INCULTURACIÓN Y EVANGELIZACIÓN

Una experiencia de la Provincia Mexicana de los Siervos de María

 fr. Federico M. Mena Franco

Inserción

Aunque la actividad misionera siempre ha inquietado a los Siervos de María en México, el principal factor que los movió a realizar experiencias entre los indígenas Huicholes no fue precisamente la inquietud misionera, sino la inserción: vivir la pobreza evangélica con los marginados, para acompañarlos en su proceso de liberación integral. Eso podría hacerse entre indígenas, o en barriadas, o en hospitales psiquiátricos...

Se eligieron los indígenas, y ni más ni menos que los Huicholes, que no son católicos ni conocen el cristianismo. Así que coincidieron inserción y misión. Por otra parte, los frailes nos encontramos con una cultura de tradición prehispánica casi intacta. Pronto surgieron las siguientes interrogantes: ¿Qué sentido tiene aquí la labor misionera? ¿Cómo predicar el Evangelio a gente que habla un idioma propio, y que tiene una mentalidad y una sensibilidad diferente a la nuestra? Era preciso aprender su idioma; y aún así, ¿nos daremos a entender con sólo predicar en su idioma? ¿No hace falta también exponer el mensaje en su lógica, no precisamente en la nuestra? Pero ¿cuál es la lógica de su pensamiento? Y lo más espinoso: ¿Qué pensar de sus ritos no cristianos? ¿Los satanizaremos y los combatiremos, como hicieron los misioneros españoles de la primera evangelización? ¿Y qué decir de sus creencias religiosas?

Intuimos que antes de presentar el mensaje evangélico explícito, primero tendríamos que hacer un largo recorrido conociendo la cultura huichol: su cosmovisión, sus creencias religiosas, sus símbolos sagrados, sus ritos, su lógica mítica y mágica, su organización religiosa... Y descubrimos que la inserción era precisamente el medio más adecuado y eficaz para avanzar en el conocimiento de esa extraña cultura.

Pero para no extraviarnos en ese viaje hacia un mundo desconocido, necesitábamos un guía, y lo encontramos en un documento del magisterio de la iglesia mexicana: “Fundamentos teológicos de la pastoral indígena en México”. Allí conocimos y asimilamos los principios de la inculturación con los que todavía nos desenvolvemos. Posteriormente también encontramos más luz en la “Redemptoris missio” de Juan Pablo II. Pero para entender estos documentos, siguieron siendo básicas las enseñanzas del Vaticano II con “Ad gentes”, y de Pablo VI con “Evangelii nuntiandi”.

No nos metimos a estudiar más autores teólogos de la inculturación. Nuestro bagaje de reflexión de fe se reduce a estos cuatro documentos; con ellos logramos iluminar nuestro peregrinaje por un mundo culturalmente extraño. Posteriormente y hasta la actualidad, la experiencia se ha confirmado y ha crecido ahora con nuestra comunidad de inserción entre indígenas de cultura tlapaneca.

Esto es, pues, lo que ofrecemos: la experiencia de más de una década, realizada a la luz de estos cuatro documentos.

 

¿Qué es ‘cultura’?

Vamos primero a ponernos de acuerdo en algunos conceptos, para darnos a entender. Por método, prefiero que antes de que nos metamos con el concepto de cultura, desliguemos a ésta de lo que no es cultura, para evitar confusiones.

Cuando el ser humano transforma algo natural con su ingenio, eso natural deja de ser natural, y se convierte en un producto cultural.

Cualquier utensilio o instrumento, elaborado a partir de cualquier material aportado por la naturaleza, es un producto cultural: canoas, vehículos automotores, muebles, plásticos, botellas... La así llamada “medicina natural”, no es natural, es cultural.

Mientras los animales se adecuan a las condiciones del medio ambiente para satisfacer sus necesidades y sus instintos, el ser humano transforma el medio ambiente para adecuarlo a sus necesidades, a sus aspiraciones, a sus valores, a veces a sus caprichos. La satisfacción del apetito sexual es natural en los animales; en el ser humano es una expresión cultural... Comer, reproducirse, trasladarse, tener vivienda... Son actividades tanto de los animales como de los seres humanos, pero en el animal son naturales; el ser humano las realiza de manera creativa, dándoles un sentido, y resulta responsable de las consecuencias... Son entonces actividades culturales.

Desde luego, muchas otras actividades exclusivas del ser humano, son expresión de cultura: conversar, escribir, danzar, cantar, pintar, orar, organizarse...

Hay culturas que desarrollan relaciones más o menos armoniosas con la naturaleza; tal es el caso de las culturas de Meso América. Ignoro cuál sea la relación natura-cultura en las sociedades africanas, asiáticas, y semitas; pero salta a la vista que las culturas occidentales mantienen una relación muy agresiva con la naturaleza: agotamiento de los recursos naturales no renovables, contaminación ambiental y desaparición de las especies. Y se precian de ser las más racionales y civilizadas; cuando en realidad están resultando las más salvajes.

En toda sociedad existe la cultura de las élites, lo grupos minoritarios que logran tener el control del poder político, económico, ideológico y religioso.

Pero también está la cultura de las masas, del grueso de la población, la cultura de la gente sencilla.

Los medios modernos de comunicación masiva, han difundido la idea de que la cultura es producción de las clases altas, que han desarrollado los gustos refinados en la literatura, la pintura, y en general en las bellas artes; que poseen los conocimientos científicos y preparación académica. Consideran que el pueblo es inculto, o ha desarrollado una subcultura anticientífica, supersticiosa, donde reina la ignorancia y una visión del mundo superada. Algunos ven a las masas con pesimismo, considerando que su escasa o nula cultura es una lacra inevitable. Otros se esfuerzan por “elevar el nivel cultural” de las masas. Por nuestra parte si queremos ser coherentes con nuestro principio de que toda expresión del ser humano es cultura, en oposición a lo que produce la naturaleza, consideramos que ese concepto de cultura, según el cual ésta es privilegio casi exclusivo de las élites, es el peor que puede haber.

Sin negar que las élites han desarrollado una cultura muy peculiar, afirmamos que las masas populares también han desarrollado su cultura, y que ésta no es inferior a la otra, sino simplemente diversa.

Por otra parte, dado que Jesucristo nos propone como valor evangélico la opción preferencial por los pobres, en nuestra pastoral privilegiamos la cultura de los oprimidos.

Pero ¿qué es cultura? Podemos encontrar una enorme variedad de definiciones según el enfoque que se le quiera dar: concepto filosófico, sociológico, psicológico, científico... Y aun dentro de una disciplina cualquiera, encontramos tantas definiciones cuantas corrientes ideológicas haya.

Lo cierto es que, revisándolas, hemos encontrado que ninguna de ellas nos sirve para nuestros fines pastorales.

Así que hemos tenido que definirla desde nuestro propio enfoque pastoral: el sentido que un pueblo le da a la vida.

En la cultura greco romana, la reflexión filosófica ha profundizado en este tema: el sentido de la vida, y la gama de posibilidades que ofrece una visión de la existencia racional, científica y técnica, ha dado una respuesta con diferentes matices. Pero no solamente los pueblos de cultura greco romana se han planteado la pregunta sobre el sentido de la vida; todo pueblo ha dado una respuesta de acuerdo a su peculiar modo de ser. Cada pueblo le ha dado un sentido a la vida; y por eso hay una diversidad de sentidos, es decir, una enorme variedad de culturas. ¿Cuál pueblo dio en el blanco con su respuesta sobre el sentido de la vida? Tal pregunta supone que hay respuestas equivocadas. Eso no es verdad: ningún pueblo ha respondido plenamente a semejante pregunta: toda respuesta tiene sus ventajas y sus desventajas, sus alcances y sus límites; toda respuesta apuntará siempre a la plenitud, pero ninguna ha acabado, ni acabará, de plenificarse.

 

Noción de inculturación

Habiéndonos puesto de acuerdo en lo que vamos a entender por cultura, desde ese enfoque tratemos ahora de definir nuestro concepto de inculturación.

