere a la Iglesia. Efectivamente hay que admitir tanto para la Iglesia como para la fe un triple estado universal, en el que se encuentran la Iglesia y los fieles; a saber: el estado de virginidad, propio de aquéllos que se conservan tales antes del matrimonio; el estado de los comprometidos en el matrimonio; y finalmente el estado en que el matrimonio queda disuelto, ya sea por la muerte de uno de los cónyuges, o bien por mutuo acuerdo, en el caso de que uno de los mismos se proponga vivir en completa castidad por amor a Dios.
En este triple estado de la Iglesia, los siete hombres mencionados se comportaron dignamente, antes de su vida en común. Algunos de ellos, habiéndose decidido a guardar la virginidad o la castidad perpetua, no se habían unido en matrimonio; otros en cambio estaban ya casados; y por fin otros más se encontraban libres del vínculo matrimonial por la muerte de la esposa.
¡Que obra de amor tan grande y admirable, llena de incomprensible misterio! Por una parte, mediante el número siete de los citados hombres encargados de iniciar su Orden, nuestra Señora quiso manifestar claramente que la futura perfección de la misma debía consistir en los siete dones del Espíritu Santo. Por otra, mediante el triple estado de la Iglesia, en el cual ellos laudablemente se encontraban, quiso hacer bien patente que todos, en cualquier estado se encontraran, podían acudir tranquilamente a su Orden, como a la sexta ciudad de refugio espiritual, con el fin de conseguir la salvación de su alma, o también conservarla, en el caso que ya la hubiesen adquirido; y por último, habiendo ingresado a la Orden y después de haberle debidamente y fielmente servido hasta el fin de la vida, obtener de Ella y de su Hijo la gracia y la gloria.
Este era su primer estado, antes de que vivieran en común, como se expone en el libro de las antiguas Constituciones[30]: “Como algunos de éstos estaban ligados por el vínculo del matrimonio, y por eso no podían emprender una vida más austera, decidieron escoger un camino medio y más común, que pudiera ser puesto en práctica más fácilmente tanto por los casados como por los no casados”.
17. El segundo estado de ellos, antes de que tuviese inicio nuestra Orden, se refería al bien de la ciudad. Efectivamente el progreso de una ciudad y de sus ciudadanos se basa en el intercambio de las cosas terrenas. Con el fin de hacerlo más fácil y provechoso, se establecieron en la ciudad diversas formas y tácticas de comercio y de trabajo. Ahora bien, estos siete hombres, antes de reunirse para vivir en común, se ocupaban en el comercio, vendiendo y canjeando bienes terrenos. Pero luego encontraron la perla preciosa[31], o más bien nuestra Señora les hizo comprender que la unión de sus personas debía crear y producir nuevamente en el mundo esta perla, bajo la guía del Espíritu Santo. Para conseguir esta perla , es decir nuestra Orden, o mejor aún para obtener de nuestra Señora que por medio de ellos esta perla fuera creada, introducida nuevamente en el mundo y donada a cuantos deseaban servir digna y fielmente a nuestra Señora, no sólo repartieron entre los pobres lo que poseían, vendiendo todo según el consejo evangélico[32], sino que también se comprometieron alegremente a ofrecer un servicio fiel a Dios y a nuestra Señora.
Y así, mientras anteriormente eran comerciantes de cosas terrenas, ahora, convertidos en un solo cuerpo por la unidad radical de sus personas, empezaron a practicar una nueva profesión[33]: el arte de llevar las almas a Dios y a nuestra Señora, de conservar en tal unión a las que ya se encontraban en ella, y de conducirlas a un servicio siempre más fiel. De esta manera se convirtieron en atentos negociantes de los bienes celestes, movidos por el amor de todas las almas que podían salvar.
Este tipo de comercio y de profesión que ellos habían iniciado alcanzaría más tarde una completa perfección por obra del beato Felipe, para ser transmitido después como una herencia a los frailes deseosos de servir fielmente a Dios ya nuestra Señora.
