CON MARÍA:
A LA ESCUCHA DEL MUNDO DE HOY
Fr. Clodovis M. Boff osm
No es difícil saber cuales son los clamores que el mundo actual dirige a la Orden. Esos son muy claro, como veremos ahora. Digamos, sin embargo, que lo que más importa es la manera de considerarlos, es la perspectiva para comprenderlos. Ahora, queremos aquí ponernos a la escucha del mundo según nuestra propia óptica. Nuestras referencias serán aquí, además de la Escritura, los elementos que definen el carisma servita: las Constituciones, el ejemplo de los Siete, el documento de preparación sobre las prioridades de la Orden y, de una manera concentrada, la figura de Santa María.
Queremos preguntarnos: ¿Cómo María ve nuestro mundo? ¿Con que ojos? Ciertamente con los ojos de Creyente, que son los ojos de Dios mismo; con ojos de Madre misericordiosa, llenas de compasión y amor por nuestro mundo; con ojos de Sierva, pronta a intervenir para llevar socorro a todos los que sufren; con ojos de mujer profética y liberadora, como se ha manifestado en el Magnificat. Es como si la virgen, aparecida una vez a los Siete Fundadores, nos apareciera aún hoy, para transmitirnos un mensaje que sea adecuado a nuestro tiempo.
Asumiendo la perspectiva de María, queremos alejarnos de una aproximación demasiado objetivista , de tipo sociológico, de nuestro mundo, para adoptar un acercamiento mas bien comprometedor. Dado que el mundo es siempre el “mundo de alguien” (cf. Heidegger), nuestra visión será subjetiva, parcial, pero abierta a ulteriores profundizaciones. Buscaremos ofrecer un primer esbozo sobre la situación actual del mundo, que será inmediatamente retomado y completado por cada fraile y después por todos.
Identificamos tres grandes clamores que el mundo actual dirige a la Orden:
I. CLAMOR DE SENTIDO:
CONTRA LA DESORIENTACIÓN EXISTENCIAL
La civilización moderna es la única que se ha desarrollado sin las bases religiosas. Es una civilización esencialmente “secularizada”: funciona etsi Deus non daretur. El resultado lo estamos sintiendo ahora: desencanto, vacío existencial, pérdida de referencias centrales, con el ejército de las “enfermedades modernas”, como depresión, melancolía, angustia, stress, etc.
En reacción a esta situación dramática, se siente por todas partes de nuestro tiempo, llamado por algunos de “post-moderno”, una solicitud afanosa de sentido de la vida, una aguda inquietud religiosa, una ardiente hambre y sed de Dios, así que, se puede decir, con el Papa que la “generalizada exigencia de espiritualidad” se ha convertido hoy en un verdadero “signo de los tiempos” (cf. JP II, Tertio millennio ineunte, 33; CELAM, Documento de Santo Domingo, 147). Amós, el profeta, parece haber previsto y descrito el espíritu de nuestro tiempo:
“Vienen días, oráculo del Señor, en que yo enviaré el hombre a este país, no hambre de pan ni sed de agua, sino de oír la palabra del Señor. Irán tambaleándose de mar a mar, del norte al este andarán errantes, buscando la palabra del Señor, y no la encontrarán.” (Am 8, 11-12).
Se pudiera decir, parafraseando a Cristo: “No de pan solamente vive la sociedad, sino de cada palabra que sale de la boca del Señor” (Mt 4,4). La crisis actual del mundo moderno es solamente económica o política. Es una crisis más profunda, que lo golpea en lo más íntimo del corazón, es decir, en su núcleo de valores e ideales. Es, en resumen, una “crisis de civilización”. El hombre postmoderno se siente como el “hijo pródigo”, que se ha alejado de la casa del Padre y se siente “huérfano de Dios”. Hoy parece que se ha decidido regresar a casa (cf. Lc 15, 17-20). Es el significado de la New Age y de las diversas formas de la “nueva conciencia religiosa”.
Las respuestas que se dan a la actual crisis de sentido son a menudo ambiguas e ilusorias, como:
“Me han abandonado a mí, fuente de agua viva, para construir cisternas, cisternas agrietadas, que no retienen el agua” (Jr 2, 13).