Con frecuencia escuchamos el término: tienes que inculturarte. Lo cierto es que nadie está obligado a sacrificar su propia cultura, para olvidarse de ella y asumir otra diferente. Sabemos de un caso singular de un pueblo que renunció a su cultura y se inculturó en otra: la tribu azteca. Los aztecas, al llegar al Valle de México, decidieron abandonar su idioma, su cosmogonía, su religión... Solamente conservaron e introdujeron en la cultura náhuatl el culto a su divinidad: Huitzilopochtli, y el concepto de la “Guerra florida”.

En teoría, un individuo puede inculturarse, tal como lo hicieron los aztecas; en la práctica, resulta demasiado fatigoso y difícil, cruel y tal vez inútil, si lo que se quiere con eso es estar en mejores condiciones para evangelizar a un pueblo culturalmente extraño. Todo esto implica, como dice Juan Pablo II en la “Redemtoris missio”, poner entre paréntesis la cultura del misionero (su concepción de la realidad, su lógica, su idioma, su liturgia, sus formas de organizarse); no implica el sacrificio de la propia cultura: “No se trata ciertamente de renegar a la propia identidad cultural, sino de comprender, apreciar, promover y evangelizar la del ambiente donde actúan…” (RM 53):

Entonces, uno sigue siendo culturalmente diferente al otro, pero no interfiere con su cultura en el proceso por el cual el Evangelio se despoja de la cultura del misionero, para revestirse de la cultura del pueblo que se pretende evangelizar.

Por lo tanto, lo que sí se nos exige es la inculturación del Evangelio. La revelación sobrenatural se encarnó primero en la cultura judía, posteriormente en las culturas greco romanas; pero también en las culturas siria, copta, bizantina... En la medida en que la Palabra de Dios se expresa, se celebra y se vive en las expresiones culturales de un pueblo dado, en esa medida el mensaje fascina, cuestiona, interpela, resulta inteligible y liberador.

Por lo tanto, inculturar el Evangelio significa tres cosas:

1. La primera consiste en expresar el Kerigma (el primer anuncio) no sólo en el idioma del pueblo al que pretendo evangelizar, sino inclusive en su lógica. Sólo así podré dar a entender el mensaje. Si el pueblo acepta el mensaje y lo incorpora a su tesoro espiritual para llevarlo a su plenitud, tiene derecho a reflexionarlo desde sus propias categorías (teología), y de transmitirlo a las nuevas generaciones (catequesis). Por tanto, la predicación del Kerigma inculturado, a un pueblo que no conoce el Evangelio, es tarea del misionero; pero su reflexión teológica y su propagación, es tarea del pueblo.

2. Antes de la llegada del Evangelio a un pueblo, éste ya tiene una rica experiencia de Dios; ha cultivado su relación con Él, desarrollando una liturgia propia, compuesta de símbolos sagrados y ritos religiosos propios de su cultura. Si el pueblo acepta el mensaje evangélico, tiene derecho a celebrarlo con sus símbolos y sus ritos. El mismo pueblo le dará un sentido cristiano a su tesoro litúrgico. El pueblo decidirá si quiere incorporar símbolos y ritos del misionero; pero el misionero debe estar preparado para aceptar que serán incorporados cambiándoles su sentido (cada pueblo le da un sentido diferente a la vida, eso es cultura, no hay que olvidarlo).

3. Por último, el mensaje queda inculturado cuando el pueblo se organiza para vivirlo de acuerdo a sus formas propias de organización social; esto es, de acuerdo a sus usos y costumbres.

 

Etapas de la inculturación

Entendemos la inculturación del Evangelio como un proceso. Eso quiere decir que se da por etapas progresivas y cualitativamente diferentes.

 

Primera etapa: La primera etapa consiste en conocer a profundidad la cultura. Puede durar muchos años, dependiendo de la metodología, de las condiciones históricas, sociales, y de los alcances y límites del misionero. Consideramos que la inserción es un medio privilegiado para llegar a adquirir este conocimiento de la cultura que se pretende evangelizar. En un primer momento se trata de una especie de kénosis, a ejemplo de Jesucristo: ser uno de tantos, rebajarse a ser uno del pueblo para conocer su realidad histórica y social: aprender su idioma, conocer sus costumbres, su problemática, su manera de entender la realidad...

Cuando fuimos con los huicholes, la inserción nos permitió conocer muchos aspectos de un mundo culturalmente extraño a nosotros, pero no lo entendimos, precisamente porque la mentalidad de nuestra cultura occidental nos limitaba a comprender solamente lo que es expresión de nuestra propia cultura. El choque cultural fue fuerte. Superamos gracias a Dios y a la inserción (sufrir lo que el pueblo sufre inevitablemente) la aversión inicial, el impulso de juzgar precipitadamente de manera negativa lo que no entendíamos. Aprendimos a familiarizarnos con cosas y situaciones raras, luego sentimos gusto, fascinación y cariño hacia esas cosas que seguían siendo extrañas para nosotros, pero en las que intuíamos que había una sabiduría milenaria que no podía despreciarse así nomás, y a la que había que aspirar a entender para poder valorarla justamente a la luz de la revelación cristiana. Como María, había que conservar en nuestro corazón las cosas que no entendíamos; el juicio acerca de ellas, metodológicamente tendría que dejarse necesariamente para mucho después.

El punto por ahora era éste: ¿Cómo entender cosas tan extrañas, antes de juzgarlas a la luz de la fe cristiana? A esta pregunta no logramos dar respuesta en nuestra experiencia con los huicholes.

En cambio, cuando llegamos con los tlapanecas, la situación fue diferente: si bien el huichol no se interesa por los servicios de culto cristianos, el tlapaneca sí: se engolosina con misas, bautismos, bendiciones... del sacerdote católico. Adelanto que el sentido que esta cultura le da a nuestro culto se fundamenta en creencias pre hispánicas, que culturalmente hablando no coinciden con nuestras creencias de revelación sobrenatural. Así que nos dimos cuenta de que los ministros católicos, por un equívoco histórico, producto de una primera evangelización no inculturada, ocupamos un lugar privilegiado en la dimensión religiosa pre hispánica, disfrazada de catolicismo como estrategia de supervivencia. La tendencia actual de los evangelizadores, es considerar que los indígenas sí son formalmente católicos, pero que su deficiente instrucción religiosa los lleva a vivir un catolicismo contaminado con resabios de “paganismo” pre colombino; en consecuencia, consideran que buena parte de su labor pastoral está en purificar la fe católica del pueblo, mediante la exposición sistemática de la doctrina, es decir, intensificando la instrucción religiosa. Como puede verse, esta postura implica el haber emitido ya un juicio de valor acerca de creencias religiosas que no se entienden fácilmente desde la cultura occidental: “son creencias paganas, que se oponen al Evangelio, y que hay que combatir.” Los Siervos, a raíz de nuestra experiencia con los huicholes, intuimos que se trata de creencias que encierran una sabiduría producto de una experiencia religiosa hecha a lo largo de miles de años; una sabiduría que hay que entender, antes de juzgar. Así que ahora, puesto que éramos exigidos continuamente por los tlapanecas a darles servicios cultuales “católicos” para fines “no católicos”, nos vimos obligados a buscar herramientas para entender una sabiduría extraña, antes de juzgarla a la luz de la fe cristiana. Les llamamos herramientas hermenéuticas, y las encontramos en las siguientes disciplinas: antropología, psicología, sociología y etnohistoria.

 

Segunda etapa. Una vez que con la ayuda de las herramientas hermenéuticas se ha logrado entender suficientemente una cultura, corresponde a la segunda etapa del proceso de la inculturación, la valoración de esta misma cultura a la luz de la fe cristiana. Al respecto, tenemos casi nada que decir de nuestra experiencia, porque ese paso aun no lo hemos dado. Parcialmente tenemos algunos intentos, tratando de encontrar las semillas del Verbo en las tradiciones orales: mitos y leyendas. Es poco lo que hemos podido hacer, y son apenas los primeros intentos.

 

Tercera etapa. La tercera etapa de la inculturación implica la predicación del Kerigma (primer anuncio), la catequesis y la reflexión teológica, no solamente en la lengua del pueblo, sino en su lógica (en el caso de las culturas Mesoamericanas, en la lógica mítica y mágica); la celebración de la fe cristiana con los símbolos sagrados y los ritos religiosos propios de esa cultura; y la vivencia de la fe cristiana en compromisos que el pueblo ha de adquirir adecuados a sus formas culturales propias de organización social. Sobra decir que en nuestra experiencia, eso lo tenemos claro en teoría, pero que estamos todavía lejos de realizar los primeros intentos de llevarlo a la práctica.