Este era pues su segundo estado de vida.
18. Su tercer estado de vida, antes del origen de la Orden, se refiere a la reverencia y al honor hacia nuestra Señora.
Existe, en efecto, en Florencia cierta agrupación en honor de la Virgen María, fundada hace ya mucho tiempo. Por su antigüedad, santidad y el gran número de socios hombres y mujeres que la forman, se le llama en modo particular “la mayor”, con respecto a las muchas otras asociaciones dedicadas a nuestra Señora, que en esta ciudad son numerosas. Todas estas tienen el nombre genérico de “Sociedades de Nuestra Señora”, pero sólo a la primera se le da el título especial de “Sociedad Mayor de Nuestra Señora”[34]. A ésta pertenecían – anteriormente a su vida en común- los siete hombres ya mencionados, iniciadores de nuestra Orden por su apasionado amor a nuestra Señora.
Por el hecho de que nuestra Orden tiene su origen en la provincia toscana, y precisamente de la ciudad de Florencia y de la Sociedad mayor de nuestra Señora, todos los frailes de nuestra Orden están obligados, como es obvio, no sólo a amar de corazón y a honrar el lugar y la gente de esta provincia y ciudad y a la ya mencionada Sociedad, sino también a pedir siempre a Dios con devoción por la salvación de estos lugares y por la santificación de las personas.
Por su parte, los habitantes de dicha provincia en general, y los de la ciudad de Florencia en especial, y aún más todos los miembros de la mencionada Sociedad Mayor de nuestra Señora, en razón del gran beneficio que nuestra Señora les ha concedido, se sentirán para siempre obligados a venerar con profundo respeto a los frailes de la Orden de los Siervos de Santa María y a la Orden entera en todos lugares donde se encuentren, y a procurar con todas sus fuerzas, según sus posibilidades, todo lo que ayuda a promover el honor de nuestra Señora y el beneficio de los frailes.
Como la ciudad de Bolonia se siente honrada por el beato Domingo y por el origen de la Orden de los Predicadores; y la ciudad de Asís es venerada en todo el mundo por motivo del beato Francisco y por el origen de la Orden de los frailes Menores, así la ciudad de Florencia se ha ennoblecido de manera especial, singular y admirable, gracias al beato Felipe y a los recordados siete hombres, y por tanto al origen de la Orden de nuestra Señora.
Si pues los boloñeses deben enaltecer a la Orden de los Predicadores en la medida de lo posible, y la ciudad de Asís está obligada a favorecer y socorrer de todo corazón a la Orden de los frailes Menores; así los toscanos en general y los ciudadanos de Florencia en especial, y particularmente los miembros de la mencionada Sociedad mayor de Santa María, para reverencia y honor de la misma nuestra Señora, deben conservar, ayudar y fomentar la Orden que ha nacido entre ellos, como un tesoro que en modo especial les ha confiado nuestra Señora, y a favorecer su desarrollo en Florencia y en todas partes.
De tal forma se presenta el tercer estado, el cual, en lo que se refiere al culto de nuestra Señora, es descrito por el ya citado libro de las Constituciones en estos términos: “Preocupados por su imperfección, tomaron una sabia decisión: con humildad y con todo el amor de sus corazones se pusieron a los pies de la Reina del cielo, la gloriosísima Virgen María, para que Ella, como mediadora y abogada, los reconciliara y encomendara a su Hijo; y para que, supliendo con su abundante caridad la imperfección de sus siervos, les consiguiera, por su misericordia, abundancia de méritos. Por eso, para el honor de Dios, se pusieron al servicio de la Virgen, su Madre, y desde entonces quisieron llamarse Siervos de Santa María, adoptando un estilo de vida que les fue sugerido por personas sabias”.