¿Cómo podemos responder al clamor de las personas que se sienten perdidas, sin una brújula que de una dirección, un norte, a su vida? ¿Cómo llevar a aquellos que están en la búsqueda de una experiencia religiosa que les de un “todavía existencial”?
Frente al desafío del sentido estamos llamados a hacer “retorno a lo esencial”, a reencontrar las fuentes, a apoyarnos sobre un fundamento que ofrezca solidez existencial y a la historia. A este punto se levanta la voz de Pablo: “En cuanto al fundamento, ninguno puede poner otro, además de aquel que se nos ha dado: Cristo Jesús” (1Co 3, 12). La voz de Pedro tiene el mismo sonido: “Señor, ¿a quien iremos?” Tu (solo) tienes palabras de vida eterna!” (Jn 6, 68).
La Virgen, en sus grandes Apariciones, ha invitado sin cansancio a la humanidad a la conversión, al cambio de dirección. En síntesis, su llamada es: “Regresen al Hijo mío!” ¿No es esto el kerigma, el corazón del mensaje cristiano? Dentro de nuestro mundo atareado y al mismo tiempo desorientado, resuena la grave palabra del Maestro: “Una sola cosa es necesaria!” (Lc 10 42). Ahora el unum necessarium es Cristo mismo, con su Evangelio y su Reino.
En otras palabras, la situación histórica misma nos estimula a re-centrar la vida en Dios y en su amor: “Escucha...: El Señor Dios nuestro es el único Señor: amarás pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón... y amarás al prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento más importante que estos” (Mc 12, 29-30). El imperativo primordial para nosotros hoy es restablecer el “primado de Dios” y de su gracia (JP II TMI, 38), y de ello la Consagración religiosa, como afirma el Vaticano II, es un signo eminente (cf. LG 44,3).
Estamos hablando aquí, en concreto, de espiritualidad, que es el arché, el principio, de toda nuestra vida, sea comunitaria, que apostólica.. Sin una profunda renovación espiritual no hay esperanza de encontrar un auténtico camino de salida a la “crisis cultural de proporciones inimaginables”, que vive los (post-) modernos (JP, ap. CELAM DSD 230). Es propio en la línea del encuentro con Dios, fuente última de sentido, que se sitúa a nuestro parecer, la principal contribución que nosotros podemos ofrecer a mundo de hoy.
En efecto, la cuestión religiosa hoy no es solamente antropológica, sino se ha convertido en una verdadera “cuestión social”. La cuestión de Dios no se limita más a la esfera privada, sino tiene innegables vueltas en la esfera pública.
A este propósito es extremadamente relevante, para los Siervos, elevar los ojos al eminente ejemplo de santidad de María. Ella se muestra ante todo – antes aún de ser Madre de Dios- como la “mujer de fe” por excelencia, toda “plasmada del Espíritu Santo y hecha nueva criatura” (LG 56). Ella es alabada por los fieles como el receptáculo desbordante de espiritualidad: vas spirituale!
La primera y última de las escenas del NT que se refieren a la Virgen de Nazaret nos hacen ver su relación puramente teologal, o sea, directamente dirigida a Dios. La primera escena la Anunciación (Lc 1, 26-38), nos la presenta como la virgen de la escucha y la respuesta incondicional a la Palabra divina. La última escena, la de los Hechos (Hch 1, 14), nos la muestra en medio de los Discípulos, como el icono sumo de “creatura orante” (Const. OSM, 24).
Existe una tercera escena evangélica, instructora para el hombre moderno, que experimenta la “pérdida” de Dios y de su misterioso “encanto”. Es la de María a la búsqueda del hijo perdido (Lc 2, 44-45). Es significativo el hecho que Ella no lo encuentre “entre los parientes y conocidos” (v. 44), es decir en plano de la inmanencia, donde lo sorprende discutiendo sobre las “cosas del Padre”.
¿Qué somos nosotros Siervos, sino los “testigos de los valores humanos y evangélicos representados por María” (Const. OSM 7)? Se podría decir también que somos en el mundo el “sacramento” de la Madre del Señor o su “presencia prolongada” en la historia (cf. Id., 73). Si María representa en la Iglesia lo que constituye su corazón, es decir. la estructura de santidad (“estructura mariana” de la Iglesia, diferente de la “estructura petrina”, aquella del poder: von Balthasar), se podría entonces pensar en el lugar del Siervo en la Iglesia es igualmente lo de ser existencialmente un signo de gracia y amor, y no tanto del poder, sea eso jerárquico.