Sería absurdo, y hasta ridículo, exponer verdades de fe en idioma castellano, ante una población que sufre batallando por expresarse por necesidad en este idioma, y que entiende de él solamente aquellas palabras que se refieren al nivel de las cosas concretas. Los mensajes religiosos, por sencillos que se quieren presentar en español, son abstracciones de la cultura occidental. Así no podemos darnos a entender. Ni siquiera es suficiente con predicarles en su idioma, suponiendo que lo hubiéramos ya aprendido. De nada sirve predicar en su idioma si las ideas que se expresan siguen la lógica racional, técnica y/o científica de la cultura occidental. Pongo un ejemplo inverso para entender esto. ¿Qué sucedería si un indígena tlapaneca nos hablara en español razonando desde su lógica? Probablemente escucharíamos palabras en castellano que en su conjunto carecerían de sentido para nosotros. Tal sería el caso de la siguiente frase: “Medida algo, estómago tuyo.” Ahora que si ese mensaje nos lo presentan no sólo con palabras en castellano, sino inclusive en nuestra lógica, diría lo siguiente: “Estás bien de tu estómago”, y entonces sí tiene sentido para nosotros. Pues lo mismo ocurre cuando nosotros logramos traducir mensajes cristianos a su idioma, pero conservando nuestra lógica occidental. Así que por esos motivos, hemos concluido que la exposición del mensaje explícito de manera sistemática queda pendiente, hasta que se domine el idioma, como instrumento para entrar en diálogo, y hasta conocer y entender su mentalidad.

 

El testimonio

Entre tanto privilegiamos el testimonio como instrumento de Evangelización. Con actitudes concretas intentamos predicar el Evangelio. En este sentido han sido muy iluminadoras para nosotros las palabras de la “Evangelii nuntiandi” de Pablo VI: “Supongamos un cristiano o un grupo de cristianos que, dentro de una comunidad humana donde viven, manifiestan su capacidad de comprensión y de aceptación, su comunión de vida y de destino con los demás, su solidaridad en los esfuerzos de todos en cuanto existe de noble y bueno. Supongamos además que irradian de manera sencilla y espontánea su fe en los valores que van más allá de los valores corrientes, y su esperanza en algo que no se ve ni osarían soñar. A través de este testimonio sin palabras, estos cristianos hacen plantearse, a quienes contemplan su vida, interrogantes irresistibles: ¿Por qué son así? ¿Por qué están con nosotros? Pues bien, este testimonio constituye ya de por sí una proclamación silenciosa, pero también muy clara y eficaz, de la Buena Noticia…”. Sin duda que los mensajes causan un mayor impacto si van dirigidos en primer lugar a la sensibilidad del pueblo, antes que a su inteligencia.

En ese sentido, la inserción nos ha llevado a tomar opciones que pronto han impactado con la fuerza de símbolos liberadores: colocarnos lo más posible al nivel socio económico del pueblo (prescindir de comodidades que no tienen las mayorías: automóvil, personal de servicio, casa de material...), proponer, no imponer; respetar roles, asumir nuestra autoridad como un servicio (no tomamos decisiones, dejamos que decida el pueblo), convivencia fraterna con todos, no solo con unos cuantos... Valoración de las expresiones culturales y religiosas; esfuerzos por aprender el idioma... Desde luego, hay circunstancias en que la realidad nos exige que hablemos, tanto para llevar consuelo a los que sufren, como para denunciar injusticias y graves violaciones de los derechos humanos.

En todo caso, el dinamismo de la exposición del mensaje no va en la línea de presentación de temas, sino de iluminación de realidades concretas con la Palabra de Dios, para invitar a las comunidades a organizarse de acuerdo a los designios divinos.

 

Fundamentos teológicos de la inculturación

Para iluminar este proceso desde nuestra fe cristiana, hemos tenido que recurrir a lo más esencial de fundamentos antropológicos: la verdad sobre el hombre; fundamentos cristológicos: la verdad sobre Cristo; fundamentos eclesiológicos: la verdad sobre la iglesia, según la revelación sobrenatural.

 

Fundamentos antropológicos.  Siguiendo la doctrina de san Pablo, reconocemos que la dignidad humana fue dañada por el pecado, pero no destruida. En consecuencia, constatamos que el ser humano se haya dividido en su interior; por una parte busca su realización en los valores (hombre nuevo, impulsos del Espíritu), pero por otra parte está tentado de relativo, es decir, cae en la ilusión de que encontrará su plenitud en las satisfacciones pasajeras abusando de ellas (apetencias de la carne, concupiscencia, hombre viejo). Su tendencia a elevarse en la vivencia de los valores se explica por la dignidad con que fue creado: a imagen y semejanza de Dios. Su tendencia a buscar la felicidad en las satisfacciones mundanas se explica por el pecado.

En conclusión, rechazamos aquellas visiones del ser humano pesimistas que consideran que todas las tendencias del ser humano lo llevan al fracaso, a la destrucción (por ejemplo, la doctrina que afirma que todos los afectos del hombre son pecado; y su versión psicologista, de Freud: los impulsos psico-afectivos son por naturaleza antisociales, y si se reprimen aparece la neurosis); pero también advertimos que se oponen a la fe las nuevas corrientes humanistas que pretenden que todas las pulsiones psico-afectivas impulsan al ser humano a su plenitud como persona (teoría de la realización personal de Carl Rogers).

En resumidas cuentas, la fe cristiana nos enseña que el ser humano está dividido profundamente en su interior.

Aplicando esto a la inculturación, podemos afirmar que cualquier cultura, como producto humano, tiene aspectos valiosos que hay que apreciar, conservar, promover, difundir...

Pero no se debe idealizar: fijándonos solamente en lo valioso que puede aportar, haciéndonos ciegos a lo que debe ser condenado; es decir, también tiene aspectos que requieren ser evangelizados.

Ni satanizar o condenar lo que no entendemos. Como María, lo que no entendemos, primero hay que guardarlo en nuestro corazón, para meditarlo; solamente cuando lo entendamos, estaremos en condiciones de juzgarlo a la luz de la fe, descubriendo si es un aspecto cultural que favorece el establecimiento del Reino, o se opone a él.

 

Fundamentos cristológicos. Recordamos el triple aspecto del misterio de Cristo: verdadero hombre, verdadero Dios y Redentor del género humano.

En la encarnación del Verbo encontramos el fundamento cristológico de la inculturación. Al encarnarse, el Verbo divino tuvo que someterse al proceso de identificación con un pueblo al que perteneció por haber nacido en un territorio concreto (Judá), tomando carne de una mujer de una raza concreta (semita-hebrea-judía), aprendiendo a hablar el idioma de ese pueblo (en ese tiempo el Arameo), echando raíces en el legado histórico de ese pueblo (época patriarcal, esclavitud en Egipto, peregrinación por el desierto, conquista de la tierra prometida, época de los jueces, la monarquía, el destierro en Babilonia, la restauración del pueblo y del templo, la lucha contra el paganismo helénico, el dominio romano), y asimilando la ideología religiosa de su pueblo (la fe Yahvista).

Este proceso le llevó 30 años, antes de lanzarse a emitir su juicio de valor sobre la cultura en la que creció y se educó. Una vez que inicia su vida pública con el bautismo de Juan, ungido con el Espíritu santo, Jesucristo aprecia todas las producciones culturales de su pueblo que promueven la dignidad humana y favorecen la instauración del Reino; inclusive asume el proyecto de llevar a su perfección las tres principales instituciones religiosas del Antiguo Testamento: el sacerdocio, la monarquía y el profetismo. No vino a abolir su legado histórico religioso, sino a darle plenitud (la Ley y los Profetas).

Pero también se opuso a todas las expresiones culturales de su pueblo que atentaban contra la dignidad humana y se oponían a la instauración del Reino: la discriminación de la mujer, el legalismo fariseo, las tradiciones opresoras, la plaga del divorcio, la idea de la autojustificación por las obras piadosas, la esclavitud de la ley, el desprecio a los pequeños (ancianos, enfermos, limitados físicos, publicanos, pecadores, prostitutas, paganos, pobres, feos...).