19. Su cuarto estado, antes del origen de nuestra Orden, se relaciona con la perfección de su alma y por tanto con la dignidad de nuestra Orden, que de esta manera sería fundada por hombres ya entrenados en el camino de la perfección.
La perfección de una persona en relación con Dios consiste en que la vida se reviste, como de un hábito, de la fe cristiana Porque sólo cuando el ejercicio de la verdadera y cristiana religión se vuelve una cualidad habitual de la persona[35], puede manifestarse en ella la vida sobrenatural, la que comienza con el bautismo o la penitencia. En efecto, dice Isaías, si no creemos, tampoco comprenderemos[36] ; y así tampoco podremos conocer la ya mencionada vida.
Ahora bien, el bautismo es el sacramento de la fe, pues por medio de él se obtiene la fe, o mejor dicho, la fe nos es donada por Dios. La penitencia en cambio es la recuperación de la fe perdida por la herejía, o bien la devolución de su primera belleza, manchada por el pecado, mediante la remoción del mismo. En efecto, como ya se ha dicho antes, la verdadera fe en Cristo es la fuerza de la vida sobrenatural, iniciada por el bautismo y la penitencia, y revalorizada por la contemplación de la Pasión de Cristo. Por medio de esta contemplación, nuestra alma se une a Dios y celebra un culto digno de El.
Nuestros venerables y primeros padres e iniciadores de la Orden eran ya perfectos antes de que vivieran en común. Efectivamente por medio de la penitencia, voluntariamente aceptada, la verdadera fe cristiana se había convertido para ellos como en un hábito, aunque no todos observaban las obligaciones que provienen del bautismo. Por medio de esta orientación profunda, que la verdadera fe había creado en ellos, contemplaban ya la vida superior de la gracia, y por amor a ella habían ya unido a Dios sus almas, o más bien trataban de mantenerlas en este vínculo. Con todas sus fuerzas celebraban de esta manera un culto agradable a Dios.
No hay duda de que ellos poseían aquella virtud de la fe cristiana. En efecto, con respecto a nosotros, la virtud es una cualidad habitual que nos hace capaces de elegir:[37]; reside en la mente y está determinada por la razón, según enseña la sabiduría Estos hombres gloriosos, primeros iniciadores de nuestra Orden, conocieron con la ayuda de Dios la virtud de la fe, y anhelaron adornarse perennemente con esa preciosísima perla que acababan de encontrar y cuyo valor habían conocido. Por ello, se desprendieron por completo de sí mismos y de sus bienes, con tal de poseerla.[38]
En todas sus acciones, además, trataron de seguir los dictados de la razón: no los dictados de algún sabio del mundo, sino más bien los que la Sabiduría Eterna ha fijado en sus santísimas palabras evangélicas. No cabe duda, pues, de que ellos poseían el hábito de la religión y de que en ellos la religiosidad se convirtió en un comportamiento personal constante. Por eso poseyeron la perfección según Dios y practicaron las obras típicas de tal perfección; en efecto, la virtud lleva a la perfección a quien la posee y hace buenas sus obras..[39]
Un signo más de que la fe se ha convertido verdaderamente en una orientación habitual de la persona es el regocijo o la tristeza en la actuación concreta[40]. Ahora bien, sabemos que estos gloriosos varones manifestaban satisfacción o abatimiento en todo lo que realizaban. Cada vez que en una acción suya se daban cuenta de que seguir la vía del justo medio, su alegría en el Señor era inmensa. Si de lo contrario, se alejaban de la vía justa o al menos pensaban que se habían alejado, se arrepentían de aquella conducta con dolor y con lágrimas. Así que por esta señal de gozo o de tristeza por su modo de obrar, debemos creer firmemente que ellos, inspirados por Dios y auxiliados por nuestra Señora, poseían la fe como una cualidad profunda y estable de su vida.