En lo que se refiere a la búsqueda de Dios, tenemos todavía el ejemplo luminoso de los Siete. Ellos, después de una primera experiencia de vida juntos, han sido invitados por la gloriosa Señora a subir a Monte Senario. ella quería acercarlos todavía profundamente a Dios y al mismo tiempo revelar su misión de grupo (cf. LO 40). Es notable a todos nosotros que el testimonio de vida evangélica de los Siete, por su fuera de irradiación, era como un sonido o un perfume que atraía las multitudes a Cristo:
“Mucha gente, sintiendo el sonido y el perfume de su vida santa y virtuosa, con profunda piedad según las líneas y aspiraba ardientemente de ir al lugar de donde provenían un sonido y un perfume tan intenso. En este monte pues, iban muchos... diciéndose: ‘Rápido, pues, pasemos a este monte Sonoro y monte Perfumado de Dios” (LO 45).
Así fue, por otra parte, también para los Apóstoles: Jesús los eligió y los “llevó solos, aparte, en una montaña alta”, para mostrarles su rostro transfigurado (cf. Mc 9, 2-3). Por eso el Tabor es en la tradición antigua el icono de la vida contemplativa (JP II, Vida consagrada 14). Fue igualmente así para Elías: el Señor lo atrajo en el monte Horeb, par revelarle su presencia en el “murmullo de una brisa suave” y para investirlo de una grave misión (1Re 19, 12).
Todas estas referencias convergen en el indicar nuestra tarea primordial hoy: la de ser hombres nuevos: teo-centrados, serenos, acogedores y generosos. Esta es, según nuestro parecer, la solicitud que nos lanza al mundo post-moderno, en su búsqueda de sentido. Para responder a esta llamada, nuestras comunidades deberán ser siempre más lo que propone el número que abre nuestras Constituciones, los cuales seis elementos constitutivos adquieren un significado particular cuando leídos a la luz de las solicitudes de los hijos del pos-moderno. Recordémoslos:
¿Existe otro cuadro ideal más comprometedor y simultáneamente más relevante para nuestro tiempo?
Para responder concretamente a la urgente solicitud de espiritualidad, se imponen algunas mediaciones. Ante todo, se necesitaría rescatar aquellas condiciones personales e institucionales que favorezcan el encuentro individual y comunitario con Dios y con su Misterio:
2. Por lo tanto la Soledad, que no es aquella vacía, cerrada en el aislamiento, sino llena de Dios y poblada de todas las presencias de la communio sanctorum. Soledad: condición de todo verdadero encuentro: “Yo la seduciré y la llevaré al desierto y allí le hablaré al corazón” (Os 2, 16).
3. Finalmente, la Clausura. Es la correspondencia reducida de la antigua anachoresis, condición concreta para encontrar la hesychia (quietud), que consiente al Misterio de irrumpir y brillar en el corazón de sus buscadores.
Además de estas condiciones, existen aquellas prácticas que la tradición espiritual ha canonizado y que consisten en la trípoda: palabra, meditación y oración.
“Es esencial que el fraile se comprometa seriamente en el progresivo descubrimiento del valor y la necesidad de la oración. Se le dé la posibilidad, mediante la instrucción y la realización de experiencias diversas, de llegar a apreciarla adecuadamente...” (art. 113).
Espiritualidad en el ámbito comunitario.
El compromiso para una renovación espiritual que esté a la altura del “desafío gigantesco” del sentido (CELAM, DSD, 230) debe extenderse sin duda, también a nivel comunitario. Sin embargo, sin la oración ostio clauso (Mt 6,6), aquella “de dos o tres” (Mt 18, 19-20) termina por perder espesor. El nivel medio de la espiritualidad comunitaria depende directamente del nivel espiritual del fraile, como los hilos de una red eléctrica serán más altos cuanto más se elevan los postes que los sujetan.