En conclusión, con su encarnación, el divino Verbo asume una cultura determinada (la judía); no la sataniza (reconoce sus valores y los perfecciona), pero tampoco la idealiza (desenmascara sus fallas, las denuncia, y ofrece la liberación de ellas a los oprimidos). Siendo Jesucristo el modelo perfecto para todo ser humano, cada individuo, de cualquier pueblo, si conoce a Cristo, encontrará en él las pautas a seguir con respecto a la valoración de su propia cultura, y de otras, si ha de entrar en relación con ellas.

Así pues, la encarnación histórica de Jesucristo, llevó a su plenitud la inculturación de la Palabra de Dios en la cultura judía.

Está claro que Jesús no va a estar encarnándose históricamente en cada cultura de cada territorio y de distintas épocas para que se logre la inculturación de la Palabra de Dios plenamente en cada cultura. Pero sí su encarnación histórica marca el camino a seguir en los misioneros, para que se logre la encarnación teológica del Verbo en todas las culturas.

En el asunto de la inculturación, la teoría de los santos Padres sobre las semillas del Verbo resulta iluminadora, pues nos induce a reconocer en la sabiduría espiritual y religiosa de cualquier cultura tradiciones que deberán ser referidas al misterio de Cristo porque están ordenadas por el Espíritu a Él.

Dado que el mensaje del Reino es universal, válido para todos los pueblos, la Palabra divina debe inculturarse en la sensibilidad, lenguaje y mentalidad de todos los pueblos. Jesucristo no se va a encarnar en una mujer de cada pueblo para aculturarse y luego estar en condiciones de inculturarse en cada pueblo. Eso es absurdo, pues significaría que habría muchos Jesucristos humanos, tantos cuantos pueblos hubo, hay y habrá en el mundo. El único Jesucristo humano, que por la limitación humana quedó confinado a ser de una sola cultura, por su condición divina no tiene limitación alguna, y entonces puede y debe ser inculturado en todos los pueblos en cuanto Palabra divina, ya que no en cuanto hombre.

Para ello, el Verbo de Dios, al presentarse a los pueblos de la cultura helénica o griega, fue despojado de la afectividad y de la mentalidad judías, para revestirse de la afectividad y mentalidad grecolatinas. Lo mismo sucedió con las culturas copta, siria, fenicia, ortodoxa griega...

Pero cuando surgieron las potencias que se disputaban el control político de Europa (Inglaterra, Francia, Alemania, España), la institución eclesiástica fue manipulada y el proceso de inculturación del Verbo fue frenado. La evangelización se siguió realizando, pero presentando la Palabra de Dios en la mentalidad y sensibilidad de la cultura de la potencia dominante. Inculturado el mensaje divino en esa cultura globalizadora, no podía ser entendido por las culturas sometidas, o lo entendieron de otro modo, de acuerdo a sus antiguas creencias religiosas, sin poder captar la novedad y originalidad del mensaje cristiano. Al no inculturarse más la divina Palabra, se equiparó la cultura dominante con la verdad absoluta, se consideró a los pueblos de otras culturas pueblos salvajes, sin cultura, a los que habría que aculturar, es decir, acostumbrarlos a pensar y a sentir según los criterios y afectos del opresor.

El resultado fue que muchos pueblos prefirieron morir y desaparecieron para siempre de la historia; otros, en cambio, ofrecen tenaz resistencia hasta la fecha, a veces de manera violenta, a veces desarrollando ingeniosas formas de defender sus tesoros espirituales y religiosos, así como su identidad étnica.

Jesucristo se presentó como un profeta para el pueblo de Israel, anunciando la llegada del Reino de Dios, y condenando todo lo que se opone al Reino de la verdad, de la paz y de la justicia. Pero identificó el Reino con su Persona. A diferencia de Buda, Sócrates, Confucio… Jesucristo no propuso una doctrina para ser creída como medio de liberación; Jesús vinculó su mensaje a su persona: Jesús pedía fe a él; creer en Jesús implicaba una vinculación afectiva de adoración a su persona, porque él se presenta como liberador. Quede claro esto: no se afirma que tú te salvarás si sigues la doctrina de Jesús, sino que Jesús te salvará si crees en él. Cierto, Jesucristo nunca proclamó abiertamente ser Dios; pero tomó actitudes inequívocas de quien tiene conciencia de ser Dios. Eso lo entendieron los fariseos, y por eso se escandalizaron. No le creyeron. Pero ese es el punto: a Jesús se le acepta o se le rechaza; y su mensaje es claro: “Al que me confiese delante de los hombres, yo lo reconoceré ante mi Padre. Pero al que me rechace delante de los hombres, yo lo rechazaré ante mi Padre.” Por tanto, cuando este mensaje se incultura en cada pueblo, es decir, es presentado en el idioma y en la mentalidad de cada pueblo de modo que le resulte claro, cada pueblo y cada individuo decidirá si lo acepta o lo rechaza, si cree o no en él.

Todos los pueblos están ordenados a encontrar la salvación creyendo en Jesús como verdadero Dios, adorándolo. Las culturas que lo acepten encontrarán la liberación; las que lo rechacen se perderán. Por eso la inculturación es indispensable: si yo como misionero le presento a un pueblo, de cultura diversa a la mía, el mensaje evangélico cifrado en mis esquemas culturales, el mensaje no va a ser entendido, o será entendido de otro modo, y aunque parezca que ha aceptado la fe cristiana, sigue con sus anteriores creencias religiosas, barnizadas de cristianismo como medio de subsistencia. No ha aceptado ese pueblo a Jesucristo, pero sin culpa suya, porque al no inculturarse el mensaje, no se ha quedado claro que tiene que definirse si acepta o rechaza a Jesús como verdadero y único Dios.

Finalmente, en el aspecto soteriológico de la persona de Cristo, reconocemos que ninguna cultura tiene el poder de auto liberarse o de purificarse de todo aquello que atenta contra la dignidad humana y de los pueblos, sino que requiere que Cristo sea su liberador. Así debe ser interpretada la experiencia de los pueblos oprimidos, que si bien se organizan luchando para liberarse de las injusticias, no mueven un dedo sin antes encomendarse a Dios con ritos conmovedores, propios de cada cultura.

Una vez que el misionero domina el idioma del pueblo al que ha sido enviado, y conoce a fondo la mentalidad y sensibilidad del pueblo, y desde allí entiende y vive todas sus manifestaciones culturales, está en condiciones de predicar a Jesús. Pero su predicación tiene como finalidad favorecer la vinculación afectiva del pueblo con Jesús; es decir, que oriente la fe del pueblo a la persona liberadora de Jesús.

Si el pueblo acepta el mensaje ya inculturado, y orienta su fe a la persona de Cristo como liberador, entonces el misionero debe reconocer el derecho que tiene ese pueblo de celebrar con símbolos y ritos propios de su sensibilidad, para que fomente el amor filial con Jesús, verdadero Dios, y fraterno con sus semejantes.

Y el misionero debe favorecer el compromiso cristiano con las formas de organización propias de cada cultura, para que se encienda la esperanza en que con Cristo se logrará la instauración del Reino de justicia y de paz.

 

Fundamentos eclesiológicos. El discurso sobre la iglesia no tiene sentido, si no se le entiende a ésta en su vinculación a Jesucristo. Ahora bien, todo parece indicar que la relación entre Jesucristo y la iglesia se puede entender con el concepto de sacramento.

Sacramento es un signo sensible de un encuentro salvífico con Dios. Signo sensible: se trata de algo material, que se pueda captar por lo sentidos. Pero ese ser material debe significar inequívocamente un encuentro con el Dios que tiene voluntad de salvar y, además, realizar eso que significa. Para digerir y asimilar este concepto teológico, es necesario ilustrarlo con aplicaciones. De hecho, este concepto solamente se puede aplicar a Jesucristo, a la iglesia y a los siete signos sacramentales.

Al encarnarse, Jesucristo, sin dejar de ser espiritual en cuanto Dios, asume la materia humana, y se vuelve perceptible para los sentidos. Al volverse sensible, adquiere ya uno de los requisitos para ser sacramento. Su encarnación tiene un significado: se vuelve signo sensible del anunciado Emmanuel, el Dios con nosotros. La encarnación del Verbo significa que el Dios invisible e intangible se vuelve visible y palpable, acercándose al hombre para salvarlo. La encarnación del Verbo realiza esto que significa. Luego, Jesucristo es el sacramento del Padre, el sacramento por excelencia.