20. Este hábito de la verdadera religión cristiana los empujaba con fuerza a contemplar la vida de gracia y de gloria. Una propiedad[41] de la fe, en efecto, es hacer quien la posee se entretenga contemplando la vida celestial.
El estar revestidos de la verdadera fe cristiana los llevaba ya continuamente a la contemplación de las realidades celestes; se sentían naturalmente inclinados a ellas. Habiendo escogido ya la parte mejor de la contemplación[42], no se preocupaban ya de las cosas terrenas, pues sólo querían conocer y poseer los bienes celestiales[43]; amaban la compañía y la amistad de personas santas y solamente aspiraban a las cosas del cielo. Con absoluta razón entonces podían repetir con el Apóstol: “Nuestra patria está en el cielo”[44].
Por este amor a la vida celestial, que la contemplación había abierto a su conocimiento, se entregaron a Dios sin reservas y con toda el alma; o mejor dicho, anhelaban permanecer indisolublemente unidos a Dios.
Tan intenso era su vínculo de amor con Dios, que no sólo temían como al mayor suplicio el estar separados de Él, sino que llevaban con dificultad el peso de de vivir en este mundo y esperaban con alegría la muerte corporal, para poder estar con Él.
Así, anhelando una perenne comunión con Dios, podían repetir con el Apóstol: “ Deseamos partir y estar con Cristo”.[45]
21. Finalmente, por este vínculo que los unía a Dios su fe había llegado a la perfección. Para conservar la orientación que la fe había dejado en ellos y manifestar su eficacia con las obras, se mantenían continuamente ocupados en el culto divino.
Pero hay dos clases de culto divino: uno es genérico, propio de los que viviendo en el mundo, después del bautismo o cuando menos después de la penitencia, desean mantenerse lejos del pecado ; y el otro es propio de los que pasan al estado religioso, donde no sólo se conservan lejos del pecado, sino que además se comprometen con los tres votos religiosos y quieren dedicarse totalmente al servicio divino.
Cuando estos hombres religiosos, los primeros que nos han precedido en nuestra Orden, vivían todavía en el mundo, pero ya estaban unidos a Dios por el amor de una vida más perfecta, practicaban el primero y genérico culto divino: amaban a Dios[46] sobre todas las cosas y, encaminando a Él todo lo que hacían, lo honraban con todos sus pensamientos, palabras y obras.
De esta manera, atribuyendo a Dios todas sus buenas obras y reconociéndolas como inspiradas por Dios, vivían este primer y genérico culto divino; y así se preparaban para el segundo y especial culto, esto es, para su vida de comunión recíproca y para los tres votos religiosos, o sea para la obligación perpetua de observar el voto de obediencia, castidad y pobreza, y para el voluntario compromiso de dedicarse sólo al servicio de nuestra Señora.
PARA DAR INICIO A NUESTRA ORDEN.
DE SU PERFECCIÓN. DEL TRIPLE NOMBRE DE LA ORDEN.
22. Así vivían pues, oh hermanos míos, éstos gloriosos varones, nuestros Padres y principales iniciadores de nuestra Orden: ya desde antes de iniciar su vida común para dar origen a nuestra Orden, su vida merecía toda alabanza. ¡Qué grande es la dignidad y nobleza la de nuestros Padres! Todos tenemos que reflexionar sobre ellos con justa reverencia. Tanto era el valor de su vida delante de nuestra Señora, que Ella quiso comenzar con ellos la Orden suya y de sus Siervos.
¡Oh admirables héroes! Poco antes los hemos definido, en sentido espiritual, como las estrellas Pléyades que deben iluminar con su luz el camino de nuestra perfección. Nuestra Señora los ha llamado a vivir juntos en una radical unión para dar inicio a su Orden y así desatar el lazo de Orión, alrededor del cual se mueven los impíos, y para indicar el camino recto que conduce a la gloria celeste.