En el ámbito comunitario la espiritualidad presenta también un trípoda esencial:
Indicaciones práctico-pastorales,
¿En el ámbito pastoral, qué podemos ofrecer al mundo en su búsqueda de experiencia religiosa? Primeramente, nuestro testimonio de “hombres del Espíritu”. La espiritualidad, cuando esta viva, es ya, de por sí y en sí, una energía potente de luz y de vida para los demás. Es la enseñanza de los Siete en el Monte:
“Nuestros Padres, que también se encontraron ya lejanos; suscitaron en la gente, con el perfume de su fama, un sentimiento de amor y de devoción, mucho más de lo que fueron resucitados a hacer cuando estaban en un estrecho contacto con el pueblo” (LO 45).
Hablando de los Consagrados la Lumen Gentium enseña que su vida espiritual tiene, por sí misma, una profunda resonancia social, actuante en el curso de la historia. Los Religiosos llevan a los hermanos y sus clamores “de una manera más profunda en la intimidad de Cristo” (LG 46,2). Jesús quiere que, a través de la santidad de vida y de las “buenas obras”, sus discípulos fueran la “luz del mundo”, o sea “ciudad sobre el monte” y “lucerna en el candelabro” (Mt, 5, 14-15).
Pasando ahora directamente al nivel de la actividad pastoral, el hombre post-moderno, espiritualmente inquieto, parece que espera de nosotros, de una manera especial dos servicios: el kerygma y la mistagogía.
En todo caso, solamente si somos hombre llenos del fuego del Espíritu tenemos las condiciones de realizar adecuadamente la diaconía del kerygma y de la mistagogía. Efectivamente, ¿Cómo iluminar si no se brilla? ¿Cómo recalentar si no se arde? Hoy, son sobre todo los jóvenes que tienen necesidad de este servicio específico. Siguiendo este camino, es más probable que podamos despertar vocaciones para la Orden y por sus tareas vitales en la Iglesia y en mundo.
II. CLAMOR DE SOLIDARIDAD:
Hambre de Dios, sí, pero también hambre de pan. La miseria existencial hoy va junto con la miseria material. Mas bien, esta última es, en gran parte, efecto de la primera. En efecto, son hoy en el mundo más de un millar aquellos que gritan hambre porque “aquellos que tienen riquezas de este mundo, viendo sus hermanos en necesidad, les cierran el propio corazón (1 Jn 3, 17).
Es notable por todos que jamás como hoy el abismo entre ricos y pobres es muy grande. El desarrollo tecnológico ha llevado a un progreso inmenso, en ventaja sin embargo de pocos, permaneciendo excluida la gran mayoría. El actual mundo globalizado es la reproducción macroscópica de la parábola del Rico y del pobre Lázaro (cf. Lc 16, 19-31). La pobreza global es tan desmedida que nos hace insensibles y, pero aún, subyugados por un tremendo sentido de impotencia. No podemos empero, desalentarnos, porque “allá donde abundó el pecado, ha sobreabundado la gracia” (Rom 5, 20).
También esto ve María en nuestro mundo. Ella, como muestra el Magnificat, ve la existencia de los “potentes en sus tronos” junto a los “humildes” y a los “hambrientos”. La Mater misericordiae no puede ciertamente rechazar el “grito de los pobres (Sal 9, 13; Job 34, 28; Prov 21, 13): Nostras deprecationes ne despicias in necessitatibus (Ant. Sub tuum praesidium). Es un grito que irrumpe desde sus múltiples necesidades: pan, salud, casa, conocimiento, seguridad, trabajo y sobre todo de reconocimiento y .dignidad
María, como persona de ojos abiertos y penetrantes, cuando mira al mundo de hoy y el modo como esta organizado, distingue ciertamente también las raíces estructurales de la actual situación de abandono y exclusión. Sed a periculis cunctis libera nos semper (Id). La Madre del Mesías liberador esta llamada a liberarnos también del “pecado social”. Por otra parte, en su himno de liberación, Ella habla de los “soberbios en los pensamientos del corazón” (Lc 2, 51b). Ahora bien, la expresión “pensamientos del corazón, es traducida hoy por muchos exegetas (a través de su retroversión hebrea) como “proyectos, “tramas” “maquinaciones”. Este significado se acerca a la idea moderna de “estructura de pecado”.