Así que la única manera de relacionarnos con Dios, de adorarlo plenamente, de vincularnos a él de lograr de manera palpable la unión con Dios para ser salvados, es la relación de fe con Jesús. Quien se vincula a Jesús se vincula a Dios, y en él encuentra su salvación. Quien se niega a vincular con Jesús, no se vincula con Dios, y corre el riesgo de perderse para siempre. Pero la vinculación sensible con Jesús, fue posible para sus contemporáneos, los que tuvieron el privilegio de verlo, de oírlo, de tocarlo… Una vez que Jesús asciende al cielo, ¿ahora qué?

Por eso Jesucristo constituyó a su comunidad de creyentes en su sacramento. Así como Cristo es sacramento del Padre, la iglesia es sacramento de Cristo; por tanto la comunidad de creyentes es un ente constituido por seres materiales, es una realidad sensible, a la que Cristo le dio un significado: signo sensible de la presencia liberadora de Cristo, que realiza lo que significa. Por lo tanto, el que se vincula a la iglesia se vincula a Cristo, y el que así se vincula a Cristo se vincula a Dios y podrá ser salvado. Por el contrario, el que se niega a vincularse a la iglesia, se desvincula de Cristo, y por tanto de Dios, y entonces corre el riesgo de condenarse.

Los siete sacramentos son siete maneras diferentes de concretizar la acción salvífica de Dios. Cada uno tiene un elemento sensible con un significado específico, que realiza lo que significa.

El agua del bautismo significa y realiza la purificación que Jesús confiere al bautizado.

El óleo de la confirmación significa y realiza el don del Espíritu.

El pan y el vino de la eucaristía significan y realizan el alimento de la vida espiritual (el cuerpo y la sangre de Jesús).

Las palabras: “Yo te absuelvo de tus pecados…” de la reconciliación, significan y realizan el perdón de Jesús.

El óleo de los enfermos, significa y realiza la fortaleza que confiere Jesús a quien acude a él mientras dura la prueba.

El consentimiento mutuo de una pareja en un matrimonio, significa y realiza la encarnación del amor divino en ambas partes.

Por eso, también a los siete signos sacramentales les cuadra el concepto de sacramento: signo sensible de un encuentro salvífico con Dios.

Recordamos los siguientes aspectos del misterio de la iglesia: Pueblo de Dios, cuerpo místico, y esposa de Cristo; así como su dimensión carismática e institucional.

Pueblo de Dios: la primitiva iglesia se concibió como el nuevo pueblo de Dios, el pueblo de la Nueva Alianza, sellada con la sangre de Jesús. Con su sangre, Jesucristo redimió la naturaleza social del ser humano; de tal manera que la socialidad de los pueblos tuvo un cambio cualitativo: todo pueblo fue comprado por la sangre de Cristo, entonces todos los pueblos le pertenecen, y forman su iglesia, y funcionan como tal aunque no todos tengan conciencia de ello. Al hablar de “antes” y “después” del sacrificio de Cristo, no nos referimos a dos tiempos históricos, sino a un concepto de “temporalidad teológica”; así, si tratamos de definir cómo era la socialidad humana “antes” de que fuera redimida por Cristo, y cómo quedó una vez redimida, en realidad con el “antes” o Antiguo Testamento, estamos hablando de una manera hipotética. Es decir: cómo quedó deteriorada la naturaleza social humana por el pecado y cómo así se quedaría si no hubiera sido redimida por Cristo. El hecho es que la redención fue histórica, se dio en el tiempo; esa historicidad nos permite crear la ficción mental del “antes” y “después”, solamente para mayor claridad conceptual teológica, pues la redención de la socialidad humana no se concretizó únicamente desde su inicio histórico hacia delante, sino también hacia atrás. Es decir, la redención llegó a los pueblos que existieron antes del sacrificio y llega y llegará a los pueblos constituidos después. La infidelidad del antiguo pueblo de Israel, constituido con la Antigua Alianza, es solamente una muestra teológica de la que sería la suerte de todos los pueblos si la redención no se hubiera concretizado históricamente. Pero como fue vislumbrado por el profeta Jeremías: con la sangre de la Nueva Alianza, habría de constituirse un nuevo pueblo de Dios, el cual sí será permanentemente fiel porque le serían arrancadas de su corazón todas las idolatrías, y sería impresa la ley del Señor en su corazón mismo. Por lo tanto, ahora es la fidelidad al Espíritu, consciente o inconsciente, lo que caracteriza a la socialidad humana.

Eso quiere decir que cuando un grupo de individuos se unen para formar un pueblo, y se organizan para condiciones de vida digna, ese grupo de individuos está asistido por Espíritu santo, así que ese grupo humano, cuando se reúne en asamblea para tomar decisiones, no se puede equivocar; sus decisiones son inspiradas por el Espíritu de Dios, y obedecen a la ley divina. El individuo desvinculado del pueblo, o una élite parásita del pueblo, pueden equivocarse, pero el pueblo, constituido por las mayorías, no se equivoca, es iglesia de Cristo, su esposa fiel. Por eso se le puede aplicar el adagio latino: vox populi, vox Dei.

El aspecto institucional de la iglesia fue querido por Jesucristo para constituir una familia de creyentes con la misión de ayudar a todos los pueblos a tomar conciencia de que le pertenecen a Cristo, porque los redimió con su sangre.

Las imágenes de san Pablo sobre la iglesia como cuerpo místico de Cristo y esposa de Cristo, tienen como finalidad mostrar la sacramentalidad de la iglesia. Así como Cristo es sacramento del Padre (en Cristo el Dios imperceptible se vuelve perceptible), así la iglesia es sacramento de Cristo (quien se vincula al pueblo de Dios se vincula a Cristo; quien se desvincula del pueblo se desvincula de Cristo).

En consecuencia, uno se vincula al pueblo cuando respeta la diversidad cultural inclusive a nivel religioso: el pueblo tiene derecho a reflexionar su fe desde sus propias categorías, tiene derecho a celebrarla con sus propios símbolos y ritos sagrados, y tiene derecho a vivirla en un compromiso con sus propias formas culturales de organización social.

Nos desvinculamos del pueblo cuando queremos, inversamente, que el pueblo entienda y reflexione la fe según nuestras categorías, que la celebre según nuestros símbolos y ritos, y que la viva según nuestras formas de organización. Esa uniformidad de reflexión teológica, de liturgia y de legislación, al no respetar la diversidad cultural, atenta contra la catolicidad, pues quiere consolidar la hegemonía de la cultura greco romana, ignorando que todas las culturas tienen la misma dignidad, todas tienen sus alcances y sus límites, y que la diversidad cultural no debería llevarnos a conflictos interculturales, sino al enriquecimiento mutuo. Así pues, quien quiere implantar la uniformidad cultural, atenta contra la dignidad de los pueblos, y eso es desvincularse de Cristo.

De ahí que la auténtica evangelización es aquella que con actitudes evangélicas de respeto, fraternidad, solidaridad, participación... promueve la unidad y defiende la dignidad del pueblo.