Efectivamente, las estrellas Pléyades son siete y pertenecen a la constelación del Toro, en cuyo signo entra el sol, el día 15 de abril. Tales estrellas empiezan a aparecer sólo en la primavera, es decir, cuando el sol, con sus más ardientes rayos, abre la tierra, disponiéndola para el arado, y hace que retoñen y florezcan los árboles. Así estos hombres gloriosos y primeros fundadores de nuestra Orden, como siete espirituales estrellas Pléyades, aparecieron al mundo en el tiempo de aquella primavera espiritual, cuando Cristo, luz del mundo, con los dos astros que hemos ya recordado, es decir el beato Domingo y el beato Francisco, había empezado de nuevo a iluminar la tierra y a calentarla con rayos de luz más intensa.[47] Verdaderamente, por la proclamación de la palabra y el ejemplo de humildad, que se había casi extinguido, iba desapareciendo poco a poco el hielo de la incredulidad y volvía el calor de la caridad. El terreno del corazón humano se abría nuevamente al calor del Sol de justicia, permitiéndole transformarlo en tierra fecunda llena de surcos abiertos por arados verdaderos, los auténticos instrumentos de Dios que penetran profundamente en los corazones.
Era entonces el tiempo en que los dos árboles, es decir las Órdenes del beato Domingo y del beato Francisco – aún viviendo ellos en el mundo – se llenaban de flores de virtud y germinaban aquellos que debían extirpar las herejías.
Como se dijo anteriormente, estos siete hombres habían alcanzado un alto grado de perfección y habían adquirido grandes méritos delante de Dios Así, cuando nació el beato Felipe, en el año del Señor 1233, habían llegado a un nivel de gran perfección con la ayuda de los dos recordados luceros y de los frailes pertenecientes a las Órdenes fundadas por ellos, los que habían ya comenzado a predicar abiertamente la palabra de Dios. Ellos mismos se habían convertido en estrellas espirituales, que, con la irradiación de la divina palabra y de una humildad ejemplar, podían conducir a otros al estado de perfección.
Una señal evidentísima de su perfección y religiosidad se puede ver también en el hecho que nuestra Señora quiso, por medio de ellos, dar principio a la Orden suya y de sus Siervos. Pues, si estos siete no hubieran alcanzado ya la cumbre de la santidad sobre todos los demás, y si no hubieran sido más gratos que otros a nuestra Señora y a su Hijo, en el tiempo establecido para dar inicio a la Orden, no hubiera escogido a estos hombres,, sino a otros, para la fundación de una Orden tan grande, que debía estar consagrada sólo a Ella y llevar su nombre.
23. Lo que hemos dicho sobre su perfección y religiosidad no es contradicho por el hecho de que no relatamos ningún milagro obrado por ellos durante su vida o al momento de la muerte, o cuando menos después de su muerte.
Ciertamente, todos, o algunos de ellos pueden haber sido famosos, al menos durante un tiempo, por los muchos milagros realizados; pero ninguno de estos hechos ha llegado a mis oídos para poderlo narrar, probablemente a causa de los años transcurridos, y por la muerte de los ancianos de nuestra Orden. O porque el hecho de hacer milagros no es señal inequívoca y privilegiada de perfección y de espíritu religioso. De lo contrario, no podría considerarse perfecto y verdadero religioso aquel a través de quien Dios nunca hubiera obrado milagros; lo que sin duda es falso. En cambio, amar a Dios sobre todas las cosas, practicar la caridad para con todos, ser humilde de corazón, esto es la característica de todo religioso verdadero y perfecto.
Por esto nuestro Señor no dijo: Aprended de mí a resucitar a los muertos, o a dar la vista a los ciegos; sino : Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón[48]; y además: Os he dado el ejemplo de que os améis unos a los otros, como Yo os he amado.[49]
Cuando, el día del juicio, para demostrar su perfección y religiosidad muchos alegarán la prueba de los milagros, diciendo: Señor, en tu nombre hemos echado a los demonios, hemos resucitado a los muertos[50], etc., para demostración de que el hacer milagros es una falsa señal de perfección y de religiosidad, oirán decir a Cristo: En verdad os digo, no os conozco[51]; alejaos de mí vosotros todos, operadores de iniquidad.[52] Por cierto no escucharían estas terribles palabras, si el hacer milagros fuera signo evidente de perfección y de religiosidad.