La Liberatrix por excelencia nos enseña así a denunciar y a combatir, a su nivel propio, es decir, políticamente, el “pecado estructural”, que asume hoy dimensiones globales.
Efectivamente, el sistema neoliberal, muchas veces condenado por el Magisterio (por ejemplo GP II Ecclesia in América, 56,2), favorece, por su dinámica perversa, una tecnología elitista, un mercado estrecho y una globalización excluyente. Además, la Mujer del Magnifica es para los Siervos el gran Icono de solidaridad con los excluidos del mundo y con su “liberación integral” (Const. OSM, 77).
María, en su canto mesiánico, anuncia la “revolución divina”: “Dios derriba de sus tronos a los poderosos y enaltece a los humildes. Colma de bienes a los hambrientos y a los ricos los despide sin nada” (Lc 1, 52-53). La óptica de María es pues, la de Dios mismo, cuyo brazo se reviste de fuerza (krátos) y su corazón esta lleno de misericordia (éleos) (cf. Lc 1, 51.50).
Así pues, cada situación humana, cuando es vista en la perspectiva del Dios del Magnificat, encuentra siempre salida. “Para Dios nada es imposible” dice el ángel a María de Nazaret. Su maternidad virginal es al mismo tiempo signo y fruto de una incondicional (cf. Lc 2, 45) y una “esperanza contra toda esperanza” (Rom 4, 18). Por eso, también los pobres, y nosotros con ellos, podemos retomar a esperar y a luchar por un mundo nuevo, figura del Reino.
Igualmente a este propósito, las Apariciones del Virgen son para nosotros una enseñanza. En ellas la Madre de Dios, además de invitar a regresar a Dios, promete su socorro lleno de compasión a favor de los que sufren. Los muchísimos exvoto, expuestos en todos sus santuarios, dan testimonio como la Misericordia se ocupa de todas las necesidades, pequeñas y grandes, materiales y espirituales. Los santuarios marianos surgen en el mundo como lugares de curación de los cuerpos y de las almas. El Pueblo de Dios, especialmente el ejército de los “pequeños”, conoce bien el poder liberador de la Madre. Por eso, eleva el clamor: Sucurre cadenti, surgere qui curat populo (Ven en ayuda del pueblo que cae y quiere levantarse) (Ant.. Alma Redemptoris Mater).
Desconfiados por las situación de miseria creciente, ¿qué podemos hacer nosotros, Siervos de la Virgen gloriosa? Podemos, como Ella, adoptar dos formas de solidaridad: una actitud interior de misericordia y una práctica concreta de justicia.
1) Actitud interior de misericordia
Semejante a la Dolorosa, los Siervos vivirán la actitud de misericordia bajo la forma de una presencia de consuelo y esperanza “a los pies de las infinitas cruces” de los pobres, que se levantan en los cruceros del mundo globalizado (cf. Const. OSM, Epílogo, 319):
Se trata, sin embargo, de una presencia activa, de una compasión transformadora, que se expresa como veremos de inmediato, en servicios muy concretos. También, la “diaconía de la misericordia” va siempre revestida de un espíritu “de compasión”, que nos haga capaces de dejar traspasar en el corazón, como María de Nazaret, por la “espada” del sufrimiento de los pobres de este mundo (cf. Lc, 2, 35). Sólo así nuestra caridad será verdaderamente “cualificada” y llevará el sello servita.
Sin embargo, se llega más fácilmente a una misericordia activa cuando un fraile “se hace uno del pueblo” (Const. OSM 96), haciéndose, según la enseñanza de Cristo, “pobre con los pobres” (cf. 2 Cor 8, 9). Esta vocación, aunque si constituye carisma de solamente pocos frailes, tiene que contar con el apoyo y estímulo de todos los hermanos (cf. Id., 90).
2) Práctica concreta de justicia
Los millones de hermanos y hermanas excluidos piden de nosotros, además de un corazón misericordioso, también manos que construyan un mundo de justicia y solidaridad. Según el ejemplo de la Virgen de Nazaret, debemos también nosotros “levantarnos y partir de inmediato hacia las montañas” (Lc 1, 39), donde viven los pobres, con la finalidad de llevarles promoción y liberación. Se trata aquí de un servicio que sea verdaderamente eficaz, como fue el de María de Nazaret con Elizabet (cf. Lc 1, 56) y las bodas de Caná (Jn 2, 1-5).