Es una paradoja que frecuentemente se desarrollen sistemas de evangelización que garantizan a los agentes de pastoral privilegios y comodidades que se le niegan al pueblo y que, peor aún, dividen al pueblo, creando especies de sectas que ya no participan en las causas y luchas del pueblo. Esto se aprecia con bastante claridad en los pueblos indígenas, sobre todo aquellos donde la fe cristiana aun no se ha propagado en plenitud:

- esos misioneros que habitan lujosas y cómodas mansiones, financiadas con dinero que no es fruto del sudor de su rostro, y edificadas con la mano de obra de los indígenas, obligados a trabajar para ellos, mientras el resto del pueblo vive en jacales llenos de miseria y de peligros;

- misioneros que se alimentan de manjares exquisitos que les llegan puntualmente en avioneta, mientras el pueblo sufre hambre y batalla para labrar la tierra con el sudor de su frente, sin saber si la temporada de lluvias será buena o mala, abandonado a su suerte;

- misioneros que consideran que solamente sus creencias religiosas son verdaderas y sus prácticas litúrgicas son las únicas válidas, tachando de falsa la sabiduría religiosa del pueblo y considerando sus ritos puro culto a Satanás;

- misioneros que jamás entrarán en diálogo con otra visión de Dios, del hombre y del mundo, para humildemente reconocer sus valores y enriquecer su fe con esa sabiduría milenaría; y por lo tanto jamás presentarán el mensaje cristiano inculturado como una propuesta al pueblo para su enriquecimiento espiritual; en consecuencia, su labor será proselitista, buscando la “conversión” de individuos que se unan oficialmente a la iglesia institución (que no es iglesia, porque le falta la dimensión carismática), arrancándoselos al pueblo para constituir la secta de los católicos, la de los que reniegan de las tradiciones de sus antepasados, la de los que dan culto con una liturgia extraña, la de los que no participan en las asambleas populares en lucha por establecer un orden social cada vez más justo. Seudo misioneros que se han desvinculado de Cristo al alejarse simbólicamente del pueblo (formación elitista, intelectualismo de élites, distanciamiento económico, político e ideológico...); y que al conseguir adeptos, lo único que hacen es desvincularlos del pueblo, o lo que es lo mismo, desvincularlos de Cristo, a quien estaban unidos sin darse cuenta. De esa manera esos pseudos misioneros y sus prosélitos se ponen en vías de perdición eterna.

 

Eclesiología e inculturación

Aplicando estos principios de eclesiología a la inculturación, se puede afirmar que si bien en toda cultura hay aspectos culturales favorables a la encarnación del Evangelio y otros aspectos culturales que se le oponen (discurso de la antropología teológica), todo lo que favorece la implantación del reino de Dios es producción cultural del pueblo; en cambio, todo lo que obstaculiza la implantación del Reino de la verdad y la justicia, es producción cultural de intereses económicos, políticos e ideológicos elitistas. El auténtico misionero debe romper con cualquier compromiso con estas élites opresoras del pueblo, ya sean de la misma cultura o extranjeras, y aliarse con las producciones culturales del pueblo.

En otras palabras, la inculturación del Evangelio se logra cuando la actividad misionera favorece la cultura del pueblo y se opone a la cultura de las minorías opresoras. Esta actividad misionera reconoce que la iglesia de Cristo está en el pueblo; y si éste aún no ha llegado a la plenitud de la fe cristiana, es y funciona como iglesia de Cristo bajo la acción del Espíritu, sin haber tomado todavía conciencia de ello. La misión de la iglesia institución está en que, sin dejar de ser carismática (es decir, vinculada al pueblo), ayude al pueblo a que tome conciencia gozosa de que le pertenece a Cristo, que derramó su sangre por él. Pero, repetimos, un pueblo oficialmente no cristiano llegará a tomar esa conciencia con gozo cuando se le presente el mensaje cristiano inculturado, es decir, cuando después de haberlo observado en el testimonio de vida de los evangelizadores, éstos lo presenten en el idioma del pueblo y en su manera de pensar. No está por demás decir, que cuando el misionero esté en condiciones de despertar la conciencia eclesial del pueblo, antes de evangelizar habrá sido evangelizado por el pueblo con la vivencia de las semillas del Verbo que a través de miles de años el Espíritu santo estuvo sembrando en la cultura del pueblo.

La imagen de pueblo de Dios nos ha ayudado a superar la reducción de la iglesia de Cristo al aspecto institucional; nos ha permitido ver que al ser redimida la socialidad humana, todo pueblo, oficialmente cristiano o no, es y funciona como iglesia, como pueblo de Dios. Y que los pueblos que ya tienen conciencia de pertenecerle a Cristo, tienen también un aspecto institucional en orden a la misión: ayudar a los demás pueblos a que tomen conciencia de que se pertenecen a Cristo. Pero esa imagen de pueblo de Dios, no ilustra mucho cuál es la relación que hay entre Cristo y su iglesia.

Por eso san Pablo también utilizó las imágenes de esposa y cuerpo místico, para ilustrar la relación de intimidad que hay entre Cristo y su iglesia.

Con la imagen de la esposa, san Pablo refiere a Cristo el misterio de la unión conyugal: “Ya no son dos, sino una sola carne”. Así Cristo y su iglesia, no son dos entes, sino uno solo, con identidad sacramental: la iglesia, como ya vimos, es sacramento de Cristo. Por eso, el que se vincula a la iglesia se vincula a Cristo; y el que se desvincula a la iglesia se desvincula de Cristo.

Lo mismo sucede si analizamos la imagen del cuerpo místico. San Pablo compara a Cristo con una cabeza, y la iglesia con el cuerpo humano. No se puede concebir como organismo vivo un cuerpo separado de su cabeza. Ambos conforman una unidad. Y si un miembro se desprende del cuerpo, éste muere irremediablemente. De ahí que encierre una gran verdad el adagio latino “Fuera de la iglesia no hay salvación”, siempre y cuando no se entienda a la iglesia en su aspecto pura y exclusivamente institucional, sino sobre todo en su dimensión carismática: todo pueblo, oficialmente cristiano o no, al ser asistido por el Espíritu santo, es y funciona como esposa y cuerpo místico de Cristo.

Los ciudadanos del pueblo de Dios, los miembros no desvinculados del cuerpo místico de Cristo, los que constituyen la iglesia, son los individuos de cualquier raza, cultura, religión, condición social… que en la vida social cultivan una orientación comunitaria.

La orientación comunitaria se manifiesta, a nivel social, con el establecimiento de relaciones fraternas. Los Anawim saben que los seres humanos tienen todos la misma dignidad. Por eso no aceptan las pretensiones de superioridad de otros individuos, ni la hegemonía de ninguna cultura; no se sienten inferiores a nadie, ni se someten a los caprichos de nadie. Rechazan toda forma de imposición.

Pero tampoco se sienten superiores a nadie; reconocen la dignidad del otro y la respetan; cultivan una relación fraterna con los demás pueblos y culturas.

Al nivel socio-económico la orientación comunitaria se traduce en la vivencia de los valores del compartir y de la solidaridad. Renuncian a gozar de lo superfluo si alguien carece de lo necesario. Se organizan para encontrar las estructuras socio-económicas que favorezcan que las riquezas de este mundo no se concentren en manos de unos pocos, sino que puedan ser disfrutadas por todos.

Al nivel socio-político, la orientación comunitaria de los Anawim se traduce en ponerlo todo al servicio de la comunidad: las cualidades, los bienes materiales, la autoridad misma. Los Anawim no ambicionan el poder; cuando el pueblo elige a sus autoridades, éstas lo asumen no como un privilegio, sino como un servicio. No tienen el privilegio de tomar las decisiones, ni se ponen al servicio de los intereses de una élite opresora, sino al servicio del pueblo: no mandan ni se dejan manipular por nadie, simplemente ejecutan las decisiones de la Asamblea. No tienen el privilegio de recibir un salario por su servicio, al contrario, disponen de lo que Dios les ha dado para financiar la realización de las decisiones de la Asamblea.

A nivel socio-religioso, la orientación comunitaria de los Anawim se traduce en fervor colectivo. Su relación con Dios no es individualista. Con ritos y símbolos propios desarrollan una religiosidad popular con la que celebran su fe, para llenarse de la gracia de Dios y del Espíritu, para seguir trabajando en la construcción del Reino.

 

Anatomía de una cultura

Mencionemos al azar los elementos de una cultura cualquiera que se nos vengan a la memoria. No tardaremos en recordar: el traje típico, el idioma, su organización social, sus formas de producción agrícola, sus sistemas educativos, su artesanía, música, pintura, danza, su organización política… Todos esos elementos son como las piezas de un rompecabezas, que vamos a tratar de armar para descubrir la identidad de una etnia, de un pueblo culturalmente diverso a otro. ¿Qué es lo que hace que un pueblo sea huichol y no maya, o inca, o azteca, o italiano, o alemán?… A eso le llamaremos identidad étnica. Cuando el misionero tiene claro a dónde debe llegar y cómo llegar allí; es decir, cuando le queda claro que debe llegar a conocer lo que identifica a una cultura, y cómo llegar a conocer esa identidad, entonces está en vías de inculturar su mensaje evangélico.