24, Recuerdo ya haber mencionado antes otro motivo particular, importantísimo por el cual, aunque estos hombres hayan sido perfectos, no conocemos algún milagro obrado por ellos.
Efectivamente nuestra Señora no quiso que ningún gran santo, autor de auténticos milagros, fuera el iniciador de su Orden, para demostrar que sólo Ella es la fundadora de la Orden consagrada de manera especial a su nombre.
Todo esto no sucedió sin razón y por casualidad, sino por disposición especial de Dios y de nuestra Señora. Pues, como todas las Órdenes llevan justamente el nombre de su principal fundador, así era oportuno que la Orden de nuestra Señora tomara el nombre de Ella y que nadie más que Ella pudiera ser considerado verdadero fundador de la Orden.
Y para hacer más clara la interpretación que he mencionado, agrego también lo que sigue: si fuera posible atribuir a cualquier otro, fuera de nuestra Señora, la fundación de nuestra Orden, tal atribución habría que hacerla sólo a los citados siete hombres, sobre todo por su perfección, y porque fueron los primeros en la Orden. Pero como oí decir repetidamente al mencionado fr. Alejo, quien fue uno de los siete primeros frailes, de ninguna manera hay que atribuir la fundación de la Orden a los siete primeros frailes, tomados en su conjunto, ni a alguno de ellos en particular. Estas son las palabras que me dijo, y que frecuentemente repetía a los frailes, como ya se dijo antes: “Nunca, decía, fue mi intención, ni la de mis compañeros, fundar una nueva Orden; ni que de la comunión recíproca entre mí y mis compañeros surgiera una multitud tan grande de frailes. Mis compañeros y yo pensábamos solamente que de Dios habíamos recibido la inspiración de vivir juntos para cumplir más fácil y dignamente su voluntad, después de haber abandonado materialmente el mundo. Por tanto, todo esto hay que atribuírselo exclusivamente a nuestra Señora; y de ella nuestra Orden toma su nombre particular de Orden de la bienaventurada Virgen María”.
25. Esto no contradice lo que ya hemos afirmado: que nuestra orden se nombra también Orden de los frailes Siervos de la bienaventurada Virgen María. De hecho, nuestra orden tiene tres nombres: uno general, por motivo de la Regla; otro especial, por la actividad propia de los que la componen; el tercero particular, por motivo de nuestra Señora su fundadora.
La orden de los Predicadores, por ejemplo, tiene un nombre genérico por la Regla, por la que se le nombra “Orden de san Agustín”; tiene otro especial por la actividad propia de los que la constituyen, por la que se le llama “Orden de los frailes Predicadores”; y por fin tiene un tercer nombre particular tomado de su primer fundador, por el que se le llama “Orden del beato Domingo”.
De la misma manera, nuestra Orden tiene tres nombres. Un primer nombre general por la regla del beato Agustín[53], que profesaron los antiguos frailes de nuestra Orden, por esta regla se le dice generalmente "Orden de san Agustín”. Un segundo nombre especial, por la actividad propia de los que a ella pertenecen, por la cual recibe el nombre específico de “Orden de los frailes Siervos de la bienaventurada Virgen María”. Y finalmente un tercer nombre particular, tomado de Nuestra Señora, su primera fundadora, por quien recibe sólo ella el nombre de “Orden de la bienaventurada Virgen”.