Los servicios que podemos ofrecer a los pobres son:
Debemos, empero, ser conscientes que la solidaridad concreta hacia los pobres se realiza según lo mas posible “estilo servita”. Lo que implica varias cosas, especialmente:
A él se debe que todo el cuerpo, bien cohesionado y unido por medio de todos los ligamentos que lo nutren según la actividad propias de cada miembro, vaya creciendo y edificándose a sí mismo en el amor” (Ef 4, 16).
Se espera que el testimonio de amor diaconal y liberador en pro de los últimos, especialmente cuando se realiza en estrecha colaboración con los jóvenes, tenga en ellos un fecundo impacto vocacional.
II. CLAMOR DE PAZ:
CONTRA LA LÓGICA DE LA VIOLENCIA
A) Situación socio-política del mundo
¿Mirando nuestra tierra de lo alto, qué mas ve todavía santa María Virgen? Ve ciertamente la violencia propagarse, sea en forma de terrorismo , la de la guerra y al mismo tiempo, la codicia general de seguridad y paz. Cada uno ha entrado en el III milenio llevando en el corazón “pensamientos de paz” y en espera que se inaugure finalmente una “era de paz”. ¿Qué ha sucedido? Los siniestros atentados del 11 de septiembre pasado y las siguientes retorsión militar han revelado un insospechado potencial de odio y violencia presente en el mundo, poniéndonos dentro de la vieja “lógica de la violencia”, que se creía que ya estaba superada.
Se sabe, desde algún tiempo, que la conocida “espiral de violencia” se fundamenta sobre una forma elemental, la “violencia estructural”, que consiste hoy en la exclusión social sistemática. Esa pues, provoca la “violencia revolucionaria”, o bien la del “terrorismo”, las cuales a su vez, suscitan la “violencia represiva” o “de represalia” por parte del Estado, el cual levanta la reacción de la segunda violencia, agravando la primera. Así el círculo infernal de la violencia continua a girar, sembrando dondequiera odio y muerte. Ahora bien, mientras domina la lógica de una globalización no solidaria, sostenida por un desenfrenado ultra-liberalismo, suscitan las condiciones que amenazan el orden mundial y conspiran contra la paz consistente.
Para profundizar este desafío y aportar a ella respuestas de fondo, lo que hemos sugerido sobre el compromiso espiritual (primer clamor) y sobre el trabajo social (segundo clamor) es ya relevante. Debemos sin embargo, ser aquí un poco más precisos.
B) Nuestra respuesta al desafío de lo violencia
¿Cómo responder, pues, con María, a la solicitud urgente de paz en la era de la globalización? Con base en el Evangelio y a nuestro carisma de Siervos, estamos invitados a aferrar, por así decirlo, con las dos manos y levantar, en medio de la gente, la bandera de la paz Se trata pues, de una paz radicada en el respeto, justicia y amor, que tiene su último fundamento en Cristo, como lo explica la carta a los Efesios:
Porque Cristo es nuestra paz. El ha hecho de los dos pueblos uno solo, destruyendo el muro de enemistad que los separaba... El ha reconciliado a los dos pueblos con Dios uniéndolos en un solo cuerpo por medio de la cruz y destruyendo la enemistad. Su venida ha traído la buena noticia de la paz: paz para ustedes los de lejos y paz también para los de cerca...(Ef 2, 14-17).