Lo primero que vemos al entrar en contacto con un pueblo culturalmente diverso al nuestro, son elementos externos, superficiales, que constituyen:

 

El folclor: un mosaico de imágenes muy impactantes, exóticas, extrañas, a veces fascinantes, a veces nos resultan repugnantes (de gustibus non est disputandum). Veamos algunos de esos elementos folclóricos: el traje típico, la arquitectura, las artesanías, la danza, la pintura, la música, la comida típica, los ritos religiosos.

Forman un mosaico superficial, externo, inmediato. Eso quiere decir que son una capa protectora, que debajo esconden otro aspecto de la cultura para protegerlo de los extraños. Para que un extranjero pueda descubrir lo que hay inmediatamente atrás del folclor, se requiere que habite un tiempo considerable conviviendo con la gente de ese pueblo. Sólo entonces podrá abrírsele una ventana, para asomarse al interior inmediato.

Y descubrirá que detrás del folclor se esconde:

 

la organización social, integrada por al menos cuatro niveles:

- la organización económica,

- la organización política,

- la organización educativa,

- la organización religiosa.

El folclor es muy frágil, y por ser la capa más externa de la cultura, sufre fácilmente las influencias del exterior. Al cambiar las condiciones históricas, el rostro externo de un pueblo puede cambiar radicalmente, dando la apariencia de que ya no es el mismo pueblo de los antepasados. Por ejemplo, los huicholes conservan su traje típico entre otras cosas; pero los tlapanecas lo dejaron hace unas decenas de años, y ahora se visten prácticamente igual que los mestizos de la ciudad. A veces se pierden lamentablemente manifestaciones culturales de gran riqueza artística; por ejemplo, los mismos tlapanecas han abandonado sus producciones artesanales, debido a que los comerciantes han introducido los plásticos que vinieron a sustituir muchas artesanías… La organización ofrece más resistencia al cambio. Puede haber cambios, pero la intromisión de cambios en la organización política, económica, educativa o religiosa es un proceso lento y doloroso, con una primera etapa de resistencia por parte de los líderes más conservadores que influyen notablemente en el ánimo del pueblo; cuando se vence la resistencia, entonces los cambios producen desequilibrio social y la necesidad de un reajuste a las nuevas condiciones históricas, para eliminar el desorden y el desconcierto introducido por los cambios inevitables y necesarios. Los elementos del folclor ofrecen poca resistencia al cambio, y cuando éste se produce, casi no se sufre un desequilibrio social.

Y, ¿qué hay detrás de la organización social de un pueblo?

Aquí nos vamos a encontrar con los elementos que constituyen:

 

La identidad de una etnia o de una cultura:

- territorio: Consideremos el territorio como elemento de identidad. Si me preguntan por qué soy mexicano y no chileno, o italiano o alemán, yo podré responder: porque nací en México. Así, el territorio donde nací, me identifica como mexicano;

- idioma: otro elemento que juega un papel muy importante en la identidad de un pueblo es su idioma. Si a un indígena le pregunto: ¿Qué idioma hablas? Y él responde: “Yo hablo la lengua tlapaneca”, entonces yo puedo decirle: “Ah, entonces eres tlapaneca”;

- historia: otro elemento que contribuye a dar identidad a un pueblo es su memoria histórica, su relación con sus ancestros, con los antepasados que les dieron origen, y de quienes heredaron su tierra, su idioma, sus creencias religiosas, sus tradiciones, la sabiduría de la experiencia histórica para poder subsistir;

- raza o herencia genética: también es factor de identidad la raza o la herencia genética. Si le pregunto a un huichol nacido en Nueva York: ¿Por qué dices que eres huichol? Él podría responderme: porque tengo sangre huichola en mis venas, ya que mis padres son indígenas huicholes;

- sistema religioso: todavía hay pueblos que se enorgullecen de tener una religión propia, y que por eso es un elemento que los identifica. Antiguamente se podía hablar de una religión zapoteca, otra mixteca, otra azteca… Actualmente las etnias en Meso América hablan de “nuestras costumbres religiosas”; y así, aunque ahora se vea la tendencia a reconocerse oficialmente como católicos, puede distinguirse una religiosidad tlapaneca, de otra mixteca, de otra zapoteca…

 

Crisis de identidad

Si el folclor ofrece poca resistencia al cambio, si la organización social experimenta desequilibrios dolorosos ante los cambios, cuando un individuo pierde varios elementos de identidad, sufre una crisis de identidad: le cuesta trabajo definir qué es. Por ejemplo, yo nací en Guanajuato, y como en mi cultura la relación telúrica es muy importante, me siento tan orgulloso de mi tierra natal, que me da identidad: soy guanajuatense. Ese sentimiento de identidad está reforzado por la herencia genética: soy guanajuatense porque soy hijo de padres guanajuatenses. Pero lamento que en mi tierra ya no se hable un idioma propio: aunque hablo español, no soy español. La amargura con que niego ser español, y con que reniego de hablar español, pone de manifiesto que sufro crisis de identidad. Cuando descubrí que mi tierra tiene tradiciones históricas propias, me aferré con orgullo a esa memoria histórica para reforzar mi identidad de guanajuatense. Otro tanto me sucedió cuando aprendí a valorar la religiosidad popular, en oposición a la religión oficial católica, que el pueblo vive como un elemento extraño impuesto desde fuera, y que hay que soportar sin remedio. En cambio, un huichol que nació y creció por ejemplo en California, que aprendió a hablar solamente inglés, tiene pocos elementos de una sola etnia, y por lo tanto sufre crisis de identidad: ¿Qué soy? Nací en California, ¿luego soy gringo? Pero soy hijo de padres indígenas huicholes, luego ¿soy más bien huichol? Pero no hablo huichol. Pero aprendí a relacionarme con Dios como se relacionan con él mis padres huicholes, no como acostumbro a vivir la religión de la gente gringa. Además la memoria histórica de California no es la memoria histórica de mis padres, por lo tanto tampoco mía. ¿Qué soy, pues?

Pero las crisis de identidad se dan a nivel de individuos. A nivel de pueblos, para que una etnia cambie de identidad se requiere un proceso más lento y doloroso que el de los cambios en la organización social. Solamente circunstancias históricas muy dramáticas pueden obligar a un pueblo a perder algunos elementos fundamentales de su identidad para configurar como resultado una nueva identidad. Por ejemplo, tienen que ser circunstancias muy opresoras y humillantes las que obliguen a un pueblo a abandonar su territorio, su idioma, sus creencias y sus ritos religiosos, o borrar su memoria histórica inventándose una nueva, por motivos políticos tal vez.

 

Núcleo fundamental

El corazón de una cultura, que es su núcleo fundamental, está constituido por dos elementos:

- la cosmovisión: manera de entender el mundo, al hombre y a Dios;

- la sensibilidad: procesos psico-afectivos que caracterizan la peculiar manera de relacionarse con el mundo, con el otro y con Dios.

Estos dos aspectos difícilmente cambian, están bien protegidos por las anteriores capas que ocultan y abrigan este núcleo fundamental; y a su vez, es el que impulsa el florecimiento de una cultura en condiciones favorables, y el que puede darle claves de supervivencia en condiciones adversas.

La cosmovisión y la sensibilidad son los elementos del núcleo fundamental que son la piedra de toque para lograr la inculturación. Es que este núcleo funciona como regulador y revitalizador de las otras tres capas de la cultura: permite que el folclor cambie, adaptándose a las influencias del exterior, pero los nuevos elementos del folclor cambian de sentido, porque son entendidos desde la propia cosmovisión, y por lo tanto, la relación afectiva con esos elementos originalmente extraños, queda regulada por la propia sensibilidad. Así, por ejemplo, si se pierde el traje típico, y la población adopta la vestimenta que está de moda en el libre mercado, el núcleo fundamental le cambia el significado y establece una nueva relación emocional con esa forma nueva de vestir, haciendo que aunque parezca forma de vestir de otra cultura, secretamente sea ya costumbre “tlapaneca”. Lo mismo dígase de los cambios en la organización social, o en la formación de nuevas identidades.