Lógicamente concluimos, por tanto, que nuestra Orden se llama: Orden de la bienaventurada Virgen María. Aunque puede llamarse también genéricamente, como ya se ha explicado, “Orden del beato Agustín”; y de modo especial “Orden de los Siervos de la Bienaventurada Virgen María” Pero a título propio y exclusivo, sólo esta Orden merece ser llamada por todos “Orden de la bienaventurada Virgen María”.
DE LA VIDA Y MUERTE DE FRAY ALEJO,
UNO DE LOS SIETE PRIMEROS FRAILES QUE DIERON ORIGEN
A LA ORDEN Y LA RAZÓN DE SU LARGA VIDA.[54]
26. Existieron pues siete hombres de tan alta perfección, que nuestra Señora consideró digno dar principio a su Orden por medio de ellos. Cuando yo entré en la Orden no encontré a ninguno de ellos todavía vivo, con excepción de uno que se llamaba fray Alejo, a quien ya he mencionado. Agradó a nuestra Señora librar de la muerte corporal a fray Alejo hasta nuestros tiempos, para que, por sus relatos, conociéramos el origen de nuestra Orden, y así pudiéramos transmitir el recuerdo de esos comienzos a los frailes que ingresaran en nuestra Orden hasta el fin de los tiempos.
Efectivamente, para que con la muerte de fray Alejo no se perdieran irremediablemente los datos y testimonios sobre el origen de nuestra Orden, y para que a nosotros, sus contemporáneos, no se nos inculpara de ingratitud, en varias ocasiones lo interrogué sobre esta materia.
Un día fui a verlo en su celda, con este fin preciso. Animado por un gran deseo de saber, lo entrevisté con sumo interés, tratando de recoger lo más ordenadamente que pude, todas las noticias más importantes con respecto a los orígenes. Transcribí luego en un folio en forma ordenada, todas las informaciones que de él había obtenido. Después, acostumbraba leer frecuentemente este escrito, siempre con gran amor, examinando detenidamente su contenido para fijarlo bien en mi memoria. Pero un día, en el convento de Siena[55], estaba yo sentado casualmente en el borde del pozo, teniendo en mis manos dicho documento que siempre llevaba conmigo y lo leía con mucha reverencia. Improvisamente, por envidia del diablo[56], se me zafó de la mano, ondeó un poco en el aire y, con gran dolor de mi corazón, fue a terminar en el pozo.
Después de esta pérdida, claro, con el paso de los años he olvidado muchos detalles que estaban escritos en el documento. Pero siempre he conservado en la memoria las noticias esenciales sobre el origen de nuestra Orden, tal y como las escuché del citado fray Alejo. Son las mismas que ahora reporto con absoluta fidelidad, por voluntad de nuestra Señora, quien me incita a hacerlo ahora, con particular insistencia, y las entrego para siempre a la memoria de los frailes que vendrán, como un gran tesoro que ellos han deseado.
27. Además, como yo mismo pude experimentar y observar con mis ojos, la vida de fray Alejo era tal que no sólo incitaba a los presentes con su ejemplo, sino que manifestaba la perfección suya y la de sus compañeros, al igual que el mencionado ideal religioso de los mismos. Debido a su avanzada edad, a sus enfermedades y al largo tiempo en que había soportado en la Orden el “peso del día del calor”[57], hubiera sido muy natural que buscara el necesario reposo, que pidiera alimentos adecuados a su edad, que utilizara vestidos que conservaran el calor, que durmiera sobre una colchón blando para dar alivio y descanso a su frágil cuerpo. En cambio, por su santidad y demostrando en ello su perfección y religiosidad, buscaba siempre lo contrario. Nunca pedía para sí mismo alimentos especiales o delicados, sino que comía siempre en el refectorio común, contentándose con la comida de la comunidad. Y si alguna vez, al agravarse la enfermedad, no podía participar a la comida en común con los demás frailes, no quería que por ello le cambiaran los alimentos del convento, sino que consumía lo que estaba preparado para la comunidad. Cuando mucho, sin exigir alimentos especiales o más abundantes, recogía algunas verduras en el huerto y las comía, habitualmente cocidas, para soportar el frío de su enfermo y anciano cuerpo.