Crece hoy la convicción que la paz es vista nos solamente como proyecto, sino también como proceso, no como meta, sino como camino y estrategia. Superando la vieja dinámica que enseña: si vis pacem pare bellum, se necesita en cambio afirmar: “si quieres la paz, prepara la paz”. La “espiral de la violencia”, que se quiere enlazar a la ética del viejo testamento del “ojo por ojo”, deberá ser rota, no solamente en las relaciones entre personas, sino también entre los pueblos. Es bueno aplicar también en el ámbito público, como han insistido los romanos Pontífices, el “evangelio de la paz”, incluso las comprometedoras palabras de Cristo:
“Pero yo les digo que no enfrenten al que les hace mal; al contrario, a quien te abofetea en la mejilla derecha preséntale también la otra... Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen” (Mt 5, 39.44)
En esta tarea, santa María, como Madre de la Vida y Reina de la Paz, es para nosotros los Siervos grandísima inspiración. Su Hijo, en la hora de la pasión, rechazó, de la manera más neta y decisiva, el recurso de la violencia: “Guarda tu espada, que todo el que pelea con espada, a espada morirá” (Mt 26, 52). Mas bien El mismo fue golpeado por la espada y, en comunión con El, también el alma de su Madre (cf. Lc 2, 35). Y por otra cosa significativa que María, en las Apariciones de los dos últimos siglos, haya dirigido a toda la humanidad una invitación apremiante a favor de la paz. Ha, advertido que la verdadera paz es siempre fruto de la conversión, del amor y del perdón.
Igualmente en la dirección de la paz va la imagen que se hace de los Siete la tradición de los Siervos. en medio de una Florencia despedazada por facciones, los Siete resplandecían como “ministros de la unidad y de la paz, con el fin de deshacer todas las intrigas, reconstruyeron la concordia fraterna” (pref.. de la misa de los Siete Santos; cfr. también el himno de las I Vísperas). Así, nuestros primeros Padres nos estimulan a ser, también nosotros, dentro de nuestro mundo, fermentos de reconciliación y de hermandad universal. Las Constituciones se refieren, en términos muy apropiados, a la vocación propia de los Siervos, aquella de “extender nuestra fraternidad a los hombre de hoy, divididos por causa de nación, raza, religión, riqueza...” (Const. OSM 74).
Es precisamente en el contexto del movimiento que lleva hacia la “globalización de la solidaridad” (JP II) que los Siervos deberán retomar el ideal de fraternidad, así característico de la Orden. Ello exige de nosotros la “cultura del diálogo” a todos los niveles: en aquel conventual especialmente a través del capítulo y la lectio divina, y también a nivel inter-religioso e inter-cultural.
En esta misión, debemos mantener nuestra mirada fija en “nuestra imagen conductora” (Const. OSM 319). Ella es, en efecto, la Madre universal, de los hijos del Occidente y de aquellos de Oriente. Como “Hija de Sión”, María quiere reunir en torno a Cristo todos los hijos de Dios dispersos ( Const. OSM 7). La alegría de la Virgen Madre es el ver los hijos, todos unidos, en torno a la mesa común, en el amor y en la concordia.
Como consecuencia, ¿no deberíamos los Siervos hoy sentirnos llamados a asumir, con decisión, la actitud de ser “hermanos universales”, más particularmente, “hermanos-siervos”, o sea, agentes de comunión la más amplia posible y constructores de reconciliación y de paz, no solo entre personas, sino también entre pueblos en conflicto?
Para actuar esta misión de paz en la orientación y complejo mundo post-moderno, los frailes-siervos deberán adoptar actitudes de apertura a la alteridad, máxima inclusividad, en breve, “dialogación” en todos los planos. ¿No son esos los trazos característicos de la actual mentalidad “holística”? ¿No es precisamente esta el ánima del “nuevo paradigma? Haciendo así, estarán reflexionando – y es lo que importa de más- la pericoresi trinitaria y serán los anti señales de un mundo nuevo, reconciliado en la solidaridad y en la paz.
Hay todavía otros clamores que vienen de la dramática realidad actual, como:
Hagamos una parada aquí. Las indicaciones que se sugieren son suficientes para iniciar la reflexión personal y después un intercambio comunitario, que podrá corregir y completar el cuadro global apenas esbozado. Lo que mas importa, pues, es escuchar, lo detrás de los clamores del mundo, la Palabra misma de Dios. Por lo tanto, buscamos de distinguir o divisar “la Voz de Dios en las voces del mundo”.
María de Nazaret, que “conservaba, con cuidado, estos acontecimientos, confrontándolos en su corazón” (Lc 2, 19), sea para nosotros “imagen conductora” de escucha atenta, de fino discernimiento espiritual, de pronta obediencia y servicio generoso y creativo. Amén,
Ariccia (Roma), 13 de octubre del 2001: CCXI Capítulo general OSM