Hay misioneros, que al querer asumir el desafío de la inculturación, se ponen a trabajar casi exclusivamente en las manifestaciones culturales más superficiales: las del folclor. Caen en la ilusión de que están inculturando su acción apostólica si construyen los templos con los cánones arquitectónicos de esa cultura extraña, si imprimen en los ornamentos litúrgicos los símbolos sagrados del lugar, si introducen en la liturgia católica ritos del pueblo. Así mismo, lamentan las tendencias de la gente a abandonar sus elementos folclóricos tradicionales para aceptar otros extraños a su cultura, como si cambiando de máscara perdieran su identidad. Por ejemplo, el traje típico. Dice la sabiduría popular: el hábito no hace al monje. Si un tlapaneca ya no se viste como sus antepasados, no por eso va a dejar de ser tlapaneca… Y ahí vemos misioneros derrochando energías, tiempo y recursos para tratar de darles oxígeno a formas folklóricas agonizantes, por temor a que muriendo estas, se perderá una cultura. No se pierde nada: su núcleo fundamental garantizará que se conserve siempre lo esencial: el sentido que ese pueblo le da a la vida, aun en el caso de que tuviera que desarrollar una nueva identidad.

 

Otros misioneros han descubierto que más importante que el folclor es la organización social, y que por tanto, es el campo más fecundo para trabajar la Evangelización inculturada o no inculturada, como sea. Los que no han agarrado la onda de la inculturación, lo primero en que se fijan es en la organización religiosa: la miran con recelo, sospechosa de paganismo y de idolatría, y consideran que su misión es arrancar al pueblo del error, enseñarles la verdad, y que abandonen su relación ritual con falsas divinidades. Los evangelizadores españoles de hace quinientos años, en Meso América tuvieron de su lado las armas del imperio español para combatir la organización social indígena e imponer la suya propia. Algunos pueblos prefirieron morir luchando por defender su espacio sagrado; otros tuvieron un núcleo fundamental muy ingenioso, que aceptó los cambios externos impuestos en la organización social religiosa, pero proyectó sobre las nuevas imágenes sagradas sus creencias y tradiciones mitológicas, conceptualizó los nuevos ministros de culto con las categorías teológicas de la antigua tradición sacerdotal, y a la liturgia romana le dio el mismo sentido de los ancestrales ritos pre hispánicos. De esta manera, aparentemente se han vuelto católicos; en realidad, siguen con la antigua religión pre hispánica. Este es un caso curioso de inculturación litúrgica inversa. Es decir, en lugar de que la fe cristiana se haya inculturado, lo que se inculturó fue la celebración de la fe pre-hispánica. Eso quiere decir que los indígenas utilizan las imágenes, los ministros y los ritos de la religión católica que les fueron impuestos, para celebrar su antigua fe pre-hispánica con los mismos procesos psico-afectivos propios de su sensibilidad. Después de las guerras de independencia, cuando los misioneros ya no tuvieron de su lado las fuerzas militares, la imposición religiosa ya no fue tan fácil. Entonces descubrieron los otros elementos de la organización social, y los potenciaron como medios para avanzar en el proselitismo. Tal fue el caso de los franciscanos con los huicholes. Viendo que el pueblo ignoraba sus condenas a la religiosidad huichola (paganismo, culto satánico), exploraron el nivel socio-económico de los huicholes. Descubrieron retrasos y carencias económicas que los movieron a compasión, y utilizaron estrategias asistencialistas y paternalistas con doble finalidad: aliviar la miseria del pueblo, y ganar adeptos, aunque fuera por interés económico. Cuando se dieron cuenta de que el grupo de prosélitos se fingía católico si recibía apoyos materiales, y abandonaba la religión católica si ya no se le apoyaba, y que además se volvían dependientes, asimilaron el amargo fracaso, y entonces exploraron otro nivel de la organización política: buscaron y “encontraron” a la familia que tiene el poder de decidir, los caciques a los que el pueblo se somete por necesidad. Hicieron alianza con ellos, se pusieron al servicio de sus intereses, con tal de que éstos obligaran a los prosélitos a participar en las iniciativas evangelizadoras. Y durante muchos años esto parecía que marchaba con éxito. La población huichola estaba dividida entre las masas paganas que se van a condenar sin remedio por su terquedad, y el grupo floreciente de convertidos al cristianismo que se van a salvar.

Pero luego sucedió que llegaron a la Sierra los adventistas, con proyectos asistencialistas bien financiados, los narcotraficantes, que ofrecían a los indígenas  ingresar al redondo negocio de la siembra de estupefacientes, y los funcionarios del Instituto nacional indigenista, del poder ejecutivo federal, también con proyectos bien financiados. Estos tres grupos tenían como común denominador que no querían misioneros católicos. Así que los caciques, entrañables amigos de los misioneros, de pronto se vuelven sus enemigos, y los quieren correr. Ahora prohíben a los prosélitos que participen en los eventos religiosos de la misión. Ante este nuevo fracaso, los franciscanos exploran el otro nivel de la organización social: la educación. Pusieron escuelas internados. Al principio, el grupo de los prosélitos enviaron a sus niños no tanto porque apreciaran los estudios, pues no entendían que era eso, sino porque allí recibían alimentación gratuita. Los franciscanos consideraban que valía la pena la inversión de dinero, personal y tiempo, pues teniendo a los huicholes desde tan tierna edad, era posible enseñarles español, para luego poder adoctrinarlos en la fe cristiana (aprender el idioma huichol siempre fue algo en lo que fracasaron); ya formados cristianamente, serían bautizados, y cuando salieran de la escuela, ellos evangelizarían a su pueblo en su idioma, sacándolo del paganismo. Después de veinte años empezaron a verse los resultados: un rotundo fracaso. Los evangelizadores autóctonos fueron reprobados por el pueblo, debido a que andaban enseñando “herejías”, fueron expulsados de la comunidad indígena, y cuando quisieron regresar, solamente fueron readmitidos bajo la condición de que se unieran en amasiato con una mujer; porque los ancianos se dieron cuenta de que de esa manera rompían con la intrusa religión católica en que fueron formados en el internado.

 

En cambio, quienes sí han asumido el desafío de la inculturación, al descubrir el mundo de la organización social, se convencen de que la auténtica evangelización ha de ser integral, no limitarse al ámbito religioso, sino llevar la Palabra de Dios a las otras realidades sociales: la economía, la política y la educación, para que estas formas de organización propias de esa cultura, se purifiquen a la luz de la Palabra de Dios, combatiendo las estructuras injustas e implantando así el reino de Dios. Estos misioneros advierten a la población que deben tener cuidado, y no aceptar la influencia del exterior en materia económica, política, educativa y religiosa; que deben conservar sus propias formas de organización en estos niveles, pero corrigiéndolos en lo que se oponen a la Palabra de Dios. Consideran que de esa manera, al conservarse las formas propias de organización social, pero adaptándose a la fe cristiana, el mensaje evangélico quedará inculturado. Este planteamiento tiene su validez; pero tiene también una falla estructural: ignora que una cultura puede, si quiere, apropiarse de formas de organización social que considere más eficaces que las tradicionales, y que no por eso pierde su identidad cultural, ya que al apropiárselas les cambia el sentido, por una parte; por otra, se corre el riesgo de que al enjuiciar los distintos niveles de organización, se emita un juicio desde la cosmovisión y sensibilidad occidentales, pues al no haber profundizado en la cosmovisión y la sensibilidad del pueblo, el misionero ignora cómo entiende y vive la gente su organización económica, política, educativa y religiosa.

 

Desde los elementos de identidad

Intentar la inculturación desde los elementos de identidad étnica, es algo más atinado. Aquí se trata de aprender el idioma no para predicarles ahora sí el Evangelio, sino para entrar en diálogo con otra religión, otra cosmovisión; conocer todos los rincones de las tierras del pueblo y ponerse del lado del pueblo en la defensa de su territorio; combatir todo tipo de discriminación racial; valorar y favorecer la conservación y transmisión de la memoria histórica del pueblo; reconocer la sabiduría religiosa del pueblo y comprender la psico-dinámica que está a la base de sus ritos y símbolos sagrados como expresión de su vinculación afectiva con la divinidad. De esta manera, los elementos de identidad están siendo aprovechados por el misionero como instrumentos para explorar la cosmovisión y la sensibilidad del pueblo, es decir, como puertas para ingresar al núcleo fundamental. El día que se pueda expresar la fe cristiana en la cosmovisión del pueblo, y el pueblo la entienda y la acepte, y la celebre según su propia sensibilidad, y la viva en un compromiso con apropiadas formas de organización social, ese día se habrá superado el desafío de la inculturación.