Aborrecía el uso de vestidos demasiado finos[58], o mejor, buscaba conservar en el vestido un justo medio, evitando tanto la dejadez como el refinamiento. No quería que le fuera asignado un lecho adaptado a sus enfermedades, es decir cómodo y suave; sino que, como les consta muy bien a todos los que vivieron con él en el convento, usaba tablas de madera en lugar de colchón[59] y un paño áspero en lugar de sábanas.
No evitaba los trabajos materiales, como de ordinario acontece a esa edad, sino que siempre los realizaba hasta más allá de sus fuerzas; y, aún cuando los frailes se quejaban por eso, no escatimaba esfuerzo alguno en cumplirlos, con gran deleite suyo. En sus acciones, palabras y en todo su obrar conservaba la humildad y la caridad. Y nunca dejó de tener esta señal de la humildad, él que, como se ha dicho, era hombre de grandísima perfección y era considerado por todos los frailes con el máximo honor y respeto por tratarse de uno de los primeros Siete frailes, mediante los cuales nuestra Señora empezó la Orden. Buscaba, en cuanto de él dependía, ejercer los oficios comunitarios, incluso los más humildes y pesados, como el último de los frailes. Mientras que le fue posible, hasta contra el parecer de los frailes, quiso siempre salir del convento para buscar el sustento, en su día de turno, soportando el cansancio como cualquiera de los frailes más sanos y más recientes en la comunidad. Además se esforzaba por cumplir, como los demás frailes, con todas las tareas del convento, aunque fueran despreciables a los ojos del mundo. De esta manera manifestaba su amor hacia los hermanos y la humildad de su corazón, dejando un ejemplo que pueden imitar todos los frailes que deseen servir fielmente a nuestra Señora.
28. Habiendo llegado a una edad muy avanzada, pudo ver con sus propios ojos el incremento de la Orden, el gran número y la santidad de los frailes, y alegrarse con la seguridad de recibir el premio de parte de su Señora, la Virgen María, por haberle servido fielmente. El último día de su vida, según una noticia que recibí de fray Lapo de Florencia, sobrino de fray Sostenes y que estuvo presente a la hora de su salida de este mundo, antes de morir, para demostrar la contemplación y la pureza suya y de sus compañeros , vio que unos ángeles venían a su encuentro en forma de aves blanquísimas y de una hermosura indescriptible; en medio de esas aves y ángeles estaba Cristo, en la forma de un bellísimo niño, con una corona de oro sobre su cabeza. Gritando con fuerte voz, indicó a los frailes que estaban a su alrededor lo que estaba mirando.
Vivió pues casi 110 años, y llegó hasta el año 1310 después de la Natividad del Señor. Por tanto, tomando en cuenta el tiempo en que él se reunió con sus compañeros para iniciar nuestra Orden, y poniendo este tiempo en relación con la fecha de su muerte, resulta que fray Alejo vivió en nuestra orden durante casi 77 años[60].
CUANDO VIVÍAN EN EL MUNDO.
DE SU PREPARACIÓN Y DE SU UNIÓN EN LA VIDA EN COMÚN
29. Tan grandes pues eran la perfección y la fe de estos Siete hombres, cuando todavía vivían en su propia casa en Florencia, que nuestra Señora los juzgó dignos de ser elegidos para dar a su Orden.
Ellos no se conocían entre sí, porque vivían en diferentes zonas de la ciudad. Pero luego, primero uno con otro y luego todos juntos, se encontraron unidos interiormente por los lazos de una perfecta amistad y por los vínculos del amor recíproco[61]. Esto sucedió tanto por la providencia y la voluntad de nuestra Señora, que los guiaba hacia la institución de su Orden, como por las exigencias de